Salvar Miami para tomar La Habana

En Miami, vemos como desde hace años la cultura de la servidumbre y el miedo avanza e intenta marginar la cultura de la libertad. Ya sé que Estados Unidos no es Cuba, de acuerdo, pero esta ciudad peligrosamente sureña es un microclima en el que el castrismo está sembrando cepas desde hace rato. Las cepas germinan y un buen día descubrimos que no solo nos han robado el espacio, sino que se bastan por sí mismas para abastecer al gran parásito insular que las siembra. Un círculo vicioso.
No podemos sentarnos a esperar al ejército de liberación del norte, porque va a ser sangriento. La gangrena hay que prevenirla en lugar de estimularla. La batalla contra la opresión se da primero en el campo cultural o, sencillamente, no se da.
“El problema es que la complicidad con el castrismo sí tiene consecuencias. Consecuencias a veces muy positivas en lo económico y también en lo político, según de quién se trate, y ese es el fundamento de la legitimidad que le ha sido concedida al gobierno cubano. Si el régimen se mantiene es gracias a eso”. La cita es del ensayista Armando Navarro Vega.
Por ello precisamente lo menos que podemos hacer en Miami, desde donde entra alrededor de un tercio de la manutención internacional al régimen, es conseguir que sus servidores y agentes culturales paguen un precio económico y moral. El apartheid se fue a bolina en Sudáfrica gracias a la mano dura con el régimen racista. Hay gente que quiere bailar en casa del trompo e invierte los factores para hacernos creer que la permisividad determinó el éxito de la transición sudafricana. Nada de eso. Fue exactamente al revés. Hubo en primer lugar que presionar sin piedad a los racistas, cortarles el agua y la luz, bloquearlos de verdad, para que aflojaran. El propio Mandela, que hizo terrorismo en su momento, no era tonto y sabía que si entraba a segregar, tras la caída del apartheid, también iba a sufrir consecuencias internacionales. Esa fue una de las razones de la armonía de su gobierno.
Ya basta de cuentos chinos. A los segregacionistas cubanos y sus cómplices de la cultura hay que darles con todo. Parafraseando al muy parafraseado Martí, ser duros –con los culturosos— para ser libres.