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Sini, los dos pobres y la dinámica de la habitación oscura

Sini, los dos pobres y la dinámica de la habitación oscura

Sini, los dos pobres y la dinámica de la habitación oscura
agosto 12
10:44 2014

para GCU

 

La habitación oscura fue la única forma que encontraron los dos pobres para estar juntos, porque ninguno de los dos tenía una casa.

El pobre tenía un pequeño pianoforte, una camisa blanca y otra celeste y le gustaba escuchar la música que llamaban salsa. La pobre tenía un libro que escribir y reescribir, dos pañuelos morados y no le gustaba llorar, y sobre todo le gustaba escuchar como tintineaba el pianoforte del pobre. Pero a pesar de tantas diferencias los dos pobres habían entonado ya su máxima: se querían y querían vivir juntos, aunque no tuvieran con qué querer nada más.

La idea de la habitación fue del pobre. La pobre pensó que si las nubes negras solo entraban y empañaban el espejo por las tardes, ellos podían peinarse y acicalarse por las mañanas; él con alguna de sus camisas y ella con alguno de sus pañuelos. La primera vez que él la llevó a ver la habitación ella dijo que era oscura y probablemente no iba a poder escribir y reescribir su libro allí, pero él no pareció escucharla y trajo una mesa y puso encima muchos pliegos de papel, pequeños, lisos y blancos, y plumas antiquísimas en sus tinteros y hasta una máquina que escribía por ti si pensabas mirándola de frente, y en esta circunstancia ella dijo que quizás escribiría, que aunque todo estuviera oscuro lo intentaría.

La dueña de casa los recibió moviendo y removiendo los cubitos de hielo de su primer whisky del día con el dedo índice. A la pobre le pareció algo siniestra, y el pobre se rio a carcajadas de su ocurrencia cuando se lo comentó, desde entonces le llamaban Sini, porque siniestra era muy largo y evidente, y entre ellos preferían hablar su propio idioma de símbolos; por ejemplo, cuando ella quería que el pobre fuera feliz cantaba, y lo hacía tan mal que él terminaba por reírse y cantar con ella y luego se reían juntos.

Entonces la pobre se fijó en que la cama estaba cubierta por dos paños amarillos que opacaban un tanto el sol, por lo que este no entraba nunca en la habitación, ni por la ventana ni por la puerta del balcón. Ella tenía miedo de salir al balcón porque el viento decía en su oído que no le gustaba la oscuridad y tampoco le gustaban los pobres, y que alguna tarde se marcharía y no volvería más. Pero, se preguntaba la pobre, ¿qué es un balcón sin viento?, de modo que negoció con el viento que nunca se lanzaría del balcón abajo si volvía siempre y refrescaba las camisas y los pañuelos, y se llevaba los malos olores de las meadas de los perros de Sini que solían levantar la pata tres veces al día en el bordillo carcomido que sostenía la baranda. La pobre estaba dispuesta a todo por amor. Y por eso no le dijo nada de su trato con el viento al pobre, aunque habían acordado contárselo todo uno al otro.

Al tercer día de vivir en la habitación la pobre pensó que no podía dejar que el pobre se desanimara y le dijo que harían el amor solo con la punta de los dedos si le ponía nervioso que Sini escuchara los ruiditos que hacían las alas que le salen a la pobre cuando se tocan, y besan y estrujan y penetran mutuamente. Los dos pobres sabían penetrar uno en el otro, categórica y absolutamente uno hasta el alma del otro, y cuando esto ocurría el viento soplaba bajito en el balcón para encubrir los ruidos y el pianoforte lo mandaba a callar, para que el pobre no se pusiera más nervioso.

Sini debutó al cuarto día y dijo que mejor la pobre dejara de reírse porque le molestaba su risa para dormir tranquila y que se cerciorara de que la alfombra del baño no estuviera mojada, ni arrugada, ni tuviera debajo ningún pedazo de cariño de los que ella iba dejando en el recorrido desde la habitación hasta el baño; lo cual se hacía muy complicado, porque el pobre ponía más y más cariño sobre ella, y cuando iba a salir por la puerta él le besaba otra vez el pelo y la pobre pobre no sabía cómo sostenerlo todo de manera que iba haciendo malabares con las pelotitas de cariño hasta que, claro, alguna se caía y se hacía añicos por lo que Sini pudo haber encontrado los trozos debajo de la alfombrilla que estaba colocada delante de la bañera.

El pobre no sabía qué más hacer para que Sini no obligara a la pobre a recoger el reguero de cariño, así que decidió recogerlo él, aunque después se lo devolviera de nuevo a la pobre.

El día que pelearon y el pobre dijo que si quería podía irse ahora pero que no volviera nunca más, el viento le recordó a la pobre su promesa de no lanzarse por el balcón. Entre el viento y el pianoforte retuvieron a la pobre y le mostraron el doble fondo del cajón que servía para guardar los zapatos debajo de la cama, pasaron los tres entre las cintas adhesivas desprendidas que habían usado para unir los colchones de las camas separadas que tenía la habitación. El viento iba delante soplando las bolitas de pelo que soltaban los perros porque el pianoforte se negaba a seguir adelante y refunfuñaba y decía que solo hacía esto por el pobre.

