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Rien ne va plus!

Rien ne va plus!

mayo 26
22:15 2012

1-0_Cajeroautomatico78Como decía a menudo mi padre, “el que juega por necesidad pierde por obligación”. Hace mucho tiempo que hubiéramos debido darnos  cuenta de que nuestra sociedad estaba infiltrada por el vicio del juego a pesar de que ya no existían los establecimientos  especializados que en alguna época remota se llamaban casinos y a los cuales la gente acudía alucinada por el espejismo del dinero fácil, ni tampoco la fatídica lotería. El juego sin embargo estaba de nuevo presente en todas las facetas de la vida cotidiana, llegando a nosotros por caminos insospechados.

Una señal apremiante y precursora se nos dio cuando, un día, los telecajeros empezaron a preguntarnos si queríamos doblar la cantidad que estábamos retirando mediante una apuesta sencilla o la respuesta a una pregunta. Yo también al principio vacilé en aceptar el reto. Pero los Bancos lo tenían todo fríamente calculado. Como muchos, empecé con una apuesta tímida y gané. Lo volví a intentar en otra oportunidad y volví a ganar. Supongo que lo mismo ocurrió para muchos clientes como yo, e incluso sospecho ahora que ocurrió para todos. Estas pequeñas victorias eran el gancho.

Hacía mucho tiempo que el uso de las drogas duras había sido eliminado mediante la manipulación genética de las consabidas plantas y sospecho también de nuestro ADN. Pero a nadie le sirve una sociedad demasiado  abstemia y sin ningún vicio. El juego  era la nueva droga. Con los adelantos de la medicina y de las ciencias, nuestra esperanza de vida alcanzaba ahora nuevos niveles. Sé ahora que los Bancos estaban detrás de todos estos adelantos. Nos necesitaban muy endeudados y con bastante salud para mantenernos pagando nuestras deudas. Incluso en la bolsa de valores y en los fondos mutuales, a los clientes se nos negociaba ahora como si fuésemos tropeles de reses o de vacas lecheras.

Los Bancos no escatimaron gastos para transformar nuestra manera de usar sus servicios. Al aceptar los retos ofrecidos por los telecajeros, éstos se transformaban en máquinas de juego con gráficos atractivos, luces de colores y sonidos en estéreo. De pronto no bastaron el par de distribuidores que solía haber en cada agencia. Las oficinas se llenaron de filas de telecajeros con cómodas butacas. También se reclutaron mujeres atractivas con el fin de ofrecerles a los clientes las bebidas que quisieran mientras operaban las máquinas. Se cambiaron los horarios de trabajo de las agencias para permitir que los clientes pudieran trabajar durante el día y ganar así su sustento, y el de los Bancos, que abrían ahora al final de la jornada.

Las estaciones de re-abastecimiento de combustible para nuestros automóviles, que de manera anacrónica todavía llamábamos gasolineras, no se quedaron atrás. Sus surtidores también empezaron a ofrecernos retos y premios. Los supermercados se unieron a esta revolución. Ahora podíamos regresar a casa con un mercado y más dinero o con un mercado y más deuda con nuestro Banco.

El juego estaba permeando con éxito todos los estratos de la sociedad y también todas las edades. En las escuelas y universidades, a los estudiantes se les ofrecía también doblar su puntaje mediante juegos y apuestas para que se acostumbraran a jugar. La publicidad subliminal se encargó de reclutar a los asiduos televidentes de la tercera edad.  Como borregos, todos terminamos acudiendo a los Bancos al finalizar nuestra jornada de trabajo para depositar nuestros sueldos y aumentar así nuestras deudas.

Los Bancos que solían perder dinero haciendo apuestas en los  proverbiales derivados financieros cesaron de hacerlo y volcaron el riesgo de apostar sobre nosotros, sus clientes. Dejaron de importarles los contratos de futuros, pues el convulsionado mundo de nuestro siglo presentaba demasiados riesgos y ellos necesitaban un futuro más predecible. Despertar en nosotros el jugador adormecido fue su mejor apuesta, porque el germen del juego está latente en nuestro ADN. En el fondo no somos muy diferentes de los simios. Tal como ellos se aferran a un fruto delicioso y no lo sueltan, aunque eso signifique la pérdida de su libertad, nosotros nos aferramos a la ilusión del dinero fácil. Nos aferramos al azar, y aun cuando perdemos repetidamente, no podemos resignarnos y seguimos jugando. Sólo vemos los resultados y nunca el camino recorrido. No nos detenemos a preguntarnos cuánto nos cuesta ganar.

Con el tiempo, el número de perdedores ha aumentando, de una manera controlada para no levantar suspicacias. La proximidad de algún ganador siempre mantiene viva la llama de la esperanza. Parece que ganar sólo es una cuestión de tiempo, más que de suerte. Mas esa suerte es cada vez menos frecuente. Mis parientes y mis amigos más cercanos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, todos le deben al Banco sumas astronómicas, frutos del interés compuesto. Todos trabajan para mantener al Banco y a sus anónimos accionistas que viven la gran vida. Ha llegado el momento de tomar cartas en este asunto, pero no para jugar poker ni black Jack.

Mañana, como de costumbre, iré a hacerle mantenimiento a los telecajeros. Anoche reprogramé el generador de números aleatorios. Reemplazaré los chips y por la noche, cuando el Banco abra sus puertas y los clientes vayan a hacerle sus ofrendas, se volteará la tortilla. Todos ganarán sus apuestas y en pocos minutos el Banco estará quebrado y todos seremos libres de nuevo. De mi artificio no quedará ninguna huella porque, gracias a la tecnología, los chips borrarán los datos que alteré y regresarán a sus programas originales. Los especialistas en estadísticas dirán que, después de todo, un evento fortuito como esta ganancia masiva, aunque improbable, no es imposible. En este mundo, ningún evento es dueño de una probabilidad igual a cero y no existe nada más agradable que echar a perder un plan tan bien concebido.

http://www.alexlib.com/cronicasvenecianas/index.htm

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