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Reloj de una manecilla

Reloj de una manecilla

Reloj de una manecilla
marzo 10
22:48 2014

Robert Smith pensó “esta ardilla quiere su nuez” cuando sintió el pie de la mujer en el escroto.  Estaban metidos en la bañera, recargados cada uno en un extremo, la espuma cubría sus cuerpos y Robert apenas si podía distinguir el rostro de su compañera. Ella le repetía que era una dama y que le mortificaba mucho lo que estaría pensando él de ella, mientras deslizaba el dedo gordo de su pie por el tronco de la verga erecta de su compañero, oculta bajo la espuma.

Era una tarde soleada, la luz irrumpía por las ventanas provocando un resplandor de paredes blancas que contribuía a la obnubilación que estaba ocurriendo en la bañera.  Habían estado nadando por un rato en una alberca de agua azul, luego se tendieron al sol y conversaron.  Ella parecía otra mujer, pensaba Robert tratando de verle el rostro parcialmente cubierto de espuma. Entonces ninguno de los dos había sentido la púa del deseo que los estaban llevando ahora, metidos en la tina, a buscarse con piernas y pies bajo el agua.

Como un salmón contra la corriente, el pie derecho de Robert  se movió bajo la espuma y encontró el centro de la mujer.  Con habilidad del que se mueve en su medio hurgó y separó el traje de baño con los ortejos. La mujer contrajo el rostro y detuvo la actividad de su pie sobre el sexo de Robert, arqueó el cuerpo y, como Venus naciendo de la espuma, dos pezones erectos emergieron.  Robert empujaba el dedo gordo dentro de la vulva y comenzó a girarlo, dilatando las paredes tersas, húmedas de una humedad que nada tenía que ver con el agua de la bañera, parecía como si estuviera dibujando la entrada por donde, estaba seguro, pasaría ese umbral incierto en el que se encontraba y sabría a ciencia cierta quién era la mujer que tenía enfrente.

Robert le extendió un brazo invitándola a pasarse a su lado en la bañera. La mujer sonrió y al hacerlo Robert pudo ver de quién se trataba. Estupefacto, sostuvo el brazo extendido.

–Sólo podías ser tú –le dijo.

Ella rió al tiempo que se levantaba mostrando un cuerpo regio, intocado por los años,  apenas cubierto por el traje de baño mal acomodado con el que aquel truhán cubierto de jabón había estado jugando, se llevó las manos a los pechos y removió la espuma, sopló y pompas iridiscentes llenaron el cuarto de baño. Siguió riendo, pero su risa fue cambiando hasta sonar tan atroz como el timbre sanguinario de la puerta de la residencia  de los Smith.

Robert abrió los ojos y maldijo, se llevó la mano a la entrepierna y se sintió dos veces robado. Había sido un puto sueño, y la verga palpitante a la que el pie de la mujer acariciaba se había convertido en un montoncito de carne flácida bajo la ropa.  El timbre de la puerta continuó su alarido.

II

Robert Smith escuchó el timbre una y otra vez antes de decidirse a abrir la puerta. Seguramente era otro imbécil empeñado en venderle porquerías. ¿Por qué será que los vendedores piensan que la vejez es sinónimo de estupidez? ¿Que uno va a comprarles sus porquerías nada más porque al hacerlo disfruta del minuto de su compañía?, pensaba mientras arrastraba los pies tomándose el tiempo del mundo.

–Tengo que cambiar este timbre fanfarrón, prefiero oír la marcha de Zacatecas, ya de por sí odiosa, que este sonido maricón.

Al abrir la puerta se encontró con una mujer derritiéndose en al calor de las dos de la tarde. Dijo llamarse Amalia Ramírez y venía de “A Touch of Love”, una organización encargada de brindar asistencia en el hogar.

–No quiero nada –la interrumpió Robert cerrándole la puerta–. Cada vez están más feas y viejas estas putas –murmuró sin preocuparse de ser escuchado por la mujer. Apenas lo hizo, el timbre volvió a sonar. Apretó la manija con furia, como si el hacerlo impidiera la entrada de aquella extraña. Al segundo timbre abrió de nuevo.

–No quiero nada –repitió.

