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Santiago Feliú y la incoherencia

Santiago Feliú y la incoherencia

Santiago Feliú y la incoherencia
febrero 16
20:09 2014

He tomado como higiénico, terapéutico y saludable hábito el acto de quedarme el lado luminoso de las cosas así como de las personas; lo cual no pasa evidentemente por hacer tabula rasa de las mismas, ni por complacientes autoengaños, todo lo contrario; se trata de un ejercicio de profilaxis personal que me resulta liberador. Por supuesto, pasa también por ese desintoxicante proceso de reflexión crítica que tanto ayuda a despejar el alma de las más confusas, oscuras y turbias visiones. Bastante saturados andamos de malas noticias como para no ofrecer un testimonio más afirmativo y amable de los tantos episodios anónimos que subyacen al desastre y la barbarie contemporánea. Le sigo obsesivamente el rastro a la belleza. Creo mi mundo que no mi burbuja. Y al igual que Adrián Morales y Armando Añel, me tapo la nariz ante tanta peste psíquica (emocional, moral, existencial, cultural), porque conozco y reconozco su nauseabunda podredumbre, sus malos olores. A veces yo mismo los padezco, los destilo.

Más fiel a mi naturaleza que a principios aprehendidos, me regalo la dicha (que es también un modo de abrazar la esperanza en un mundo en franca metástasis) de apreciar lo salvable allí donde lo encuentre. Es un acto de auto ofrenda con el que intento mitigar el acoso permanente del Ego. En cualquier basurero, encuentras el brillo de un cristal luminoso que atrae, atrapa y enamora la mirada. Ese es el mundo del que espiritualmente me alimento. Dicho esto, entro en el tema.

Silvio Rodríguez junto a Santiago Feliú

Silvio Rodríguez junto a Santiago Feliú

En mi opinión, Santiago Feliú fue dueño de una lucidez creativa que lamentablemente no cristalizó o se manifestó en el plano de la conciencia cívica o pública. Todo su genio y su lucidez sirvieron estrictamente al ámbito creativo musical, allí se concentra todo su esplendor emocional, intelectual, mental. Esto fue justo lo que quise destacar en el mensaje que postee en mi muro  de Facebook al saber su prematuro adiós. Esa lucidez hacia el arte musical no cuajó en otro ámbito de sus reflexiones y conciencia. Ya lo dijo el ingenioso Billy Wilder en “Con faldas y a lo loco”, “nadie es perfecto”.

Probablemente, Santiago se tragó sin filtros ni drenaje alguno esa píldora venenosa que defendió casi litúrgicamente. Evidentemente, no fue un censor directo, pero fue parte de la censura. Vivió en el bando del verdugo y olvidó acaso el dolor de sus víctimas.

Santiago, Silvio y compañía se identificaron con una dictadura, con un régimen totalitario y despótico. Al margen de su Ego personal, Santiago abrazo una ideología excluyente, un discurso político demagógico, autoritario, y aceptó la violencia y la represión de una elite estatal contra sus propios conciudadanos. Abrazó la postura de un estado totalitario y le dio la espalda a sus víctimas. Tras esa imagen “hippie alternativa”, anti sistema, tras esa pose rebelde y contestataria, de aparente amorío con la patria y la “libertad”, en realidad solo vi la triste imagen de un excelente artista sumiso y dócil a un régimen, incapaz de ver la miseria, el malestar y el sufrimiento de su propia gente. Lo digo sin exasperación ni sobresalto alguno, sino desde la más absoluta pena.

Dispuestos a todo: Vicente Feliú, hermano de Santiago, junto a Silvio Rodríguez

Dispuestos a todo: Vicente Feliú, hermano de Santiago, junto a Silvio Rodríguez

Mi buen amigo Fundora hace unos días posteó unas fotos en tributo a su memoria. En una de ellas, Santiago llevaba puesta una camiseta con la imagen de Martí en el pecho. Esto me resulto curioso por incoherente. ¿Cómo se puede ser martiano, acaso “patriota”, y al mismo tiempo apoyar una ideología excluyente? Hay una descarada contradicción, una apropiación vergonzosa tras ese nauseabundo imaginario ideologetico del castrismo. Si aceptas que “la patria es de todos”, pues, ¡es de todos! Y ahí cabemos unánimemente con nuestras diferencias y similitudes, ilusiones y miserias, desdichas y alegrías, compartiendo un destino público común, diverso, plural. El castrismo es todo lo opuesto a ese ideario; la peor puesta en escena para esa utopía. No es más que retórica y demagogia, argumentos racionales para manipular, justificar el control y la opresión de unos contra otros. Lamentablemente, Santiago fue tributario de todo ese obsoleto circo.

Esta es probablemente una de las paradojas de esa izquierda intelectual burguesa y de champán; solo tiene ojos para ver acaso la crueldad neoliberal, la deuda, la miseria, la pobreza y el desastre ecológico que genera el despotismo del capital y su lógica mercantil y usurera (que depreda el mundo como si le perteneciera) menos la que genera un estado criminal como el castrista. Aciertan por un lado, se equivocan y la pifian por otro. Bien sabemos que el castrismo es la peor trinchera para cuestionar y criticar todo lo que involucra al capital y su sistema. Pero esa es otra discusión.

Probablemente, Santiago se tragó sin filtros ni drenaje alguno esa píldora venenosa que defendió casi litúrgicamente. Evidentemente, no fue un censor directo, pero fue parte de la censura. Vivió en el bando del verdugo y olvidó acaso el dolor de sus víctimas. Toda la lucidez, nobleza y esperanzas que encuentras en sus canciones, están ausentes en su vida pública y en sus opiniones políticas. El humanismo que vislumbran no encuentra correspondencia en su postura política. Pienso igual sobre Silvio Rodríguez, Amaury Pérez y compañía, que, por una u otra incomprensible razón, sostienen acaso complacientemente la ignominia y el autoritarismo del régimen.

Su talento como creadores es equivalente y proporcional a su complicidad con el castrofascismo. Nunca olvidaré sus más bellas canciones y versos como tampoco que fueron confesos “camaradas” del verdugo y, de ese modo, contribuyeron a perpetuar la opresión y el dolor de un pueblo.

Ese lado turbio y oscuro de la historia no va a impedir que siga viendo el lado luminoso y de vez en cuando le regale a mis oídos canciones como “Iceberg”, “Ojalá” o “Acuérdate de abril”.

Sobre el autor

Julio Fowler

Julio Fowler

Julio Fowler (Santa Clara, 1964). Actor, poeta, crítico, cantautor y productor musical. Profesor y director de Teatro, ha publicado el poemario “Las profecías de Alsine” (Ediciones Vigía, 1988) y su poesía aparece en antologías como “Retrato de Grupo” y “Un grupo avanza silencioso”. Entre los discos que ha editado se cuentan “Dale Mambo” (2003), “Buscando mi lugar” (2006), “Utopías” (2009), “Factoría Autor” (2011) y “Ligeros de equipaje” (2012). Reside en Madrid.

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