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Santos burros diabólicos

Santos burros diabólicos

Santos burros diabólicos
Agosto 02
20:45 2017

En Miami hemos visto al reguetonero Chocolate siendo bendecido públicamente en una ceremonia de Santería (que se emitió en directo a través de Facebook), luego de patear a una mujer, entre otras bajezas que forman parte de la vida corriente para este tipo de sabandijas. De igual modo oímos decir que el burro diabólico Nicolás Maduro está, o cree estar resguardado por los dioses Yorubas, gracias a la “bienhechora” mediación de algunos santeros de La Habana.

Situaciones por el estilo exacerban sin duda el rechazo público a la Santería, en tanto renuevan los argumentos de los eternos descalificadores de esa religión afrocubana. Y es comprensible que así suceda, al menos hasta cierto punto.

Lo paradójico, por llamarle de alguna manera, es que cuando el Papa Francisco ha evidenciado, a ojos vista y hasta más de una vez, su complicidad con los crímenes de la dictadura venezolana -y con la cubana de paso-, a nadie o a casi nadie se le ocurrió culpar al catolicismo por sus deslices. No habría sido justo hacerlo. Pero, ¿será justo entonces que no ocurra lo mismo en el otro caso?

La verdad es que yo no veo diferencias esenciales entre las actitudes miserables de uno y los otros, al margen de la religión que cada cual representa. El hábito no hace al monje, nos advierte el refrán, siempre tan oportuno.

Resultaría un despropósito, además de un acto de zafia ignorancia, juzgar a una religión, una filosofía o una corriente cultural cualquiera, únicamente porque los pillos y los exterminadores se amparan en ellas en busca de algún beneficio.

Sin contar que es algo que viene sucediendo desde que el mundo es mundo, dentro de todas las religiones, sin excepción, y de todas las filosofías o credos políticos, pero ello no parece ser determinante para que éstas pierdan confiabilidad.

Uno puede ser o no religioso (yo no lo soy), y desde luego que podemos mirar con mayor o menor simpatía a las distintas doctrinas, pero asunto aparte es el respeto que todas merecen por igual, cuando no por otros detalles, al menos por ser expresiones del espíritu humano y por representar el acervo cultural de multitudes.

Y en el caso de la Santería, tal vez no esté de más insistir en que sus fundadores, los esclavos lucumíes, carabalíes y congos, erigieron sus altares (simbólicos en principio) con la única esperanza de que los santos les ayudasen a soportar el sufrimiento. Nunca les pidieron otra cosa más que una tenue luz para la noche sin fin de su infortunio. ¿Cómo hubieran podido imaginar que andando el tiempo, aquellos orishas tan humildes estarían expuestos a la malversación de sus dones por parte de ciertos sacerdotes que han resuelto llevar el alma en el bolsillo, así que les importa tres pitos venderle el santo al mejor postor, sea un sátrapa, un ladrón, o un desalmado reguetonero?

No me parece atinado pensar que en los planes del Olimpo Yoruba estuviese previsto que una vez concluido el largo diluvio del ateísmo fidelista, empezara a viajar a La Habana, muchas veces de incógnito, toda una plaga de dictadores, políticos corruptos, deportistas excéntricos, mafiosos, artistas, millonarios, terroristas, suntuosas damas de compañía, en procura de bendición para sus egos y dispuestos a pagar, según su peso en oro, la consagración de farisaicos santeros.

Queda, pues, por descontado que esos dioses no tienen nada que ver con las circunstancias (empobrecimiento extremo, debacle cultural y manipulación política) que han constituido tierra fértil en Cuba para los malversadores de su divinidad.

De modo que a los prejuiciados no les vendría mal un repaso de la historia y un acertado uso del conocimiento que quizás posean, antes de cuestionar los fundamentos esenciales de una religión que, nos guste o no, es auténtica. El legado de aquellos esclavos constituye un gran patrimonio cultural y espiritual para Cuba. Y como tal, conseguirá salvarse del terremoto ocasionado por el fidelismo. Quienes hoy lo reprueban, así como quienes lo falsean acomodándolo a mezquinos intereses personales, podrán tener sus razones pero no la razón.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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