-No estoy aquí para venderle nada –dijo Amalia Ramírez, molesta por los modales del viejo–. Su hija, Miriam Smith, nos contrató para brindarle el servicio.

¿Servicio, a touch of love?, pensó Robert . ¿Ahora  su hija Miriam le contrataba prostitutas? ¿No tendría que ser alguien más joven y mejor agraciada que esta vieja?

–¿De qué está usted hablando? –preguntó finalmente.

–De asistencia en el hogar. He venido para ayudarle con la limpieza de la casa, llevarlo de compras, ayudarle a bañarse, en fin, lo que haga falta.

–¿Y quién le ha dicho a usted y a su Touch of Love que yo necesito ayuda para limpiarme el culo? — espetó Robert y trató de cerrar la puerta otra vez, pero el pie de Amalia se lo impidió.

–Su hija, su hija piensa que necesita ayuda, por eso vino a nosotros –dijo Amalia levantando la voz. El viejo abrió la puerta–. Aquí está mi credencial –dijo enseñándole el gafete que llevaba prendido a la solapa.

¿Quién carajos se cree esa hija de puta para mandar gente extraña a mi casa?, cavilaba el viejo mientras veía de arriba abajo a la mujer parada frente a él, aferrada al gafete como si fuera una licencia de Dios padre que le permitiera entrar donde se le pegara la gana, aun contra la voluntad del dueño de la casa.

–Pues no me interesa, que le regresen el dinero a mi hija, no quiero extraños en mi casa.

–A Touch of love, es una organización seria, fundada hace catorce años, legalmente registrada y reconocida como una de las mejores en servicios de asistencia en el hogar a personas en edad adulta –repitió Amalia las palabras aprendidas de memoria y que detestaba, sobre todo en ese momento, parada a pleno sol, pegajosa, manando mares, tratando de convencer a ese viejo infeliz de que la dejara hacer su trabajo.

Voyeur_Cropped_Cover_Web¿Por dónde empezar?, se preguntó Amalia al ver el estado de la casa. No había un centímetro que se salvara de la inmundicia; todo estaba atestado de polvo, sucio, manchado, repugnante. El mismo viejo apestaba. Aquella casa y su dueño ofendían la vista, el olfato, y por supuesto el oído, pues Robert no había dejado de protestar su presencia, pese haberse hecho a un lado para que entrara después del discurso sobre la organización que ella representaba. Parada en mitad de aquel basurero, a punto estuvo de salir corriendo. Tenía unas ganas locas de llorar. No se merecía estar ahí. Ella era asistente de enfermera. Hasta ese día había estado en la casa hogar de la organización, donde las cosas marchaban como relojito. Donde había que lidiar con viejos, pero a los cuales se les podía aplicar un sedante si se agitaban, o amenazarlos con retenerles el postre o las horas de televisión, como a los críos, si no se comportaban, y de pronto, de golpe y porrazo, por unos cuantos retardos, el desgraciado de Olvera, su supervisor, la mandaba a limpiar casas, como si ella fuera una principiante, una indocumentada, y no una asistente de enfermera titulada, con más de diez años de experiencia.

Buscó en el bolso el reporte que le habían dado sobre el anciano y leyó: Robert Smith, setenta y tres años, anglo-hispano,  viudo, militar retirado, en buena condición de salud en lo general, con principios de Alzheimer en particular, debido a lo cual olvida con frecuencia hábitos de limpieza.  Requiere asistencia con higiene personal y de la casa. El que es marrano, no necesita de excusas para serlo, pensó mientras leía y vio de reojo al hombre parado tras de sí observando sus movimientos.

Vació primero las frutas y vegetales podridos de la nevera. Las carnes hediondas, las botellas de leche tan aceda, casi sólida. Luego siguió con la alacena, donde encontró ejércitos de hormigas sacando hojuelas de las cajas de cereales, cucarachas inmóviles haciendo la digestión en las esquinas de los cajones.  Fue haciendo una lista de lo que el paciente necesitaba comprar. Iba a tomarle días de trabajo dejar aquella casa presentable. Podía darse cuenta, sin embargo, que en algún momento, seguramente cuando la esposa vivía, había sido un lugar hermoso, los muebles eran de buena calidad, los cuadros y cortinas de buen gusto, los enseres domésticos de marcas reconocidas.

