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Shakespeare y las brujas

Shakespeare y las brujas

Shakespeare y las brujas
abril 07
17:21 2014

El desafío o la violentación del orden patriarcal se ha pagado tradicionalmente con la represión sangrienta, y siempre ha culminado en una nueva afirmación de valores culturales, guardianes de la potestad masculina, de los que han sido alabarderos la generalidad de los creadores clásicos, desde el griego Homero hasta el español Federico García Lorca.

En el teatro, la literatura, la plástica, la música, la historiografía, la ideología religiosa o política, se concurre al vasallaje femenino, se pondera carbonizar en masse a la “bruja”, se martillean los tabúes sexuales, caracterizando en sus perfiles protagónicos las obligaciones y normas que el Estado patriarcal precisa fijar a la mujer en la familia –reproductora–, en la sociedad –subordinada– y obediente incondicional ante la espada y la cruz.

Nadie duda que las primeras obras trágicas solo fueron igualadas por las de Shakespeare. El Edipo de Sófocles figura junto al Macbeth de Shakespeare y el Peer Gynt de Henryk Ibsen como las piezas cumbres de la dramaturgia universal. Aunque la marca patriarcal es indeleble: la autodestrucción como precio o sanción al rechazo del orden patriarcal de Agave a Edipo, y que en el escenario shakesperiano estará dado de Ofelia a Lear. Por eso, después del teatro clásico griego, no habrá revolución escénica significativa hasta que Shakespeare geste su obra, como otro enaltecimiento a la consolidación de la religión y el Estado ante las herejías y las brujas.

El autor presentará su libro “Ibn Jaldun, el genio africano” la noche de este viernes 11 de abril en La Otra Esquina de las Palabras (Café Demetrio, 300 Alhambra Circle, Coral Gables). Los interesados pueden llamar al número 305-448-4949 para más información.

Toda la cultura de la época se inclinó en favor de la persecución de la “bruja”, que en Inglaterra llega a su punto culminante con la revolución, y con Matthew Hopkins como el gran inquisidor, confirmando la conexión entre el nuevo Estado parlamentario y la represión anti–femenina. Durante la Guerra de las Dos Rosas gran parte de la nobleza inglesa se había destruido, dividida en campos hostiles. Se podía pensar que esta guerra de autodestrucción había contribuido a afirmar con demasiada antelación la revolución burguesa en 1688.

La revolución de Oliverio Cromwell confirma la conexión entre el reintento de Estado parlamentario y la represión anti–femenina. Cromwell no llevó a su ejército a la guerra contra los católicos del continente sino a una campaña de exterminio contra las “brujas”, de la que fue protagonista Hopkins como General Caza–Brujas. Los 150 años que habían seguido al asiento religioso de la reforma en el estado inglés isabelino creció el número de procesos y ejecuciones de “brujas”.

La flor y nata de la cultura revolucionaria inglesa (sir Edward Coke, Francis Bacon, sir Walter Raleigh, Robert Boyle, Ralph Cudworth, George Selden, Henry More, sir Thomas Brown, Matthew Hale, sir George Mackenzie, etcétera), fue cómplice intelectual de la represión contra lo femenino, la “bruja”, refutando la ritualística del culto de Diana y negando el valor testimonial de las mujeres en los procesos. Solo un pequeño grupo de intelectuales se opuso a la represión contra las mujeres: el inglés Reginald Scot en su Discoverie of Witchcraft, en 1594 y el alemán Johann Weyer con su De Prestigiis Demonum, en 1577.

La respuesta no se hizo esperar. Jean Bodín, uno de los teóricos del Estado moderno, el autor de la magna obra La República (1576), el teórico de la tolerancia religiosa en su Heptaplomeres (1590), el ciudadano abierto por su comprensión de lo “diverso”, el precursor de la economía política, estructura en 1580 un manual judicial para la tortura y el exterminio de la bruja, su Demonomanie des Sorciers, donde aseveraba que las leyes divinas subordinan explícitamente a la mujer al poder masculino, y la naturaleza concede al hombre la facultad de comandar mientras se lo niega a la mujer.

