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Ronald Reagan, en el hospital tras el atentado

Ronald Reagan, en el hospital tras el atentado

Ronald Reagan, en el hospital tras el atentado
Noviembre 22
20:40 2014

Ronald Reagan acababa de salir del hotel Hilton en Washington, DC. Había dado una conferencia ante un grupo de sindicalistas. Eran las 2:25 de la tarde del 30 de marzo de 1981. Reagan saludaba con los brazos en alto cuando sonaron los tiros. Seis disparos seguidos.

El presidente fue rodeado inmediatamente por los agentes del Servicio Secreto y con la misma fue introducido en la limusina presidencial por Jerry Parr, jefe del SS, quien lo arropó con su cuerpo y lo tumbó contra el suelo del vehículo. Se había activado el protocolo de la operación ‘resguardo y huida’.

A pesar de la rapidez de las medidas de seguridad, el presidente había resultado herido por el último de los seis disparos efectuados por John Hinckley. El asaltante era un desequilibrado que solo buscaba la notoriedad del titular. Estaba obsesionado con Jodie Foster por su papel en Taxi Driver y quería impresionar a la actriz con un hecho extraordinario. Era un caso claro de erotomanía psicótica. Demencial.

Reagan no llevaba puesto ese día el chaleco antibalas, pero daba igual. La bala le entró por la axila, una parte del cuerpo que no queda protegida por el blindaje personal. El sexto balazo había impactado primero en la limusina blindada y luego le dio al presidente de rebote. Le entró por debajo del brazo izquierdo y se le alojó en el pulmón, a solo 2,5 cm del corazón. Eran balas explosivas, pero no hicieron explosión interna al penetrar. Ni la de Reagan ni ninguna de las otras cinco.

En menos de diez minutos el presidente era ingresado en la sala de emergencia del hospital George Washington. Al cirujano que operaría a Reagan, un demócrata devoto, hubo que localizarlo por beeper, el mensáfono de moda por aquellos años, pero llegó con prontitud. No perder tiempo era vital para la supervivencia del presidente.

El único funcionario de la Casa Blanca presente en el hospital era Michael Deaver, segundo jefe del Gabinete. Y a él le tocó el trámite de registrar al presidente en Admisión. Lo atendió un residente de Cirugía algo desorientado, desatento además, que no levantaba la vista para formular las preguntas formales de rigor:

Residente: ¿Nombre del paciente?
Deaver: Reagan.
Residente: Deletréelo, por favor.
Deaver: R-e-a-g-a-n… Ronald Reagan.
Residente: ¿Dirección?
Deaver: 1600 Pensylvania Avenue.

Qué belleza la de una democracia en la que un Mr. John de los Palotes pueda ningunear al presidente de los Estados Unidos sin consecuencia alguna. Lo único que le ocurrió al residente quirúrgico fue que pasó a la historia como el despistado del 30-M. Qué maravilla la democracia. No importa que a veces la empañe un poco la burocracia y la tontería.

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Sobre el autor

Nicolás Águila

Nicolás Águila

Periodista cubano con residencia en Madrid, licenciado en Filología Inglesa, Nicolás Aguila ha sido colaborador de numerosos publicaciones en varios países, entre ellas Cubanet y la Revista Hispano Cubana. Ha trabajado como docente universitario, traductor y editor de revistas médicas. Residiendo en Brasil obtuvo por concurso una beca de ICI para curso de profesores de español en Madrid. Ha realizado numerosos cursos de posgrado en el área de Lingüística Aplicada y enseñanza de idiomas en Cuba, Brasil y Estados Unidos.

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