Hay que bañar a este viejo, se dijo Amalia y buscó el cuarto de baño. Lo encontró en no mejores condiciones. El lavabo azul estaba cubierto de sarro y manchas de pasta dental, pelos y mucosidades. Abrió los grifos, hizo lo mismo con la regadera, dejó correr el agua caliente por unos minutos para que arrastrara toda la porquería y fue a sentarse al toilette.

–¿Qué está haciendo ahí encerrada? –escuchó al viejo llamando a la puerta del baño, y entonces se percató que se había abandonado en sus pensamientos. El agua se desbordaba del lavabo taponado, una pequeña laguna iba cubriendo el piso y salía ya al pasillo por debajo de la puerta. Se levantó tan precipitadamente que resbaló en el piso mojado y a punto estuvo de caer.

-Nada –gritó al tiempo que se aferraba al gancho de la toalla de manos–. Nada –repitió–. Regrese a la sala, ahorita le preparo el baño.

–No me quiero bañar –refutó el viejo–. Salgase de ahí. ¿Por qué está tirando el agua?

Robert regresó a la sala y se sentó entre bolsas de frituras desgarradas y latas vacías. Agarró el teléfono e intentó marcar el número de su hija. En dos ocasiones le colgaron después de decirle que se había equivocado de número. ¿Cómo demonios iba a equivocarse, si tenía la libreta enfrente, si podía leer perfectamente los números? ¿Porque el mundo se empeñaba en tratarlo como a idiota, un retrasado incapaz de marcar un teléfono?  Quería hablar con Miriam, reclamarle el atrevimiento de enviarle a esa mujer a su casa, sin consultarlo. Era verdad que en los últimos meses se olvidaba de asearse, de mantener la casa en orden, que de vez en cuando se perdía en su propio vecindario y batallaba para encontrar la casa. Que iba al café de la esquina y luego no tenía dinero para pagar. Que en la tienda de los árabes no le permitían la entrada desde que salió varias veces con mercancía sin haberla pagado, pero eso era mero racismo, lo sabía, lo detestaban por su condición de militar, porque en más de una ocasión les había dicho que se regresaran a su patria, que a él no lo engañaban, tan inocentes detrás del mostrador vendiendo cigarrillos, seguramente detrás de esas barbas estaban planeando otro ataque cobarde en suelo americano. Era verdad que parecía que la vida se le iba por el caño, ¿pero quien quería vivir del modo en viven los viejos como él? Solos, despertando de madrugada en camas vacías, levantándose diez veces al baño a tirar una gota de orine cada vez, porque según el doctor, en algún lugar de su cuerpo, no sabía a ciencia cierta dónde, la próstata se la había convertido en una nuez gigante. A levantarse por la mañana y no tener absolutamente nada que hacer, ningún lugar a donde ir, nadie a quien llamar, nadie a quien esperar.

Y entonces, maldita sea, ocurrió de nuevo. Pasaron días en los que Robert Smith se convirtió en un cuerpo vacío, una casa deshabitada, un edificio vacante.

Tal vez la mente es un caracol que muda de concha.

III

La casa estaba limpia, las cosas en su lugar, él se hallaba sentado en la silla reclinable con ropa planchada, afeitado, oloroso a jabón y con el pelo en su lugar. Podía ver la mitad de su cuerpo en el espejo de pedestal al otro lado de la sala. Era él, el que había sido años atrás, antes de que los doctores empezaran con sus disparates. Era él, como recién llegado de un viaje en el tiempo. Era él, recién liberado de un secuestro.

Tenía un secreto, odiaba que fuera secreto, lo quería gritar, quería contarle a todo el mundo, especialmente a su marido, que había un hombre que se excitaba al estar cerca de ella. Un hombre que reverdecía a las dos de la tarde junto a ella.

Tenía las manos sobre las piernas y al moverlas se topó con el bulto duro bajo los pantalones. En la cocina alguien tarareaba “Para bailar la bamba se necesita una poca de gracia”. Se apretó el montículo con la mano. Sí, erecto, como si regresara de la catatonia junto con él. Se levantó y fue directo a la cocina. Amalia soltó el cuchillo con el que rebanaba papas y dio un paso incierto hacia él, como la madre que intenta asistir al niño que anda dando sus primeros pasos. Se percató de la erección y volvió la cara. El viejo respiraba agitado.

