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Retrato desde una cuerda floja: Aproximación a un viaje

Retrato desde una cuerda floja: Aproximación a un viaje

Los escritores Joaquín Gálvez y Denis Fortún durante la presentación del poemario

Retrato desde una cuerda floja: Aproximación a un viaje
agosto 05
18:34 2017

Cualquiera puede pensar que esta presentación me ha resultado fácil concebirla. Alguien que nos conozca a mí y a Joaquín podría asegurar que la amistad que nos une hace ya más de una década es la herramienta idónea a usar, lo que me facilitaría el trance; además que se impone la certeza de que conozco su obra y en ocasiones la he reseñado. Pero hay un detalle, importante sin dudas: cada vez que leo un poema de Gálvez, sus versos me absorben como si fuese la primera vez, me sorprenden. Y lo mismo también pesa la perspectiva de que ahora todo se sustenta en una especie de descubrimiento novedoso, al tratarse de un conjunto.

Cuatro son los cuadernos de los que se sirve Joaquín Gálvez para agrupar en esta selección personal una buena parte de lo que ha publicado hasta la fecha; libros reseñados en su mayoría por importantes escritores de la diáspora, lo que convierte a esta presentación en un reto, pues debo evitar repetir a otros y repetirme, aunque hable de la hechura invariable y del mismo poeta. Estos libros son: Alguien canta en la resaca; El viaje de los elegidos; Trilogía del paria Hábitat. Bueno es saber, igualmente, que trece años es el tiempo recorrido; veintisiete desde la creación de los primeros textos que distingue Gálvez en esta compilación, conformándose finalmente como lo que es: runa desde la altura que no inquieta cuán elevada sea encima de una cuerda donde el poeta oscila, pero siempre prestando atención.

Por supuesto, todo este ejercicio redunda en el despliegue que ostenta la letra impresa a través de la marcha del poeta por un universo próximo, como andarín experimentado que es; y por qué no, el universo lejano, este último atrapado en el recuerdo por vivencias que nos marcan (la memoria como hierro vivo quemando), que concluyen tatuando la piel del poeta, ese lienzo perpetuo que carga el cifrado de la subsistencia. Otras vivencias se expanden en la aspiración y los sueños, que van de la mano del equilibrio que precisa al subirse a esa cuerda, en algunos casos un evento que puede resultar inestable, quebradizo, pero siempre intenso, por lo que vale la pena el riesgo y mucho más compartirlo con sus lectores. En fin, Retrato desde la cuerda floja (Editorial Verbum, 2016) es también “almacén” de poemas que refrendan primero que todo la libertad del autor al instante de ejercer su voluntad creativa, constante en la obra de Gálvez; libro que sirve de consulta, de abrevadero para versos donde el sediento de la buena poesía calmará su sed. Sí, versos que fueron cifrados en su mayoría fuera de esa Isla que absorbe a las estaciones y teme a la diversidad de voces.

Presentación del cuaderno ‘Retrato desde la cuerda floja’, de Joaquín Gálvez, en la sexta edición del Festival VISTA. Miami Hispanic Cultural Arts Center, julio 16, 2017.

De las voces y su multiplicidad alguien me habló hace mucho. Sobre todo, lo hizo subrayando la importancia de “la voz interior”, la originalidad, cómo reconocerla y “acentuar” con energía su “resonancia”, la irreverencia que incluso precisa, para que se establezca después en medio de tantas “voces” y asimismo sea registrada por otros. Reconozco que no tuve una idea lo bastante límpida de cuál era la intención de quien me aconsejaba sobre este argumento. Hoy, agradezco a esa buena amiga el tiempo que me obligó a cavilar en mis inicios de estas lides ingratas de la literatura, para comprender su consejo; y más que todo, porque a través de ese tiempo y el “machacar” de un “oficio” definitivamente desnaturalizado por algunos que lo pisotean con representaciones amarteladas y cursis (en vez de voces, el signo que los identifica es un graznido horrible y repetitivo), supe finalmente explorar las voces de otros poetas de sobrada valía. Me dio la oportunidad de intuir cuando estoy frente a un poema hecho con esa continuidad propia del estilo y el talento que después se rastrea, no importa dónde se ubique, y que identifica al “sonido” de un plectro genuino y experimentado, de referencia, mucho más por el disfrute que genera; dicho sea de paso, algo que ya he mencionado antes en referencia a “la voz” de Joaquín, y en lo que sin pudor insisto.

