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Sincretismo del ser cubano

Sincretismo del ser cubano

Sincretismo del ser cubano
diciembre 03
10:04 2013

Vamos a ver, dijo un ciego y nunca vio. Por ello intentaré ver bien lo que necesito observar. La cultura cubana no es patrimonio de unos o de otros; el corpus de la cultura cubana nos pertenece a todos por igual, seamos blancos, negros, mulatos, jabaos, capirros, rubios o albinos; seamos católicos, espiritistas, santeros, abacuás, ñáñigos, protestantes o simplemente ateos o agnósticos; hayamos nacido en Labana, en Bolondrón, en Remanga la Tuerca o en Guanabacoa.

Por supuesto que una cultura tan abierta y marinera se ha nutrido a lo largo de los siglos de muchísimos ingredientes; entre ellos, los fundamentales, provenientes de España y de diversas regiones de África occidental. La aportación de ambas fuentes y su sincretismo, una vez que confluyen en el espacio insular, en la antropología, en la música, en el habla popular, en la religión, en la dieta cotidiana, en la manera de asumir el sexo, etc., es lo que dio origen a nuestra nacionalidad, la cual ni es española ni es africana, sino sencillamente cubana; un producto híbrido, sincretizado, transcultural, al decir de Don Fernando Ortiz.

Dentro de este ajiaco cultural, tan abigarrado y multicolor, existen manifestaciones que sirvieron de fundente de nuestra identidad. Una de las más representativas es la música, y el baile: el danzón, bien adentrada la segunda mitad del siglo XIX, y luego el son en los años veinte del siglo pasado. Estas formas musicales, junto con su reflejo en la danza, representan quizás la síntesis más acabada del ser cubano, pues en ella convergen, en una suerte de contrapunto estilístico, la percusión y el ritmo de origen africano; la polirritmia negra con la melodía y las armonías europeas. La tumbadora, el bongó, las claves, la marímbula, las maracas, junto con la guitarra, el tres, el laúd y gradualmente los instrumentos europeos de viento metal y viento madera. O sea, el danzón y el son, en su sabrosa fundente criolla, muy pronto conquistaron el favor del cubano, el cual se identificaba plenamente con ese tumbao, con esa cadencia, con ese sabor, fuera rico, pobre, negro, blanco, chino o mestizo. Si no, basta con escuchar a María Teresa Vera en aquella tonada: “La aristocracia en Labana siente la rumba pasar y enseguida están bailando por detrás de la ventana… arrolla cubano que esto es tuyo…”.  ¿Qué cubano no experimenta una arrobadora sensación de pertenencia a ese ritmo, a esa sensualidad, a esa gracia?

Sin embargo, otras formas culturales sincretizadas, como la religión afrocubana –pese a que es profesada de forma clandestina o abierta por la mayoría de la población–, no consiguieron el monopolio religioso absoluto en la Isla. Un determinado porcentaje de la población no comulga con el politeísmo afrocubano arraigado en Cuba desde finales del siglo XVIII. Pese a ello, o sea, pese a admitir la pluralidad religiosa existente, compuesta por católicos, protestantes, babalawos y otros, la religión de matriz africana es uno de los elementos fundacionales de la nacionalidad, uno de sus rasgos más marcados y definitorios: en ella se aprecian el sincretismo, las formas híbridas a las que nos referimos más arriba, tanto como en la música, la antropología, la dieta popular, el baile o el choteo (la jodedera), entre otras. Menospreciar o ignorar a la religión de culto africano como componente esencial del corpus cultural de la nacionalidad, por considerarla retrógrada o ajena a la cultura occidental, o porque no es profesada por el 100% de la población, resulta simplemente un ejercicio excluyente y manipulador. Ejemplos de esto hay muchos en la propia música, donde frente a la fuerza arrolladora del son en los años veinte el compositor Eduardo Sánchez de Fuentes se empeñó en demostrar que en los aborígenes residían las auténticas fuentes nutrientes de la música cubana.

Ignorar o estigmatizar los cultos de raíz africana, considerándolos extraños a la cultura isleña, equivale a decir que porque el béisbol no le gusta al 100% de los cubanos no es el deporte nacional. Equivale a sustraernos a una realidad que nos trasciende, que nos identifica y que, nos guste o no, la practiquemos o no, forma parte intrínseca e indisoluble de la cubanidad. Jesús María y José, Ochún, Changó y Babalú. Papa Dios y Orula bendiciéndonos, amén y maferefún.

Sobre el autor

Enrique Collazo

Enrique Collazo

Enrique Collazo es Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana. Realizó estudios de Doctorado en la Universidad de Educación a Distancia de Madrid. Ha publicado libros sobre las cuestiones de la banca y el crédito en Cuba, tanto en la Isla como en España, y colaborado asiduamente en publicaciones como la revista Encuentro de la Cultura Cubana y su página web Encuentro en la Red, la Revista Hispano-Cubana, Cuadernos de Pensamiento Político e Islas, entre otras. Actualmente reside en Madrid.

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