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¿Será eterno el adiós de Labrador Ruiz?

¿Será eterno el adiós de Labrador Ruiz?

De izquierda a derecha, Hilda Perera, Enrique Labrador Ruiz, Lydia Cabrera y Reinaldo Arenas (Lydia Cabrera Collection, Cuban Heritage Collection, Universidad de Miami).

¿Será eterno el adiós de Labrador Ruiz?
junio 22
12:44 2017

Muerto en Miami, en 1991, a los 89 años de edad, el escritor Enrique Labrador Ruiz es distinguible aún hoy entre lo más avanzado de la moderna narrativa cubana. Sin embargo, su obra yace entre brumas para nosotros: no acabamos de olvidarlo, pero apenas lo recordamos; quizá somos capaces de reconocer algún título suyo, pero mayoritariamente no hemos leído ni uno solo de sus libros. Ni siquiera para los amantes de la lectura que nos establecimos en el exterior, las novelas y los cuentos de Labrador Ruiz parecen ser objeto de interés, por más a mano que los tengamos. Entre el tiempo y el esfuerzo que invertimos tratando de recuperar lo perdido respecto a una larga lista de libros y autores internacionales a los que no se nos permitió el acceso en la Isla, y el empeño por mantenernos al tanto de las novedades, dejamos que pase sin darnos cuenta la ocasión de volver la vista a lo nuestro auténtico, que frecuentemente también nos fue vedado.

Ahora mismo, cuando en el mundillo literario de Hispanoamérica y de los Estados Unidos tiene lugar otra porfía entre los defensores de las esencias decimonónicas de la novela y quienes reniegan de su estructura (que es la más conocida y aceptada por el lector medio), argumentando a favor de otras formas –nuevas, según ellos– en las que se rompen los códigos tradicionales para exponer la trama, y se mezclan, además, poesía, periodismo, ensayo, testimonio, apuntes históricos o filosóficos, autobiografía, y todo lo que a cada autor se le ocurra, me parece particularmente oportuno recordar a Labrador Ruiz. Pues él también fue un notable rompedor de esquemas dentro de la literatura cubana. Ocurre incluso que no pocas entre las “novedades” que defienden los actuales reformadores eran ya parte de sus presupuestos como narrador hace más de ochenta años.

“Aburrido de leer obras idiotas; memoriales nada artísticos escritos en prosa pantuflera; relatos endebles, cursis, amañados o viles; letanías flatulentas; cuentecillos hipóficos o elefanciacos —tarados siempre en una patología elemental de las letras—, piezas engurruñadas llenas de pretensiones o monstruosas, llenas de insignificancia y otras zarandajas por el estilo —sin estilo—, sentí la necesidad de elevar de algún modo no sólo el fondo, sino la forma de lo que se estaba produciendo en mi torno”. Con estas afirmaciones, que igual se podrían escribir en este momento, sustentaba Labrador Ruiz las premisas de sus tres novelas llamadas gaseiformes: El laberinto de sí mismo (1933), Cresival (1936) y Anteo (1940). Si no hubiese creado otras obras de radical importancia –como la novela La sangre hambrienta, de 1950, o como muchos de sus cuentos–, bastarían solamente las gaseiformes para cubrir las expectativas de cualquier lector exigente.

  Texto relacionado: El insólito Enrique Labrador Ruíz

Cabrera Infante, quien lo consideraba un adelantado en la América hispana de lo que luego se llamaría el Boom, anotó en su libro Vidas para leerlas que después de El laberinto de sí mismo, habría que esperar (33 años) “a Lezama Lima, cuyo Paradiso se publicó en 1966, para encontrar un acercamiento similar al arte de narrar en el trópico”. Aunque, curiosamente, el propio Labrador sostendría: “De novela, Lezama no sabía un carajo, pero es un gran poeta”. Lo cual indica que, como suele ocurrir a menudo entre los grandes artistas, fue capaz de impulsar una revolución cuyo alcance él mismo no calculó.

En suma, a través de las novelas gaseiformes, Labrador Ruiz había dinamitado tanto la armadura como los modos expresivos de su tiempo, los que continúan siendo más o menos los mismos de hoy. Sus estructuras expansivas, enrevesadas, derrochadoras de humor e irracionalidad, su tendencia al sesgo poético, a las reflexiones más bien propias del ensayo, al diálogo teatral, sus recreaciones de recuerdos o sueños transformados en códigos lingüísticos, el uso del monólogo y de personajes que no son sino desdoblamientos del propio escritor, o de abstracciones que por sí mismas representan personajes, la desestabilización del lenguaje de la vieja novela en función de un imaginario que está más cerca de la real conducta de los seres humanos… He aquí algunos de los preceptos validados por él (que no creados, porque en la novela nada es verdaderamente nuevo después de Cervantes, y si es nuevo, no es trascendental), y gracias a los cuales alinea ahora mismo entre los patrones de la moderna narrativa cubana.

No en balde no encontró editor para la última de las tres novelas gaseiformes (Anteo), así que tuvo que publicarla por cuenta y riesgo, empleando sus escasos recursos. Precisamente esta novela está considerada como portadora de una nueva forma de narrar en Cuba y en toda la América Hispana, dada la eficacia con que conjuga la experimentación de métodos expresivos no convencionales con la manera de asumir críticamente la realidad social que es propia del mundo moderno. Haciendo volar por los aires la clásica subordinación a un tema o a una historia que se cuenta en línea de principio a fin, interpolando relatos de diversas índoles, empleando recursos cinematográficos, saltos temporales, circularidad, flujos de conciencia, onirismo… Labrador Ruiz estaba adelantando muchos de los patrones estéticos con los que varias décadas más tarde la moderna novela latinoamericana iba a despertar la atención de los críticos, editores y lectores de la culta Europa hacia el universo literario de nuestro continente.

Mientras, el irreverente rompedor de cánones, convertido ya en enemigo de la dictadura fidelista, se vería empujado al exilio, cuando había cumplido 75 años de edad. Sus adversarios, que entonces no eran pocos –y entre los cuales no faltaban, claro, escritores famosos–, deben haberse sentido aliviados con su partida, sospechando quizá que aquel viaje condicionaba un largo (¿o eterno?) adiós entre Labrador Ruiz y los lectores cubanos.

Miami, julio 11 de 2017

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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