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Respuesta al cacique Guaicaipuro Cuauhtémoc (la parodia)

Respuesta al cacique Guaicaipuro Cuauhtémoc (la parodia)

diciembre 27
01:47 2011

1-aaa_a_b_AzucarAquí pues yo, Pedro Jiménez, he venido a contestarles a los que celebran el alegato de Guaicaipuro Cuauhtémoc. Aquí pues yo, descendiente de quienes poblaron Europa y el mundo hace más de cuarenta mil años, he venido a desmentir a los que se dicen dueños del oro que las sandalias de sus antepasados alguna vez pisaron sin saber que pisaban. Aquí pues nos encontramos todos parodiando lo que somos. Y eso somos: alegación y testimonio.

El hermano Guaicaipuro Cuauhtémoc pide papel escrito con constancia de la supuesta deuda contraída por España y Europa con los indios americanos. El hermano repentinamente nos pide que paguemos en Europa y Occidente una deuda supuestamente contraída por quienes supuestamente les arrebataron el oro a los indios americanos. El hermano Cuauhtémoc me explica que toda deuda se paga con intereses, así que no sólo se trata de oro, sino de sentimientos y manipulaciones. Ya me voy enterando.

También yo puedo reclamar pago. También puedo reclamar intereses. Consta en todos los archivos, papel sobre papel, recibo sobre recibo, firma sobre firma, que sólo entre los años 1503 y 1999 los indios americanos y sus descendientes, y los hombres y mujeres todos de Centro y Sudamérica, se han beneficiado de miles de innovaciones tecnológicas y adelantos científicos concebidos en el Occidente desarrollado, sin contar con las grandes matanzas interrumpidas por los españoles y durante las cuales los imperios inca, maya y azteca asesinaron y esclavizaron a pueblos enteros sin tener para nada en cuenta su raíz indígena común. ¿Saqueo? No lo creyera yo, porque es pensar que nuestros hermanos indios nos obligaron a prestarle esos servicios o regalarles tal calidad de vida. ¿Expoliación? Para nada, tal derrame de progreso fue concebido por los beneficiadores, no por los beneficiados. ¿Maniobra interesada? Suena caricaturesco. Sería como dar crédito al doctor Arturo Uslar Pietri, quien afirma que el arranque del capitalismo y de la actual civilización europea se debió a la inundación de metales preciosos americanos. ¿Acaso las calaveras cargadas de tecnología occidental llegaron a América antes o después que fuera cargado el oro? ¿Por qué no fueron capaces los indígenas americanos de generar tecnología y desarrollo con ese oro?

No: los 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata a los que se refiere Guaicaipuro Cuautémoc deberían ser considerados como el primero de varios cobros amigables, por adelantado, de los que Europa debe beneficiarse. Pero ni eso, porque en realidad, puestos a ver, ¿cómo se puede cobrar al deudor lo que no pertenece al deudor? ¿Quién dijo que el oro perteneció alguna vez a los indígenas? ¿Quién les dio facultad para sentirse dueños de un metal que produjo la tierra, que trabajó la naturaleza? ¿Haber llegado primero a ciertas tierras les dio patente de corso? ¿Qué dirían entonces los indígenas que llegaron primero y fueron masacrados por los indígenas imperiales que llegaron después? ¿Quién les devuelve “su” oro?

Yo, Pedro Jiménez, prefiero creer que el fabuloso trasvase de tecnología hecho desde Europa a América, y luego desde Norteamérica a Sudamérica  –robo de cerebros le llamaría en nuestra época la siempre ilustrada izquierda caviar– no fue más que el inicio de un Plan Marshalltzuma para garantizar la evolución de la bárbara América, arruinada por sus deplorables guerras fratricidas, sus asesinatos colectivos, el sacrificio de niños, el culto a la sangre y a unos dioses animales que consecuentemente convirtieron en animales a quienes los siguieron. Por ello, en torno al Quinto Centenario del comienzo del empréstito, podemos preguntarnos: ¿han hecho los hermanos indígenas un uso racional, responsable, o por lo menos productivo de la información y la tecnología tan generosamente ofrecidas por el Occidente desarrollado?