Luego, con la ópera de Scot, se publican los textos fundamentales contra la “bruja”, como la Demonología en 1597 del inglés Jaime I, hijo de María Estuardo, el cual conjuntamente con Jaime VI de Escocia había desatado un vasto proceso inquisidor; asimismo, en 1599 el voluminoso Disquisitionum Magicarum Libri VI, del teólogo jesuita belga Antonio Martín del Río, a quien Voltaire calificara como el “Procurador General de Berlcebu”.

En Inglaterra, junto a la nueva cultura racionalista y científica, un evento teatral, William Shakespeare, acompaña el advenimiento de la democracia representativa parlamentaria renovable, con poder legislativo, que se legitima con la “caza de brujas”. El significado cultural del teatro shakesperiano, el cual refleja tras el drama la situación política inglesa, en términos de glorificación de los Tudor, cuando éstos desataban la persecución de las “brujas”, descrita por Shakespeare como una criatura abominable, infiel y portadora del mal.

A partir de la obra Enrique VI, primera parte del drama teatral dedicada a la gran guerra civil, la bruja, con todas sus implicaciones negativas, recorre las tablas, desde Juana de Arco hasta Sycorax, el reino de Oberón y de Titania, pasando por la más notoria, la Lady Macbeth, pérfida profetiza responsable de la usurpación y del regicidio de Duncan. En el segundo ciclo, definido como esotérico, figuran Trabajos de amor perdidos, El Mercader de Venecia, Cimbelino, Sueño de una noche de Verano, Cuento de invierno, y La Tempestad, esta última una evocación a la empresa marinera del inquisidor Walter Raleigh quien dedicó la Virginia a la supuesta “virgen reina” Isabel.

Si bien la bruja Sycorax no aparece en escena, Shakespeare la refiere como madre de Calibán y patrona de Ariel. En el bocadillo shakesperiano, Sycorax es una arpía maldita, vieja y fea, en posesión de maleficios terribles, que sucumbe a la “magia blanca” de Próspero. Macbeth, por su parte, es poseído por brujas que le arrastran al infierno. A diferencia de las seductoras hechiceras de la dramaturgia griega, a las brujas de Shakespeare se les niega el derecho a la belleza, solo posible en vírgenes como la angelical Miranda, hija de Próspero.

A diferencia de Shakespeare, eminentemente isabelino, Christopher Marlowe era un defensor del poder imperial, como denota su Tamerlán. Su ópera, enfila contra el arquetipo del filósofo renacentista cabalístico, al estilo de su Doctor Fausto, disfrazado de añoso franciscano practicante de la “magia negra”. En Marlowe el binomio monarquía–magia blanca es el centro del tratamiento teatral, giro que en plena ola de terror inquisitorial, le envuelve en sospechas de ocultismo y ateísmo, y que provocan su arresto y, acaso, su misterioso asesinato en una taberna, en 1593.

De la obra shakesperiana surgió la simbología de la bruja vieja, horriblemente fea, vestida con ropón negro y sombrero de pico montada en una escoba.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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1 comentario

  1. Caronte
    Caronte abril 11, 16:44

    Good job. Pero muy academico. Como para wiki o una monografia. Descripcion de quemas de brujas y juicios lo hubieran convertido en una excelente pieza de periodismo y hasta en un ensayo y lo hubiera humanizado tambien, pero para esto habria que sacarlo de Europa tambiena porque el fenomeno de la bruja no es solo de alli. El trabajo deja con deseos de mas. La falta de recreacion, de aderezo como me gusta llamarle, lo deja en una formidable pieza de investigacion nada mas. Tampoco se puede hablar de brujas sin avistar tambien a las de Salemm, sin montar en la escoba a las mas relacionadas con la literatura, la dramtambien y la cultura popular. Pero es un buen trabajo. Muchas gracias.

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