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Se acabaron

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Se acabaron

Se acabaron
abril 19
03:17 2017

Basta un instante para hacer un héroe, y una vida entera para hacer un hombre.
Pierre Brulat

Esa mañana en la que él la despertó sin suavidad tuvo un sobresalto, como si la noche anterior un desconocido la hubiese secuestrado. La explicación no la tuvo hasta una hora después cuando él le dijo: Llévame a la iglesia. Y aunque ya hasta permitían un feriado, incluso algún anuncio importante de religión en la misma televisión estatal donde se ignoraba cualquier padecimiento o flojera –sabrá Dios mismo–, a ella su pedido le vino a resultar confuso.

–Necesitamos matar una res y vender la carne –dijo él de un planazo, pero en ese tono de susurro como si confesara algún íntimo desalojo a una Diosa, alguien por demás tan importante en esas decisiones, solo comparable a la familia real de un principado, una jefatura tropical mejor, por así decirlo.

Ella se puso tan nerviosa que aun dentro de la habitación, más que en el chorro de orine involuntario y las guasasas que rondaban el olor de su clítoris, mucho más que el miedo a lo dicho, volvió a pensar en la confesión de él ese día, en ese amanecer donde ya ir a la iglesia le pareció “un soplo de luz en las tinieblas”, y comenzó a temblar como una epiléptica sin medicinas, convulsa en incontrolables emociones.

–¡Nos pueden fusilar! –dijo en sílabas cortadas lentamente, frente a su boca. Él también tuvo un espasmo antes de orinar descojonado, como si Antonio Maceo le diera un machetazo a una cicatriz sangrante pero sin empinarse, y sin chistar.

Tres horas después el plan ya no era la res, sino ir a la Iglesia. Ninguna del barrio, una lo más lejos posible. Y se vieron en la de Santa Rita, en el primer banco un domingo, uno que ya para entonces parecía de Ramos, de resurrección o de búsqueda de una armonía, aunque fuese inconclusa.

Y resultó que, sin pretensiones altruistas, estaban sus cabezas juntas, frente al altar, mudos sin que supieran alguna oración, algo concreto para tal necesidad (como sí sabían hacerlo cuando se trataba de algún falso compromiso, una premisa con la que crecieron al desamparo de unos padres que por años también habían colocado la falsedad en sus costumbres). De alguna manera la paz regresó a sus miserias y se miraron satisfechos; pero, ¡oh Dios!, cuando voltearon la cabeza allí estaba una docena de mujeres detrás, con sus gladiolos y sus vestidos blancos, todas detenidas en ese espacio donde una res en el matadero no les podría parecer a ellos un problema mayor y típico; paralizarse del otro miedo como un verdadero fusilamiento, o tal vez como le pasa a las reses cuando las amarran contra todo pronóstico a la intemperie. ¡Y ahora cómo salimos de aquí!, se dijeron desde una mirada en contrición, una súplica finalmente sincera ante Cristo.

A media mañana, cuando el sol era una “claridad ciega de proyección fatídica en sus vidas”, y cuando ya no quedaba nadie, decidieron salir. Despacio caminaron sin decir una sola palabra. No fue tan largo el recorrido como la sorpresa que se les vino encima. Y sin que supieran por qué, el paso de un tumulto vociferante al desembocar en una esquina los regresó de nuevo al sobresalto del amanecer, sin que mediara tampoco un aviso de más arriba, mucho más arriba, para entender por qué ellos estaban allí, entre las Damas cercadas y los insultos.

Se echaron a correr como dos esclavos fugitivos con una pesada cadena, casi igual a una res que obligan al matadero. Se echaron a correr con toda la carga del himno que incendió a Bayamo y no pararon, porque sus días de valor ya no pertenecían a quienes esperaban heredar algún agradecimiento. Agradecimiento ni siquiera comparable a un esbozo de la crueldad acumulada, esa que presagiaba alguna conformidad ante tanta cobardía.

Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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