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Salvar Miami para tomar La Habana

Salvar Miami para tomar La Habana

Salvar Miami para tomar La Habana
octubre 15
00:40 2014

En Miami, vemos como desde hace años la cultura de la servidumbre y el miedo avanza e intenta marginar la cultura de la libertad. Ya sé que Estados Unidos no es Cuba, de acuerdo, pero esta ciudad peligrosamente sureña es un microclima en el que el castrismo está sembrando cepas desde hace rato. Las cepas germinan y un buen día descubrimos que no solo nos han robado el espacio, sino que se bastan por sí mismas para abastecer al gran parásito insular que las siembra. Un círculo vicioso.

No podemos sentarnos a esperar al ejército de liberación del norte, porque va a ser sangriento. La gangrena hay que prevenirla en lugar de estimularla. La batalla contra la opresión se da primero en el campo cultural o, sencillamente, no se da.

“El problema es que la complicidad con el castrismo sí tiene consecuencias. Consecuencias a veces muy positivas en lo económico y también en lo político, según de quién se trate, y ese es el fundamento de la legitimidad que le ha sido concedida al gobierno cubano. Si el régimen se mantiene es gracias a eso”. La cita es del ensayista Armando Navarro Vega.

Por ello precisamente lo menos que podemos hacer en Miami, desde donde entra alrededor de un tercio de la manutención internacional al régimen, es conseguir que sus servidores y agentes culturales paguen un precio económico y moral. El apartheid se fue a bolina en Sudáfrica gracias a la mano dura con el régimen racista. Hay gente que quiere bailar en casa del trompo e invierte los factores para hacernos creer que la permisividad determinó el éxito de la transición sudafricana. Nada de eso. Fue exactamente al revés. Hubo en primer lugar que presionar sin piedad a los racistas, cortarles el agua y la luz, bloquearlos de verdad, para que aflojaran. El propio Mandela, que hizo terrorismo en su momento, no era tonto y sabía que si entraba a segregar, tras la caída del apartheid, también iba a sufrir consecuencias internacionales. Esa fue una de las razones de la armonía de su gobierno.

Ya basta de cuentos chinos. A los segregacionistas cubanos y sus cómplices de la cultura hay que darles con todo. Parafraseando al muy parafraseado Martí, ser duros –con los culturosos— para ser libres.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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1 comentario

  1. Armando Navarro Vega
    Armando Navarro Vega octubre 15, 02:18

    Efectivamente, esa invasión silenciosa es una política de estado. En palabras de Antonio Ajá Díaz, director del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de la Habana, la nueva apuesta es por la circularidad y la temporalidad de la emigración. Nada de salidas definitivas (salvo para los incorregibles) pero claro está, hay que pagar un precio: el silencio cómplice o directamente la complicidad activa mediante declaraciones a favor del régimen, intercambios culturales asimétricos, campañas para eliminar el embargo, propaganda abierta a través de los medios de comunicación y, muy pronto, a través de inversiones. La dictadura quiere resolver los problemas económicos que ella misma generó dejando vacío al país, manteniendo al régimen con unas remesas que servirán tanto para aliviar las carencias de la población, como para fomentar pequeños negocios en el corto plazo, mientras la casta dirigente completa su particular “acumulación originaria de capital” en parte gracias a esos mismos recursos. Sin olvidar por supuesto el baño de legitimidad que supone cualquier normalización de las relaciones políticas con otros estados (en particular con los Estados Unidos de América) y la deslegitimización del exilio. La sangría demográfica está al servicio de la construcción del neocastrismo. Es la quintaesencia del escarnio. Pero no olvidemos que estamos entre dos fuegos. No podemos ni debemos esperar nada del gobierno norteamericano.

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