–¿Se siente bien? –preguntó Amalia tomando nuevamente el cuchillo.

–¿Quién es usted? ¿Dónde está Sara? –preguntó Robert.

Aquí vamos otra vez, pensó Amalia y abrió el bolso sobre la mesa para buscar el gafete. Iba a mostrárselo cuando Robert dio la media vuelta y se encaminó al cuarto de baño. Amalia sonrió.

Llevaba dos semanas trabajando de dos a seis de la tarde en esa casa, las mismas que le había llevado dejarla presentable. Había tenido que limpiar, despolvar, fregar alrededor del bulto en que se convirtió de buenas a primeras el agresivo paciente. Ahora parecía estar de regreso. No iba a ser fácil bañarlo, afeitarlo, peinarlo, si es que se lo permitía  en primer lugar. Ni modo, que se aseara él mismo. Después de todo, ella ni era su madre, ni su mujer. Estaba para asistirlo.

Robert tardó unos minutos en el baño.  Cuando salió se le había bajado la erección, Amalia lo notó de reojo. Le ofreció de comer, él se negó y fue a sentarse a la sala. Parecía avergonzado, un adolescente al que mamá ha encontrado aferrado a la polla, masturbándose en el baño y evitaba verla a la cara.

No era la primera vez que lo veía erecto. Durante los días en que Robert anduvo perdido en los laberintos de su propia mente, Amalia lo vio ponerse duro mientras lo bañaba. Se asombró al principio de que a su edad consiguiera tal proeza, porque no era una erección a medias como las que tenía Homero, su marido, sino total, llena de vigor, una manifestación completa de la sangre en las arterias. La prueba absoluta de una virilidad intacta, intocable para el tiempo y la enfermedad.  Pasó del asombro a la curiosidad. Quiso ver si era un evento único o iba a ocurrir siempre que lo bañara. Y ocurrió todos los días, apenas lo encaminaba al baño el viejo comenzaba a retoñar. Amalia lo dejaba sentando en la tina y se iba a seguir sus labores; de cuando en cuando volvía para echarle un ojo y lo hallaba aferrado a sí, como el niño que extiende la bandera  por el asta  para que reciba el saludo de los presentes en Honores a la Bandera un lunes por la mañana.

No sabía a ciencia cierta, o a cuenta de qué, la verga de un extraño estaba incidiendo tanto en su estado de ánimo en los últimos días. Andaba contenta.  Tenía un secreto, odiaba que fuera secreto, lo quería gritar, quería contarle a todo el mundo, especialmente a su marido, que había un hombre que se excitaba al estar cerca de ella. Un hombre que reverdecía a las dos de la tarde junto a ella. Un hombre al que la sangre le corría por las venas, pese a las ausencias de su mente.  Se había atrevido a enjabonarlo. Era su trabajo, se justificaba, había sentido el glande rozar el reverso de su mano mientras le tallaba la entrepierna, y la sensación la había acompañado por horas.

Se iba a la cama pensando en la verga del paciente, se despertaba y estaba ahí: el falo de Robert Smith. Levantaba la sábana para ver la de su marido,  y éste perdía en la comparación. El pito de Homero tenía forma de gusano; incircunciso, flácido, guardaba en el prepucio la resignación de haber perdido la carrera del tiempo. La de Robert era una columna de mármol, el atlas que sostiene al mundo, el cohete que podía elevarla, al menos en el instante de verlo desnudo y erecto,  por encima de su vida ordinaria.

Robert la vio agarrar sus cosas para irse. Con la mano sobre la manija, le dijo que había dejado un plato de comida sobre la mesa. Luego cerró la puerta y se fue.  Él se levantó y fue a la ventana, la atisbó mientras cruzaba la calle rumbo a la parada del autobús. La vio andar a paso firme, una mano aferrada al bolso, y en la otra el mandil nítidamente doblado. Al subir a la banqueta se soltó el pelo que llevaba sujeto con una liga, una cascada entrecana se derramó sobre la espalda. Tenía las caderas anchas y las piernas robustas, calculó que medía cinco pies dos pulgadas.  Al sentarse en la banca a esperar el autobús, la vio sacar un espejo pequeño y un pañuelo con el que se limpió la cara. Robert Smith se miró la entrepierna.

