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Relajo y olvido

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Relajo y olvido

Relajo y olvido
noviembre 14
09:27 2017

Hace algunos años, el poeta Ramón Fernández Larrea escribió más de doscientas columnas destinadas a calibrar hechos y personajes de la historia y de la cultura cubana, o pasajes sobre celebridades extranjeras que se relacionaron con la isla. Tales columnas, ingeniosas, hilarantes, fueron publicadas en forma de cartas por el periódico digital Encuentro en la Red. Sin embargo, hasta donde yo sé, nunca han sido recopiladas en libro. Así que no serán pocos entre nosotros los que se han perdido esas auténticas joyas literarias.

Precisamente en una de sus cartas, Ramón aborda lo que representó la influencia de la literatura soviética en Cuba, sobre todo al nivel popular. Y como no podía ser menos, lo hace en clave de jodedera, con humor negro y afilado como cuchillo de obsidiana. No en balde aquella perla me ha venido al recuerdo en estos días, cuando los medios informativos y las redes sociales vuelven a referirse al aniversario de la revolución bolchevique en Rusia, uno de los dramas más nefastos de toda la historia moderna. Aunque, por lo general, se le rememora en forma aburrida, sin agregar ni pizca a lo ya conocido.

No recuerdo a quién va dirigida la mencionada carta de Fernández Larrea. Ni es lo que más importa ahora, ya que recuerdo lo inolvidable de su contenido, o más bien un pequeño fragmento, donde el poeta cuenta que un primo suyo quiso cortarse las dos piernas después de haber leído Un hombre de verdad, novela de Boris Polevoi, una de las más frecuentadas por los lectores cubanos durante la época de la colonización soviética.

El protagonista de la novela (un piloto, creo) había perdido las piernas en sacrificio heroico por el socialismo. Y ese al parecer es el mensaje que el realismo socialista soviético se proponía colar en la mente de los lectores cubanos. Con muy pocas posibilidades de éxito, claro, ya que siempre existió un abismo entre el modo grave en que asumían el sacrificio los tovarich y el desenfado con que solemos asumirlo nosotros.

Ramón revierte en aguda y muy descacharrante sátira el efecto que habría podido ocasionar entre los cubanos de a pie la lectura de todo el arsenal de literatura soviética que nos invadía entonces, traducida al español por las editoriales Progreso o Mir. Se trata, lógicamente, de una larga lista, a la que cada lector podrá agregar más de un título. Yo, de momento, recuerdo, entre otras, Así se templó el acero, de Nikolai Ostrovski, o La joven guardia, de Aleksandr Fadéyev, o El Don apacible, de Mijail Shólojov…Todas en la cuerda épica de Un hombre de verdad, que ni aun en aquellos tiempos de fanatismo revolucionario en extremo llegaría a ser inspiradora para el cubano medio.

Desde luego que la piltrafa del realismo socialista no fue lo único que nos llegó desde la URSS en materia literaria. Pues bien es verdad que aquellos tiempos propiciaron nuestro acercamiento con los inmortales escritores rusos del siglo XIX y hasta con algunos grandes escritores soviéticos, como Isaak Bábel o Mijail Bulgákov, o como varios maestros de la ciencia-ficción. Pero es un tema que desbordaría el limitado espacio de estas líneas.

Igual lo desbordaría el análisis de la influencia que pudo dejar en nuestra literatura el realismo socialista, cuya huella es negada hoy por muchos, tal vez con sospechoso apuro.

Pero de momento para lo que alcanza este espacio es para marcar la pertinencia de aquella joda de Ramón (la del primo que quiso prescindir de sus piernas para convertirse en un hombre de verdad), dada en la forma en que desmonta, de un tirón sintético y gracioso, la inutilidad de la literatura como instrumento de manipulación política, en términos generales, y muy en particular, el fracaso del realismo socialista en Cuba, si no del todo entre intelectuales y artistas, sí entre nuestros lectores corrientes, en los que jamás llegaron a calar sus “enseñanzas”. Al punto que hoy cualquier lector medio de la Isla, sin que importe su edad, puede recordar el argumento de La dama de las Camelias o de El conde de Montecristo, pero no recuerda, ni a palos, de que trataba la novela El torrente de hierro, de Serafimóvich, cuyos ejemplares se vendían como pan en La Habana. Y si alguien lo recuerda, por casualidad, será sin duda con una sonrisa burlona.

Relajo y olvido es todo lo que logró dejar entre los cubanos de a pie aquel empeño de adoctrinamiento a través del realismo socialista. Me dirán que de todas formas terminamos convertidos en la plasta de “hombre nuevo” que sustentaban los tovarichs. Cierto. Pero no del mismo tipo que ellos. Los soviéticos eran robots graves, programados para las medallas y los monumentos. Nosotros somos robots gozadores, lo cual indica que todavía nos quedan algunas células como seres humanos, por escasas que sean.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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