Deploramos decir que no. En lo estratégico, las dilapidaron en rencillas internas, regímenes caudillistas y otras formas de exterminio mutuo, sin más resultado que acabar multiplicando su miseria (lo cual ya parecía imposible, todo sea dicho). En lo financiero, han sido incapaces tanto de reproducir capital como de independizarse de la tecnología punta que les proporcionamos y desarrollar la suya propia. Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman según la cual una economía subsidiada y burocratizada jamás podrá funcionar. Y nos obliga a reclamarles –por su propio bien– el pago del capital e intereses que tan incompetentemente han dilapidado durante todos estos siglos.

Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarles a los hermanos indígenas y sus descendientes las viles y sanguinarias tasas flotantes de interés que ellos les cobran a sus propios pueblos.  No haremos lo que se hace en Cuba, por ejemplo, donde un gobierno corrupto le vende a la población productos básicos a precios tres veces superiores a los originales y en la moneda en que no le paga. Nos limitaremos a exigir la devolución de la tecnología punta adelantada, más el módico interés fijo de un 10% anual acumulado durante los últimos trescientos años.

Sobre esta base, y aplicando la europea fórmula del interés compuesto, informamos a los indígenas latinoamericanos y sus descendientes que sólo nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 185 mil kilos de oro y otra de dieciséis millones de kilos de plata, ambas elevadas a la potencia de trescientos. Muy pesadas son estas moles ciertamente, ¿pero cuánto pesarían calculadas en sangre? ¿Cuánto pesa la sangre de los millones de víctimas de los imperios homicidas –como el maya o el azteca, por ejemplo–, las tiranías militares y las guerrillas y regímenes comunistas? ¿Cuánto pesa el atraso de millares de culturas? ¿Cuánto pesa la manipulación de generaciones y generaciones educadas en la envidia al exitoso y el rencor al progreso, en un nacionalismo aberrante que limita su futuro y los encadena a conceptos tercermundistas y suicidas?

Aducir que América Latina en medio milenio no ha podido generar empresas suficientes para cancelar este módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del indigenismo, el socialismo y el tercermundismo. Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan en Occidente. Pero sí exigimos la inmediata firma de una Carta de Intención que discipline a los pueblos deudores de Latinoamérica, y los obligue a cumplirnos sus compromisos mediante una pronta Privatización o Reconversión del continente que les permita entregárnoslo entero como primer pago de su deuda histórica.

Dicen los pesimistas latinoamericanos que su civilización está en una bancarrota tal que le impide cumplir no ya con sus compromisos financieros, sino incluso con sus compromisos morales. En tal caso, nos contentaríamos con que nos pagaran desprendiéndose de la bala con que se matan cada día. Sabemos que el crecimiento del vecino nos beneficia, y en lugar de envidiarlo estamos dispuestos a colaborar con su crecimiento, que es el crecimiento de todos.

Pero no podrán pagarnos ni con eso: están demasiado concentrados en repetir, como papagayos, que la bala que los mata es bala ajena.

—————————————-

Parodia del alegato del cacique Guaicaipuro Cuauhtémoc, que me llegara hace pocos días vía email

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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1 comentario

  1. Rick el Moro
    Rick el Moro mayo 25, 13:02

    Estupendo texto. Soy latinoamericano pero la verdad me repugna sobremanera la incitación al odio hacia Occidente contenida en la ficticia intervención del cacique. Ciertamente lo que tiene estancado a nuestro continente es esa mentalidad conformista ávida de chivos expiatorios para justificar nuestro fracaso como sociedad. Me entristece sobre todo que tamaña tergiversación de la historia sea propalada acríticamente en universidades y escuelas.

    Saludos.

    R.B.

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