IV

Robert metió la llave en la cerradura con cautela y de igual modo empujó la puerta. Escuchó a Sara tarareando “Sweet Home Alabama” en la cocina. El reloj de la sala dio las dos de la tarde.  Apenas entró, dejó a un lado el portafolio y se fue desbotonando la camisa mientras caminaba rumbo al cuarto de baño. Entró y se encontró con la tina llena, se deshizo de los pantalones con prisa, botó los zapatos y se arrancó calcetines y calzoncillos, entró en el agua como un pez que se muere de asfixia. En la cocina, Sara terminó de secar el último plato y se quitó el mandil, lo dobló nítidamente y lo puso sobre la mesa, junto a la cual dejó también las sandalias, caminó sigilosamente como si el piso se encontrara minado y mientras la hacía fue sacándose el vestido. Al abrir la puerta del cuarto de baño se encontró con su marido sumergido en espuma, con los ojos cerrados, hermoso e inocente como un ángel del agua.

–Llegas tarde, querida –le oyó decir.

Se quitó el sostén y lo colgó en la manija de la puerta, luego deslizó las bragas por sus piernas largas y blancas. Entró en la bañera, donde su marido le tendió los brazos y la atrajo sobre sí para besarle los pezones antes que la boca.

–Adivino lo que has cocinado hoy –dijo Robert lamiendo los pezones de su mujer. Ella rió de la ocurrencia de sobra conocida y no por ello menos encantadora. –Hablo en serio, tus tetas son como esponjas, absorben los olores y con certeza puedo decirte que has hecho meat loaf y puré de papa.

–¡Wooww! –dijo Sara abriendo la boca exageradamente, celebrando la sagacidad de su marido. Sostuvo los pechos en las manos y continuó: –Tal vez ese sea un talento que debería aprovechar, ¿qué tal si me alquilo en un restaurante? Andaría de mesa en mesa preguntándoles a los comensales, ¿le gustaría probar el especial de día?

–¡No way! –gritó Robert erigiéndose en el agua y levantando a Sara en el abrazo, para luego depositarla de nuevo y quedar sobre ella, centro con centro, dos cuerpos en gravitación.

Despertó y tentó el lado vacío de la cama.

V

Amalia se miró al espejo. Se estiró los pómulos, buscando el rostro de la mujer que había sido oculto bajo las patas de gallo. Tenía cincuenta y dos años y no había conocido íntimamente a otro hombre que a su marido. Un hombre que a últimas fechas parecía haber extraviado el camino hacia su cuerpo. Como si lo hubiera llamado con el pensamiento, Homero entró en el baño y fue directo al excusado donde comenzó a orinar frente a ella.  Amalia lo observó lanzar un chorro débil, intermitente, mientras gruñía en una mezcla de alivio y dolor.

–Pervertida –dijo Homero al darse cuenta que lo observaba.  Amalia sonrió y recordó las razones que la habían enamorado de él. Su sentido del humor, el empuje que los llevó a salir de su pueblo, a cruzar el Río Bravo para buscar una vida mejor para los hijos que iban a tener. Homero se sacudió el pene y anduvo a la salida. Al pasar le agarró una nalga.

–Te estás poniendo más gorda –le dijo. Jamás fue un amante de ensueño, nadie le había enseñado a serlo. Eso de hacer el amor Amalia no lo conocía, sabía de ser montada en la oscuridad, penetrada sin mucha consideración, de oírlo gruñir como lo hacía al orinar, de vaciarse en ella como un borracho que vomita para aliviar el estómago.  Había entrado y salido sin notar que su mujer se había teñido el pelo.

