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Sao Paulo, las luces que no acaban

Sao Paulo, las luces que no acaban

Sao Paulo, las luces que no acaban
noviembre 19
16:03 2012

Siempre que llego a Sao Paulo tengo la sensación de estar en aquella Habana de los años 50 que mi fallecido tío-abuelo Sito me enseñó a amar con sus simples historias llenas de nostalgia pero sin ninguna amargura, porque no se cansaba de decir que nadie podría robarle las noches gastadas en bares y fiestas inmemorables. Era su justificativa al sueño usurpado.

Esa impresión que me devuelve a mi infancia no es porque Sao Paulo se haya quedado en el pasado (el lugar donde habitan los recuerdos).  Todo lo contrario: el desarrollo, con sus modernos rascacielos, es una de sus marcas registradas. Lo que me fascina e impacta es la perfecta armonía que ha conseguido entre sus antiguas edificaciones y la modernidad. El respeto a la arquitectura de siglos anteriores y la capacidad de revitalizar la mayoría de esas obras arquitectónicas recuerda mucho la recuperación de una pequeña parte de la Habana Vieja (salvando las distancias políticas), el trabajo de artesano es muy semejante.

Donde mejor se puede apreciar esa transformación es en su centro histórico, hoy totalmente restaurado, con antiguas construcciones como el majestuoso Teatro Municipal, el Viaducto del Té, el Valle de Anhagabaú y el imprescindible Mercado Municipal.

Lo que me traslada a la ciudad que sólo conocí por la oralidad de la persona que más me influenció en mi niñez, y que tan magistralmente describiera Cabrera Infante en su necesaria e intensa obra de recuperación colectiva de la memoria de una nación dividida en miles de exilios y despedidas, es la posibilidad de encontrar en la metrópolis de los altos edificios cualquier tipo de diversión y una inmensa variedad de culturas conviviendo armónicamente.

El gran encanto de Sampa (abreviatura popular para designar a Sao Paulo) es parecerse al mismo tiempo a muchos países y ciudades. Un ejemplo de eso es Cuba, que poco representa en términos de emigración (nuestra comunidad es pequeña comparada a la de otras naciones) y economía para el desarrollo de esta tierra. Sin embargo, existen tres discotecas típicamente cubanas, ambientadas con objetos y fotos que mezclan dos épocas irreconciliables: Antes del comunismo y después de la desgracia tropical. Siendo solamente una de ellas propiedad de un emigrado patrio radicado en el más bohemio de los barrios paulistanos (del cual sabrán más adelante), las otras dos son de brasileños –uno fanático del comediante-en-jefe–, ubicadas en Villa Olimpia, un barrio de clase media, y en Itaim Bibi, una de las más caras y elegantes zonas capitalinas, respectivamente. Eso demuestra la vocación de esponja de esta metrópolis capaz de asimilar y aplatanar cualquier influencia foránea.

La aldea infinita (como ya saben) tiene muchas caras, y para quien no conoce y quiere aventurarse en esa selva de concreto describiré algunas de ellas. Aclaro que no son todas, sino las que más disfruto en mis constantes visitas a la tierra de la llovizna.

Sao Paulo recuerda a París en el Largo de Arouche, a Salvador en la Estación del Brás, a Tokio en la Libertad, a Roma al lado del ya mencionado Teatro Municipal, a Múnich en Santo Amaro, a Lisboa en el Pari, al Soho londrino en la Villa Madalena (donde está la discoteca propiedad de un compatriota) y a la pernambucana Olinda en la Freguesia do Ó, entre otras muchas nacionalidades. Esa mezcla es la que convierte a la capital paulista en la más cosmopolita de las ciudades brasileñas y conforma definitivamente su cultura en una perfecta simbiosis.

Si alguien duda de eso sepan que aquí se hacen mejores pizzas que en Nápoles, título dado por el concurso internacional de esa delicia en el que Sampa es bicampeona; también mejores sushis que los de Tokio, según declaró el Imperador Akihito, y mejores ropa vieja con congrí que en La Habana, y esta opinión es mía.

A pesar de tanta diversidad no imaginen que todo es perfecto. La ciudad es una suma de cualidades y defectos, alegrías y tristezas, festejos y tragedias. Hay hoteles de lujo, como el Fasano, el Emiliano y el L’Hotel. Posee la octava calle más cara del mundo (la Oscar Freire), pero también encontramos a personas  durmiendo debajo de los puentes, símbolos vivos de la desigualdad social que impera en esta parte del continente americano. En la urbe más rica de la nación la riqueza y la miseria son tan hipócritas que no se dan la mano.

Aunque nada de eso impide su pluralidad. En un grupo de paulistanos podemos encontrar bebiendo el típico café del atardecer, en cualquiera de sus maravillosos cafés, a un italiano (la mayor y más poderosa emigración), un japonés, un nordestino, un chino, un curitibano o un alemán, por solo mencionar algunos de los que forman este abanico de razas y culturas que nos invita a descubrir la magia de una ciudad que como el alma femenina no para de inspirarnos y sorprendernos. Por eso sugiero que en su futura visita (no se olviden del Mundial de Fútbol en 2014, o de los Juego Olímpicos en 2016) no dejen de conocer la más embrujada de las ciudades brasileñas.

http://escombroshablaneros.blogspot.com/

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Sobre el autor

Javier Iglesias

Javier Iglesias

Javier Iglesias (La Habana, 1963). Poeta, traductor, guionista. Ha publicado el poemario “Mapa de soledad” y en Brasil obtuvo el 1º Premio “Filma Brasilia” con el guión cinematográfico “O Comendador”, filmado en 2001. Coordina el blog Escombros Hablaneros, seleccionado entre los 100 mejores de Brasil. Es miembro de la Comisión Organizadora de la Bienal Internacional de Poesía de Brasilia y del Sindicato de Escritores de esa ciudad. Actualmente vive en Miami.

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