Al decir de Lourdes Tomás Fernández de Castro, Joaquín “unas veces es un personaje genérico o conceptual, y otras también el hombre Joaquín Gálvez”. Y agrego yo: ese hombre fundamentalmente es poeta (lo ha sido, lo será siempre); y la ambivalencia en este caso para nada es antípoda, sino dos escenarios a complementarse. Ya lo dice en Premonición del iniciado, una suerte de declaración y repaso, donde jura con solemnidad su credo y no los hace saber sin remordimiento: he renunciado a todos los dioses, y sin un ápice de teogonía y cosmogonía, me entrego en cuerpo y alma al culto, la adoración de la escritura, que en su caso se muestra con mas fuerza en el verso aguzado que explora los mas increíbles estratos que componen la vida. Una vida que, en su cualidad de distinguir, se le antoja un rompecabezas que sólo se consigue armar apelando a la ficha de la soledad; escudriñando lo que transcurre a su alrededor desde un aislamiento voluntario; aquello con lo que jamás podrá ser indiferente, y que finiquita en el canto de probada sensibilidad y, por qué no, aflorando lo inconforme que le punza como daga. Su naturaleza, la de poeta y de hombre, no permite que nada quede inadvertido a sus ojos, esos que miran desde el pecho y se inquietan con lo que acontece, manifestando honestidad en su desdoblamiento a modo de contemplación para redescubrir todas las aristas posibles; siempre con la santidad con que se asoma a la desnudez ajena. Sin embargo, como lo mencionara en otra ocasión, allá por el 2007, en una reseña que escribiera sobre Trilogía del paria, lo hace sin caer en pudores mojigatos y comportamientos cándidos.

Ahora bien, me detengo en el título, y es aquí donde reflexiono en la imagen de lo que presupone andar sobre una cuerda floja, verse encima de ella, y que el resto del mundo te observe. Y es que, indiscutiblemente, esa sirga por la que camina Joaquín puede interpretarse como su sendero diario a pesar de épocas distantes, hasta latitudes, y que estampa a su creación, la que comparte. Y ese hilo, ya dije, a veces más alto que otras, refrenda un contexto de perenne conflicto porque invariablemente estará al acecho la contingencia que encarna un paso en falso, ese que Joaquín Gálvez, individuo y bardo, genérico o conceptual, no teme; resumen de su andar, ofreciéndose complicado y vivo, que es lo que importa al final del acto; que hay un punto inicial y otro que concluye a ambos lados de la cuerda, y entre uno y otro, la existencia. Y lo infiero además de esta manera, porque Joaquín es de ese gremio al que “pertenecen los que sufren la enfermedad” de este quehacer, y se lo toman muy en serio, sin poses e impostaciones muy de moda en ciertas “guerrillas de juglares” que se reproducen hoy día como larvas y se interesan únicamente por la trascendencia, primero, del ego, y por aparente consecuencia de la obra, en sobrados ejemplos desvalorizada desde su primitivo crecimiento, lo que no justifica esa vanidad que ensombrece a la poesía.

No, Joaquín es de esa gente que luego de saber “su enfermedad y padecerla”, lo primero que pretende es no encontrar la supuesta cura –que dicho sea de paso no la hay– y resistirla con dignidad y placer, lo que nos transfiere en su poesía. Es por eso que, con impudicia sana, el poeta nos da el verso que regocija a todos los que comulgan con la forma más elevada del lenguaje, lo agradecemos. El desplazamiento para Joaquín, encima de la cuerda, es imperecedero y no se somete a la presencia física, la oportunidad del testigo, y no se amilana en su caminata y menos se cansa. Por el contrario, su exploración es constante y, ya lo he dicho también, sin restringirse a coordenadas. Su derrotero anuncia lo que no hacen otros, y sabe que en la otra orilla de una voz el barro vuelve a ser esplendor, y va por él en su propia voz, por la riqueza que ratifica hacerlo, que le pertenece.

Y eso es este cuaderno que presentamos: riqueza de una labor practicada por alguien que calza unos zapatos que no temen a la altura ni al vértigo,. Alguien que, en vez de preocuparse porque irá en algún segundo a sufrir el vahído, se estimula a sí mismo y transita ese espacio con regocijo: el mundo de lo onírico, de la percepción que muda en cada cosmos, y al que él está dispuesto, consciente en traducir, desde lo hermético que transcurre hasta lo axiomático, telones que no todos conseguimos descorrer y que, gracias a su frecuencia interior –reitero, con el júbilo y la pasión que sólo manejan los que crean con autenticidad– abre en su obra. Y esta vez en particular en un compendio que también narra. Sí, porque Joaquín, similar a un narrador, nos cuenta lo que vive un ser tocado con el don de cantar en la resaca; viajar con los elegidos al amparo de una trilogía de parias, y conquista ese trayecto, convirtiéndolo en su hábitat.

Mi recomendación entonces: tengan todos para sí este cuaderno. Serán, desde el momento que lean el primer verso, cómplices de una senda que no por impresa deja de convencer, y menos se acaba al final porque es, además, la invitación al próximo viaje que nos tiene reservado al abrigo de su tintero y su enorme caudal poético.

http://denisfortun.blogspot.com/

Sobre el autor

Denis Fortún

Denis Fortún

Denis Fortún (La Habana, 1963). Poeta y narrador. Artículos y crónicas de su autoría, con un toque humorístico sobre la cotidianeidad en Cuba y su exilio, aparecen con regularidad en bitácoras de otros autores, y en diversos ciberportales y revistas. Textos suyos han sido incluidos en antologías de narrativa y poesía en Cuba, México y Estados Unidos. En Miami, donde reside actualmente, edita el blog Fernandina de Jagua. Ha publicado el poemario “Zona desconocida”, “El libro de los Cocozapatos” (narrativa) y “Diles que no me devuelvan” (crónicas).

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