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Relaciones Cuba–Estados Unidos, la cruel realidad

Relaciones Cuba–Estados Unidos, la cruel realidad

Relaciones Cuba–Estados Unidos, la cruel realidad
febrero 01
21:24 2015

Las negociaciones sostenidas entre Estados Unidos y Cuba en Canadá, durante más de un año, perseguían como propósito esencial la liberación del contratista norteamericano Alan Gross, y la de tres espías cubanos. El anuncio del 17 de diciembre del 2014 tenía que venir acompañado de algo más que un intercambio de prisioneros dispares. Publicitar el restablecimiento de relaciones diplomáticas a nivel de embajada entre los dos países era el paso lógico, quizás hasta necesario, para apaciguar los ánimos y explicar cómo se pacta la libertad de un hombre inocente, o, digámoslo de otra manera, que pudo haber cometido un delito menor, por personas que son responsables directas de espionaje y de la muerte de ciudadanos norteamericanos. Los anuncios simultáneos en La Habana y Washington trataban de imprimirle a las excarcelaciones un sentido de buena vecindad.

Concluido el intercambio de prisioneros, se impone la siguiente movida: las conversaciones para las anunciadas relaciones. Como se suponía que ocurriera, aparecieron dos posiciones muy bien definidas durante la primera reunión en La Habana. La delegación de Estados Unidos aspira a estimular (y conseguir) cambios democráticos en la isla. La postura del gobierno cubano tiene otra intención, generar fondos frescos para el país.

El propósito de Estados Unidos no va a dar resultados tangibles. Tal vez logre algún que otro acuerdo por parte de La Habana que no comprometa, como siempre ha hecho, su esencia totalitaria. La dictadura no va a ceder mucho. Por su parte, la lógica de las autoridades cubanas se regodea ya en los beneficios esperados (Master Card comenzará a permitir el uso de sus tarjetas en la isla). Un fin económico que marca nuevos ingresos al Banco Nacional de Cuba.

Más allá del compromiso norteamericano con la democracia y las libertades en Cuba (ahí está la reunión que sostuvo Roberta Jacobson con algunos disidentes para sustentar la intención), existe una plena coincidencia entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba: ambos están enfrascados (con disfraces distintos) en un mismo resultado: inversiones, es decir, dinero.

Un recorrido breve por la memoria

Cuando a finales de los años setenta se acordó establecer oficinas de intereses en La Habana y Washington y se autorizaron las visitas familiares de exiliados a la isla, se esperaba que el contacto produjera un cambio hacia la democracia. El resultado fue puramente económico. Los viajes de cubanos aportaron (aportan) millones de dólares a la economía de Cuba y la isla ha cedido muy poco espacio de libertad. Quizás tolerar a la muy vapuleada Comisión por los Derechos Humanos en Cuba de Ricardo Boffill pudo haber sido la generosa respuesta cubana de aquel entonces, pues en otra época la hubieran desintegrado al momento, comenzando por el fusilamientos de sus directivos.

Más de tres décadas después del establecimiento de las oficinas de intereses, el régimen castrista sigue firme, controlando prácticamente todos los sectores de la vida cubana, y si no se mantiene con la severidad fidelista, es porque Raúl parece tener una visión más cercana a la realidad. Raúl Castro sabe que el patrón ideológico es intocable, por lo tanto no hay que ocuparse de ese tópico, solo vigilarlo y mantener bien engrasado el aparato de protección que lo resguarda (golpear a las Damas de Blanco este domingo, el próximo no. Volver a demostrar fuerza en un par de semanas, y así sucesivamente). Lo que no puede controlar Raúl Castro es la economía. La centralización de todos los sectores económicos no ha dado resultados. Las tierras en usufructo y el cuentapropismo no han dado los frutos soñados. Por un lado, falta todo para lograr cosechas abundantes; por el otro, un rellenardor de fosforeras, un limpiabotas, o el individuo que adquiere una licencia del estado para usar un carretón tirado por caballos para el transporte público, no generan fuentes de trabajo, ni ingresos sustanciales, solo transmiten una falsa idea de apertura y reafirman la condición tercermundista del país.

No debe esperarse mucho de la nueva etapa de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, en particular el cubano de a pie. El del exilio sí notará los cambios. Sus remesas aumentarán en aras de la ayuda familiar pero, como antes, ahora también su dinero irá a parar a las arcas del gobierno castrista.

Si el congreso norteamericano no pone obstáculos mayores; y si el gobierno de la isla cede y permite que los inversionistas del norte establezcan sus empresas y ellos mismos las administren (sólo pagando los impuestos correspondientes), entonces, sólo entonces, a muy largo plazo, y siempre gracias a los odiados enemigos del norte, las cosechas de papa y plátanos serán abundantes, y el cubano, quizás, podrá hacer un mejor ajiaco (por cierto, mucho más tiempo pasará antes de que pueda echarle un pedazo de tasajo). Nada, el castrismo tiene la explicación: después de medio siglo de “bloqueo”, se necesita otro medio siglo para paliar sus efectos. Si las cosas marchan bien, para el 2080 se notarán los primeros resultados. Así es la historia, lenta y llena de sorpresas.

Sobre el autor

Luis de la Paz

Luis de la Paz

Luis de la Paz (La Habana, 1956). Escritor y periodista cubano, ha publicado los libros "Un verano incesante", "El otro lado", "Tiempo vencido" y "Reinaldo Arenas, aunque anochezca", entre otros. Entre 2001 y 2008 editó la revista virtual de literatura cubana El Ateje. Es Premio Museo Cubano de Ensayo por "Dulce María Loynaz, tránsito de una gran dama cubana", y Premio Lydia Cabrera de Periodismo en 2011.

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