Cuando los médicos le explicaron los principios del Alzheimer, a Robert le parecieron absurdos. Ahora los veía con más claridad. La enfermedad era una gallina que entraba por la casa, merodeaba por los rincones hasta que terminaba parada en su cabeza alimentándose de lo que encontraba en su mente, tragándose sus pensamientos como si fueran granos de maíz. Así el estúpido pajarraco se había llevado recuerdos de su vida, memorias, que es lo único que les queda a los viejos al final del camino. Se había tragado el rostro de sus hijos y de muchos de sus amigos. Y sin embargo, quedaba la memoria del cuerpo de su mujer, la desalmada había respetado el recuerdo dulce y doloroso de Sara. Y ahí estaba sentado en la sala, viendo como empezaba a crecerle la piel bajo los pantalones, justo cuando el reloj marcaba las dos de la tarde y una llave entraba en la cerradura de la puerta.

–Buenas tardes –saludó Amalia. Robert contestó el saludo y al hacerlo notó que la mujer se había teñido el pelo y traía un incendio de carmín en los labios. Era poco, casi nada lo que sabían el uno del otro, y sin embargo a los dos pareció bastarles. Él se levantó sin ocultar el bulto, la nariz de pinocho ansiosa de aspirar el aroma de la mujer que tenía enfrente.

–Voy a estar en la bañera –dijo Robert, como si al hacerlo lanzara una botella al mar con mensaje que pudiera o no llegar hasta las costas de Amalia.  Ella se dirigió a la cocina.

Perdería el trabajo, perdería a su marido… ¿Qué dirían sus hijos? ¿Sus amigas? ¿Cuánto tiempo tardarían en enterarse? Ella no sabía mentir, nunca había visto la necesidad de hacerlo. ¿Para qué? Y ahí estaba ahora, aferrada a los bordes de la mesa para no irse hasta el piso y morirse ahí mismo. Era presa de una fuerza desconocida, la que en ese instante la estaba llevando a desanudarse el mandil e ir en busca de un hombre cubierto de espuma y que no tenía más certeza del tiempo que la hora que marcaba su miembro erecto, a pesar de las nubes que oscurecían su mente.

Amalia se quitó el mandil y lo dejó resbalar por su cuerpo. Abandonó también los zapatos. Caminó despacio por el pasillo. Al llegar al cuarto de  baño, sostuvo la manija por unos segundos antes de girarla y abrir la puerta.  Robert la vio entrar tímida y sonrojada. Estaba aferrado a la barra de metal empotrada en la pared, colocada ahí para hacer más fácil  la entrada y salida del viejo a la tina.

–¿Necesita algo? –preguntó para justificar su presencia.

–La necesito a usted –contestó él con arrojo. Ella agachó la cabeza y permaneció callada. El corazón se le salía del pecho. Él le extendió la mano.

Se quitó la falda, después la blusa, se soltó el pelo y fue a sentarse al borde de la tina. Le tocó la cara, las cejas, los labios. Se miró en sus ojos y vio que, como a ella, le empezaban a escurrir lágrimas tercas.

–¿Qué estamos haciendo? –preguntó finalmente Amalia, casi para sí misma. Él no contestó.

Se deshizo de sostén y bragas y ayudada por Robert entró en la tina. Era difícil acomodarse, hacer el amor en el agua, jamás se le había ocurrido a ella. Él no conocía una forma mejor. Le ayudó a colocarse sobre su cuerpo, la fue guiando hasta que ella sintió el beso de la carne entrando en la carne.

–Homero –murmuró, como una plegaria que busca la absolución en el pecado.

–Sara –dijo él.

Sobre el autor

Alfredo Ávalos

Alfredo Ávalos

Escritor y animador cultural de origen mexicano, Alfredo Ávalos reside en San Antonio, Texas (Estados Unidos). Es autor de la colección de cuentos “Voyeur” (2012) y fundador y coordinador del Encuentro de Escritores “Letras en la Frontera”. En 2007 ganó el concurso de cuento “José Arrese”, y a finales de 2012 obtuvo el primer lugar en el certamen de narrativa erótica “Los Cuerpos del Deseo”, patrocinado por Alexandria Library y Neo Club Ediciones en Miami.

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2 comentarios

  1. Vene
    Vene marzo 15, 13:25

    TRONCO DE CUENTO SR. MIO!!!

  2. hendy
    hendy marzo 15, 20:52

    termina exitandome y masturbarme como si lo hiciera con algo de cultura.

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