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Silvio Rodríguez en San Nicolás del Peladero

Silvio Rodríguez en San Nicolás del Peladero
marzo 06
21:45 2014

 

Según Herbert Spencer, “la risa es el síntoma de un esfuerzo que de repente se encuentra en el vacío”, mientras que para Kant “la risa nace de algo que se espera y de repente se convierte en nada”. Siguiendo esta línea de pensamiento, y atemperándola al proceso totalitario que desde la segunda mitad del pasado siglo ha padecido Cuba, podría concluirse, con Bergson, “que la risa es, por lo tanto, un gesto colectivo con el que se subraya y reprime una distracción especial de los hombres y los acontecimientos”.

La historia elevada a la categoría de distracción especial, la burla como evasión o venganza, han marcado las pautas de una nación que en los últimos 57 años (¿acaso en los últimos cien?) se ha visto obligada a reafirmarse a sí misma por medio de la risa.

En un país donde la intolerancia ha campeado y aún campea por su respeto, la política popular de la burla ha intentado paliar los desastrosos efectos de la política gubernamental del absurdo. La mezcolanza de culturas que en Cuba dio origen a un ciudadano locuaz, impulsivo, vibrante, heterogéneo, ha contribuido también, quizá decisivamente, a conformar un sujeto hecho para el humor en el sentido más diametral de la palabra. El cubano sobrevive: se burla. Quizá porque si no se burla no se toma en serio.

A partir de los años sesenta, el único partido legal en Cuba y, consecuentemente, el único en condiciones de ejercer el mando, se dio a la tarea de conformar una sociedad en la que el humor sería tolerado siempre y cuando no ejerciera su natural función crítica contra las estructuras del Poder. Desde sus mismos orígenes el régimen comunista ha procurado institucionalizar una imagen de sí mismo de la que la burla, ya sea como vía de escape o instrumento crítico, ha sido desterrada; en los dominios del kitsch que tan minuciosamente diseccionara Milan Kundera, la sátira no tiene cabida (la eventual proliferación de grupos como Punto y Coma o Humoris Causa no demuestra un mayor grado de tolerancia por parte del régimen, en todo caso su compresión de que coyunturalmente un cierto “desorden” de los factores no alterará demasiado el producto. Estos grupos humorísticos se mueven en espacios cerrados, carecen de apoyo gubernamental y se les niega acceso a los medios de difusión masiva; si alguno, muy de cuando en cuando, comparece en la televisión, está obligado a hacer un humor estereotipado, inofensivo si se le compara con el que habitualmente articula).

“El peor enemigo de la risa es la emoción”, no ha dicho Fidel Castro, sino Bergson, pero el otrora hombre fuerte de Cuba muy bien podía haber acuñado la frase invertida: el peor enemigo de la emoción es la risa. Tan sólo una sonrisita y el impresionante castillo de la retórica de lo heroico puede venirse abajo. El régimen cubano lo sabe, y ante semejante posibilidad no puede sino hurtar el cuerpo: hurtarlo y arrancar cabezas, todas las que se atrevan a concebir una mueca de ironía o un simple gesto burlón.

A nivel clandestino, sin embargo, la sátira ha florecido hasta alcanzar cotas inimaginables cuarenta o cincuenta años atrás. A pesar de ejercer un control monolítico sobre la sociedad en su conjunto –control que no reconoce fronteras a la hora de aceitar sus mecanismos de vigilancia–, a pesar del truculento aparato de la censura, de los cuantiosos recursos destinados a redecorar la imagen y la mitología de la revolución, La Habana no ha podido impedir que con su triunfo triunfe también la esencia sarcástica, humorístico-contestataria, del ciudadano de a pie. Nunca antes en la isla se había hecho tan patente el grado de politización del humor popular (suena paradójico, porque en la llamada “Seudo-república” los medios de difusión masiva no estaban precisamente al servicio de un único partido, de una única ideología o de una sola persona): los cuentos o chistes “verdes”, de corte sexual, racial o clasista, predominaron en la primera mitad del siglo XX sobre los que hacían crítica política de muy diverso rango. Y es que el proceso que vio la luz en 1959, y que tuvo su máximo esplendor en los primeros años de la década del sesenta, vendió bien temprano su alma al diablo de la utopía: el ser imaginario se alzó sobre el hombre concreto, y esto, que parecerá monstruoso, a la postre resultó tremendamente ridículo.

Más que a la muerte, el solemne le teme a su propia ridiculez. Un serial humorístico de la televisión cubana, que en la década del setenta rompía récords de teleaudiencia –San Nicolás del Peladero–, pudiera ejemplificar el futuro que el oficialismo deplora. No hay que olvidar a los personajes que hicieron del programa un clásico insustituible: el alcalde corrupto, la alcaldesa con ínfulas de Mecenas, el guardia rural, el chulo, el mayordomo (una suerte de marioneta de seis pies de estatura), el periodista adulón. ¿Qué los hacía tan cómicos? ¿Por qué con sólo un gesto, una palabra, una pirueta, lograban desencadenar la risa del más insensible? Plutarco Tuero y su corte conformaban el arquetipo de toda una república, arquetipo que ofreciera, con una precisión casi milimétrica, el sabroso drama de su ridiculez. La imagen de los políticos y funcionarios de aquella etapa no provocaba desprecio, porque movilizaba la risa. Igualmente, el espectáculo del alcalde transmutado en Secretario del Partido, la alcaldesa en presidenta del CDR, el chulo en jinetero, el mayordomo en soplón, el periodista adulón en periodista oficial, haría las delicias de un público que conoce al dedillo las coordenadas sociales, políticas y culturales del proceso que en los últimos años ha soportado la Isla. San Nicolás del Peladero bajo otro rótulo y claro está, restaurado por otros personajes, podría llegar a ser el programa más popular de la televisión poscastrista.

En un fragmento del tema al que tituló (¿premonitoriamente?) El necio, el cantautor oficialista Silvio Rodríguez devela una vez más su obsesiva aspiración, la misma que a lo largo de la historia ha seducido a tanto buen “revolucionario”: “dicen que me arrastrarán por sobre rocas, cuando la revolución se venga abajo, que machacarán mis manos y mi boca, que me arrancarán los ojos y el badajo”. El referente militante, sacrificado del “guerrillero heroico”, despliega en estos versos su íntima razón de ser: ya no se trata de construir una sociedad más justa o equitativa, sino de escapar del ridículo a través del martirio. Pero apuesto a que en el caso de Cuba, al contrario de lo que muchos piensan, la transición no estará marcada por un sangriento ajuste de cuentas: la Isla es la olla de presión donde se cuecen la burla, el sarcasmo, el choteo al que Jorge Mañach dedicara su monumental estudio. Ese ente locuaz, vibrante, heterogéneo que es el cubano, ya sólo puede encauzar su rabia burlándose, pretender que en un futuro recurrirá a la violencia para materializar su desagravio –aun cuando pueda haber excepciones– me parece poco convincente.

Rodríguez, por supuesto, no será arrastrado sobre rocas, nadie le machacará las manos ni le arrancará los ojos, en su fuero interno él lo sabe.  A la caída, a la muerte natural de la imagen, de la rutina ideológica amortajada por el humor, es a lo que en verdad le temen los sicarios del régimen, los Silvio del país sometido. Muy probablemente estos no sean objeto de linchamientos ni fusilamientos ni arrastramientos: en San Nicolás del Peladero, los ajusticiará un multitudinario y demoledor ataque de risa.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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