Cuando llegaron al centro del doble fondo una voz melodiosa y aguda preguntó qué querían, y la pobre dijo que quería saber quién le hablaba. El viento dijo que era la voz de la habitación, se le escuchaba ansioso, diferente, y el pianoforte se tapó los oídos porque los agudos siempre lo fastidiaban.

La pobre pensó en la pregunta de la voz de la habitación. Pensó en qué quería y por qué estaba debajo de la cama, en el doble fondo del cajón de los zapatos, por qué habían venido el viento y el pianoforte con ella, pensó en la sonrisa del pobre y de inmediato supo qué quería.

Saludó cordialmente a la voz de la habitación y le contó que estaba escribiendo un libro pero que por culpa de los paños amarillos que cubrían la cama el sol no entraba en la habitación, y por eso el pobre a veces fumaba más que de costumbre y luego tosía y peleaba y fumaba más aún y ella se asustaba. Le dijo que no se había dado cuenta de que la alfombra del baño escondía debajo los trocitos de cariño que le daba el pobre y por eso también Sini bebía más cada día y encontraba intratable a la pobre. Le dijo que el pobre hacía café por las mañanas antes de irse a la perrera municipal donde trabajaba, para que lo tomaran juntos, pero que detestaba aquel trabajo porque los perros habían empezado a imitar a los humanos y eso se le hacía fastidioso y le cansaba mucho, y que nada le daba gusto excepto que estuvieran cerca, y en fin, que ella no quería marcharse. El pianoforte empezó a llorar y el viento aprovechó para vengarse y le dijo que se callara, parecía que algo le apremiaba, pero no perdió la ocasión de molestarle.

Se hizo un silencio áspero, pesado y la pobre escuchó los pasos de Sini que revolvía las cosas de los dos pobres en el armario de la habitación y repetía:

—Intratable, intratable, intratable, por su culpa el pobre no duerme, no va a comprarme el whisky, no saca a los perros, no escucha nada —. Terminó su cuota de revolver lo ajeno del día y volvió al salón a remover el hielo dentro del vaso de whisky con el dedo índice.

pasillo oscuroLa voz de la habitación había esperado a que Sini se marchara y el viento empezaba a desesperarse, el pianoforte suspiraba de vez en cuando. Entonces la voz le preguntó:

—Señora pobre, ¿en verdad quiere tanto al señor pobre? — y luego calló y esperó.

—Yo…, bueno… —respondió la pobre. —Usted siempre está aquí, sabe todo de nosotros —continuó: —Sabe mejor que yo cuánto le quiero.

—Ya, tiene razón. Eso tiene ser pobre —dijo. —No hay privacidad ni en tu propia habitación, pero siempre hay un modo de solucionarlo —. La voz se regodeó un poco.

—¿Cuál?  —preguntó la pobre. —Dígamela, haré lo que sea.

—Pues…, tiene que dejarme esas alas que te salen, ya sabe, cuando están…, ya sabe —dijo la voz y calló otra vez.

El pianoforte dijo en el oído de la pobre no no no, no lo hagas, pero el viento le apretó la mano y dijo, tienes que decirle que sí, yo sé lo que te digo. ¡Dile que sí!, apremiaba el viento. La pobre no sabía qué hacer.

—La he escuchado decirle al señor pobre que haría lo que fuera por él, sé de qué modo le quiere —le dijo la voz a la pobre, intentando convencerla. —Después de todo solo son alas, ¿para qué quiere usted, señora pobre, un par de alas?

La pobre pensó que la habitación tenía razón, una pobre con alas es un fastidio, una aberración, lo que se dice una mutación inexplicable y molesta. El pobre no tenía por qué saberlo, sería como si de pronto ya no tuviera aquellas alas, esta era la segunda vez que omitía decirle algo, pero sabía que era por el bien de los dos, le daría esas alas a la habitación. Quién sabe, pensó, si luego podían salirle otras.

—Bien, acepto, pero será a cambio de dos cosas —dijo.

La voz pareció dudar y preguntó:

—¿Cuáles? —. Se escuchó con un poco de reticencia.

—Quiero que él no olvide nunca entonar la máxima, y quiero que me crezca pronto el pelo, porque en eso estoy envolviendo el libro que escribo y reescribo, y también el amor, para que no lo vea Sini, y se le ocurra que tenemos que pagarle con eso, porque no tenemos absolutamente nada más en la vida que el libro y ese amor. Como ya sabe, señora habitación, somos muy pobres —terminó la pobre que sonaba un poco desconsolada, pero firme.

—Hecho —dijo la voz de la habitación. —Pero lo de la máxima solo puedo asegurárselo en mi territorio, o sea dentro de mis cuatro paredes, quizás también en el balcón, pero nunca más allá —y por ello le ofreció a la pobre, en desagravio, una flor de perdón. —Dele de comer todos los días —dijo. —Póngala cerca del chocolate blanco porque el olor de su dulzura le ayuda a renacer, y no deje que Sini la vea, o le dará a probar el whisky y la malogrará. Sé que no es mucho, pero la flor de perdón le salvará la vida si alguna vez se logran ir de aquí y el pobre se olvida de la máxima. Y ahora, córtese de una vez las alas —. Le apremió, porque la pobre se había quedado muda al enterarse de que la habitación sabía que le llamaban Sini a la dueña de casa.

