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Sexo duro con Anaïs Nin

Sexo duro con Anaïs Nin

febrero 17
21:02 2011

delta_of_venus_narrowweb__300x4000Martí Noticias estrena nuevo diseño, con lo cual la página adquiere un “porte” mucho más atractivo de cara al público internauta. Sabia decisión, que algunos dábamos por necesaria desde hace tiempo.

Pero la innovación no se queda ahí, sino que se extiende en profundidad.

La página inaugura secciones como Arte y cultura, en la que aparecen reportajes tan conceptualmente desenfadados para una publicación de este corte, y tan de agradecer, como Anaïs Nin: Sexo o muerte, de Armando de Armas. A continuación fragmentos del trabajo, que puede ser leído en su totalidad (muy recomendable e instructivo) dando clic aquí.

Anaïs Nin: Sexo o muerte (fragmentos)

Anaïs Nin es para muchos un monstruo, no de las letras, sino de la depravación sexual, y no les falta anecdotario para sostener sus argumentos, anecdotario que por otro lado ella se encargó de llevar eficazmente a sus diarios y novelas. Lo que incluía, entre otros avatares, desde mantener una relación tripartita con el escritor Henry Miller y la mujer de éste, June, una ex prostituta que la iniciara en los deleites del voyeurismo y las relaciones lésbicas, hasta enamorarse y llegar a tener sexo con su propio padre, el músico cubano Joaquín Nin, quien la abandonaría a ella y a su madre, la cantante cubana Rosa Culmell, de origen franco-danés, cuando contaba sólo 11 años de edad.

En París conoce a Antonin Artaud, a Moricand, a Lawrence Durrell, y a su amante Henry Miller y, sobre todo, se sumergirá en el dolor y el placer, mojaría su pluma, su psiquis y su pluma, en la fuente de los fluidos corporales de los unos y de las otras para así escribir unas páginas que resuman vida, pero por supuesto no una vida normal, una vidita de andar por casa en pantuflas, nada de eso. Ella declaró: “Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo. Me adapto a mí misma”. Por lo que quizá Nin se ubicaba, consciente o inconscientemente, en la órbita del pensamiento de los gnósticos, principalmente del Maestro Carpócrates, que allá por los primero siglos del cristianismo proclamaban que el mundo era la obra de un demiurgo cruel y chapucero, que ellos estaban en este mundo pero que no eran de este mundo, y que la mejor manera de escapar de este mundo, de la rueda ciega de la trasmigración de las almas, era mediante la entrega a todos los excesos posibles, cometer todos los pecados habidos y por haber, apurar los placeres y la experiencia toda hasta las mismas heces, de manera que el alma ahíta de satisfacción no tuviese el más mínimo deseo de regresar a la tierra; sexo como salvación, sexo o muerte. Anaïs Nin  escribió: “Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona. Hay quienes son más expansivos, capaces de varios amores. No creo que exista una única respuesta para todo el mundo”.

Respecto a los intentos de un peruano izquierdista que quiere iniciarla en el marxismo, Nin escribió: “Gonzalo tiene fe en que el marxismo arreglará el mundo. Me pidió que mecanografiara algunos sobres sobre propaganda para la España republicana. No puedo compartir con él su fe. Me parece utópica e ingenua. Ahora quiere celebrar una reunión en mi barco-vivienda, junto a Pablo Neruda y Cesar Vallejo. Han invitado a todos los hispanoamericanos. Anais, ¡Ve a alquilar sillas para todos los conspiradores! Parecen decirme. No he dejado de ser consciente del drama político que se desarrolla y no he tomado partido porque para mí la política, sea la que sea, me parece podrida hasta el fondo, basada en lo económico en lugar de basarse en lo humanitario.  Contra el odio, el poder y el fanatismo, los sistemas y los planes, yo pongo el amor y la creación, una y otra vez, a pesar de la locura del mundo”. Nada de salmodia marxista, la escritora se dedica a permearse de  esta época dorada en la ciudad de París llena locura, sexo, arte y vino, buen vino como ha de ser, y la vierte en su libro Henry y June, libro que después sería llevado al cine por Philip Kaufman.

En la introducción al libro Incesto: Diario no expurgado, 1932-1934, el albacea de Anaïs Nin, Rupert Pole, asegura: “Es entonces, a los 11 años, que Anaïs comienza su diario bajo la forma de cartas a su padre” (…) “A diferencia de su madre y hermano, Anaïs se niega a juzgarlo” (…) “Se ha propuesto “descubrirlo”. La relación es en cierto modo tragicómica: el padre trata de seducir a la hija creyendo coronar así su carrera donjuanesca; pero Anaïs actúa bajo el consejo de su psiquiatra (y amante), doctor Otto Rank, que consiste en seducir a su padre y luego dejarlo como castigo por haberla abandonado de niña”.

Por otro lado, la autora de La nada cotidiana asegura en ese sentido que: “Yo conocí a su hermano, tengo cartas suyas, una de ellas la publiqué en el blog. Joaquín Nin Culmell era de una elegancia soberbia, gran músico, como su padre. Pues él me dijo, lo que suele ocurrir en esos casos, que la historia del incesto estaba sólo en la imaginación de Anaïs, en sus novelas, pero que eso no había sido cierto, que no había ocurrido”.

Hay en Anaïs una indudable maestría para narrar no ya los actos sexuales, sino la amalgama de sus relaciones en uno u otro sentido, los sentimientos, las emociones y pulsiones que derivan de la práctica de dichas relaciones entre los individuos implicados, por lo que su pluma deviene en una especie de escalpelo que ahonda en la llaga de las relaciones humanas y, así, en Incesto, en 16 de noviembre, narra cómo su amante June accede a la eliminación de los celos primitivos y ofrece en ese sentido la suprema prueba al permitir el amor de Henry por Anaïs y el de Anaïs por Henry, para a continuación describir un encuentro entre ambas “… June se tendió sobre la cama sin quitarse el vestido. Empezó a besarme, mientras me decía: Eres tan pequeña, tan pequeña” (…) “quiero ser como tú” (…) “Nos besamos con pasión. Adapté mi cuerpo contra cada curva del cuerpo de June, como si me fundiera en ella. Gimió. Me abrazó y fue como si me rodeará una multitud de brazos” (…) “Perdí toda conciencia en ese lecho de carne. Nuestras piernas desnudas se entrelazaron” (…) “Yo debajo de June, ella debajo de mí…”.

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