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Sí, jefe

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Sí, jefe

Sí, jefe
diciembre 06
04:06 2016

 

Al igual que yo, muchos de mis amigos odian a su jefe. Sin embargo, no creo que ninguno de ellos tenga un jefe como el mío. Trabajo hace 15 años con él y debo decir que ha sido una de las peores experiencias de mi vida. Sus contradicciones, los errores que él comete y luego la culpa es mía, sus frasecitas de mierda que en 15 años no han cambiado nunca: “¿Te parece que ahora hagamos las cosas bien?”… “En la vida todo consta de dos partes, una buena y una mala, una que nos hace ganar, otra que nos hace perder. Nosotros tenemos que elegir la parte que nos hace ganar ¿entendiste?”, repetía como si se tratara de la frase de un Nobel de economía, como si uno fuera tan huevón de querer perder. Cada tanto algún cliente reclamaba por algo y ahí partía don Braulio a darme el discurso. Sólo Dios sabe cuántas veces quise agarrarlo de la cabeza y darle contra el muro. El que sabe, sabe, y el que no, es jefe, decía mi abuelo. Juro que ahora entiendo esa frase incluso mejor que él.

Por asuntos de trabajo, tuve que viajar a Buenos Aires. Luego de las reuniones agendadas me di el gusto de pasear por la ciudad. Haciéndole el quite al típico show de tango, terminé yendo a un espectáculo de magia, lo que en Chile no es fácil de encontrar. El mago realizó diversos trucos dejando bastante en claro su destreza. Yo estaba maravillado con el show y aplaudí como nunca antes en mi vida había aplaudido. Al final escogió a una persona del público para hacerla ingresar a un cajón dispuesto de manera horizontal, el que luego seccionó, dejando las piernas del participante a un lado y la cabeza y torso en el otro. Luego volvió a unirlo y el tipo emergió intacto desde el interior. Fue asombroso. Presenciar este show me dio varias ideas.

Un tiempo después le planteé a don Braulio viajar a Buenos Aires.

–No sé si sea tan necesario que yo vaya, Núñez –me dijo–. El que se ha estado reuniendo con la gente eres tú.

Le insistí. Argumenté que era importante que él participara en esta etapa, para proyectar una mayor confianza en el cliente. Así que partimos. Nos reunimos con la gente. Cuando todo estuvo listo, le propuse a mi jefe ir a celebrar el nuevo contrato.

–Vamos a un topless –dijo.

Intenté convencerlo de que los topless abrían más tarde, eran recién las 20 horas, que mejor fuéramos a un espectáculo de magia muy bueno que estaban ofreciendo cerca de Paseo Colón.

–¿A un show de magia, Núñez? –preguntó extrañadísimo–. ¿Acaso te diste en la cabeza?

Luego de varias vueltas logré que aceptara. Llegamos al lugar. Nos sentamos bien adelante. El show comenzó igual que la otra vez. Los mismos conejos emergieron de la misma chistera y las mismas cartas se transformaron en las mismas palomas. Apenas el mago pidió la colaboración de alguien del público para el truco final, empujé a mi jefe y lo hice salir adelante. El teatro entero aplaudió. El mago le pidió recostarse en el mueble, cerró la tapa y procedió con la partición. Todo estaba saliendo según lo planeado. Cuando el hombre separó ambas partes del cajón, me levanté del asiento y corté la luz del lugar. Había estudiado con antelación dónde se ubicaban los interruptores. Con el teatro en penumbras y la gente inquieta, subí al escenario con la rapidez de un empleado que ha descubierto cómo deshacerse de su jefe. Antes de que el mago hiciera el amague de juntar las dos partes, agarré la pieza del cajón correspondiente a la cabeza y me escabullí del lugar como un bandido. Una semana antes había consultado con detalle a un amigo abogado si el hecho podía constituir delito de homicidio y me había respondido que no, que existía mucho vacío legal en todo lo referente a los trucos de magia.

Corrí y corrí con la caja bajo el brazo intentando ignorar los ruidos que surgían desde su interior. Llegué hasta la zona de Puerto Madero que había elegido. Arrojé la caja al agua y en un par de segundos desapareció de la superficie. Sacudí mis manos. Si algún día lo llegan a encontrar van a culpar al mago, me dije, intentando relajar los músculos.

Volví a Chile al otro día. Entré a la oficina respirando una paz que me hinchaba el pecho y llegaba a sofocarme. Trabajar fue un agrado.

Días después llegó un paquete por correo desde Buenos Aires. Era la otra mitad de don Braulio. Lo enviaba el mago pidiendo disculpas por el accidente ocurrido pero ofreciendo varias entradas gratis para, de alguna forma, resarcir el error. Al parecer habían dado con nuestra dirección gracias a una de las tarjetitas encontradas en uno de los bolsillos. No hice más que abrir la caja y hallar la cabeza de mi jefe observándome con molestia.

–¡Puta madre, me equivoqué de mitad! –me dije horrorizado–. Aquí termina mi dicha. Además de perder el trabajo, voy a terminar preso.

–En esta vida –dijo don Braulio–, todo consta de dos partes, una que nos hace perder, otra que nos hace ganar. Quien haya sido el imbécil que intentó acabar conmigo robando mi mitad, Núñez, nunca escuchó esta gran ley. Resultado: escogió la parte equivocada. Tú eres testigo de todas las veces que lo he dicho. Eso es lo que separa a un tarado de un líder. ¿Te das cuenta que las frases que repito son mucho más importantes de lo que aparentan? Apaga el computador, Núñez, toma un lápiz, un cuaderno y cierra la puerta que hoy será un día de grandes lecciones.

–Sí, jefe –dije tomando asiento con resignación.

Sobre el autor

Ricardo Elías

Ricardo Elías

Ricardo Elías nació en Santiago de Chile en 1983. Ha colaborado en diversas publicaciones literarias de Chile y Argentina, tales como Revista Crepúsculo, Revista Lector y Jampster. En 2014 publicó el libro de relatos 'Cielo fosco' con Ed. Librosdementira, y actualmente prepara la publicación de su novela 'A la cárcel'. Ha sido ganador del Fondo Nacional del Libro y la Lectura en dos ocasiones, en la línea de beca para la creación literaria.

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