Se cortó las alas y las puso sobre el áspero suelo del doble fondo del cajón de los zapatos, le dolió menos de lo que había supuesto. Guardó la flor de perdón en el mechón más disimulado de su pelo y le dio las gracias a la habitación que ronroneó un poco y acarició el tacto impensable de las alas de la pobre. El pianoforte suspiró y empezó a llorar otra vez. El viento sonaba como un corazón desacompasado, entró en pánico y los arrastró a los dos mientras gritaba: rápido, afuera todos, el pobre va a llegar en un momento y no puede saber lo que acabamos de hacer o se enojará mucho.

Cuando la puerta de la habitación se abrió y el pobre entró, el pianoforte fingía dormir en lo alto del armario y el viento disimulaba en el balcón. La pobre tocó el mechón de pelo donde empezaba a abrirse la flor de perdón y se dejó abrazar. El pobre dijo que solo le quedaban unas moneditas para comer pero que tenían suficientes de aquellos panecillos con crema que los demás llamaban bollería industrial, y que la pobre mejor se quedaba porque él se podía morir si se marchaba, y los muertos por amor ya a nadie le parecían apropiados, vamos, que no se llevaban.

La pobre estuvo de acuerdo y reconoció que la bollería industrial era…casi agradable. Y el pobre se reía a carcajadas porque agradable sonaba muy cursi, pero cuando lo decía la pobre, él empezaba la cuenta regresiva para que hicieran el amor con la punta de los dedos, que también era cursi, pero no había otra forma de decirle a lo que hacían.

El pianoforte empezó a tararear las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach tal y como lo hacía Glenn Gould. El viento estremeció suavemente la puerta de salida al balcón y la pobre entendió que algo más había hecho que le instara a aceptar el cambio de las alas por la flor de perdón, pero no lograba distinguir qué era. Aunque Sini había perdido la cuenta de los whiskys que había tomado y repetía en su inconsciencia de sueño alcohólico: intratable intratable intratable, la flor de perdón casi no cabía en su mechón de pelo y empezaba a mudar su color original por un espléndido viso de felicidad. El viento sabía que la felicidad es un don muy raro, efímero, del todo perecedero, pero a la vez invaluable. El viento sabía tantas cosas…, pensó la pobre. Lo que no sabía la pobre era que el viento y la flor de perdón habían tenido su historia, una historia que no vamos a contar ahora, pero que valdría la pena evocar alguna vez, por si fuera posible darle un final feliz. En cualquier caso, el viento creyó conveniente esperar en el balcón, por si…, y se le volvía a escuchar sonando como un corazón desacompasado.

Los dos pobres se abrazaron musitando su máxima y no les faltaba absolutamente nada, ni siquiera las alas que se quedaron en el doble fondo del cajón de los zapatos. La habitación parecía más amplia, como si algo se hubiera multiplicado en ella. La flor de perdón estaba abierta y resplandecía, como si se exhibiera, como un pequeño sol cuya luz se filtrara a través del mechón de pelo de la pobre; perdonar, perdonarse, perdonar a Sini y renunciar a lo más valioso que tenían, eso era lo que estaba alimentando aquella flor casi monstruosa, a la que el viento no veía hacía tanto tiempo, desde la última conjunción, pero que había podido volver a acariciar, cuando salieron del cajón de los zapatos, pues mientras arrastraba fuera a la pobre y al pianoforte, pasó entre su pelo y envolvió a la flor en un abrazo loco, breve y doloroso.

Entre todos lo habían hecho. No tenían idea de cuánto iba a durar, pero ahora eso no importaba nada. Habían comenzado a poner un poco de luz en la dinámica de la habitación oscura.

Sobre el autor

Sonia Díaz Corrales

Sonia Díaz Corrales

Sonia Díaz Corrales (Cabaiguán, 1964) es poeta y narradora. Ha publicado, entre otros libros, los poemarios “Diario del Grumete” (poesía 1996 y 1997) y “Noticias del olvido” (2011), y la novela “El hombre del vitral” (2010). Ha recibido, entre otros, el Premio de Poesía América Bobia (1982, Matanzas), y el Bustarviejo (1993, Madrid). En 1998 dejó Cuba y poco después se radicó en Canarias, España.

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2 comentarios

  1. Lisett Torred
    Lisett Torred agosto 18, 05:09

    Siempre en deuda con ésta increíble escritora, dulce mujer y certera amiga porque su prosa, como su verso nos construye y des construye el alma, porque nos descubre.
    Un privilegio, un lujo leer este cuento

  2. Alazàn
    Alazàn agosto 19, 21:13

    Esta prosa es como ese lugar que describe y con lo que no se conforma, quiere luz y sonido quiere el universo del viento alado que le habita, unas crines indómitas que se enredan susurrando Sónia

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