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Siria, la taimada

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Siria, la taimada

Siria, la taimada
marzo 01
01:37 2011

 

Es prematuro asumir como indisoluble la actual partición en naciones árabes de este parche de terreno enclavado entre los Montes Taurus y los arenales de la Arabia, que antiguamente se apellidó la Gran Siria, y que por dos milenios estuvo uncida al carro de guerra de romanos, bizantinos, árabes, mamelucos y otomanos.

La rivalidad anglo-francesa echó a perder lo único que tenía sentido para ese paraje, la Gran Siria, que dividieron en seis entidades. El turco Kemal Atatürk recuperó un trozo del norte; los secretarios coloniales británicos dibujaron caprichosamente en un mapamundi los mandatos de Palestina, Transjordania e Irak; y los franceses convirtieron su zona, más tarde, en Siria y Líbano. La parte que conservó el nombre de “Siria”, separada de Turquía por el arco de triunfo romano de Bab-al-Hawa, hoy está tan lejos de ser una nación como lo estaba bajo Estambul.
El único patriotismo que ha existido allí ha sido el pan-arabismo circunscrito a Damasco; después de todo, al igual que los Balcanes, es parte del mismo mundo que aún no se ha repuesto del colapso del imperio turco, y los conflictos fronterizos que ello generó. Pese a que el territorio ha sido cortado por todos los costados, Siria es una cazuela de sectas, cofradías religiosas e intereses tribales parroquiales, que la hace una versión levantina de los Balcanes.

Siria es un país atiborrado de templos griegos, anfiteatros romanos, castillos de cruzados, e imponentes arquitecturas árabes antiguas. La urbe de Alepo a orillas del legendario río Eúfrates, es una de las más viejas del planeta; destruida por los mongoles de Hulagú en 1260 y por Tamerlán, el cojo de hierro, en 1400. Con sus bazaares multinacionales, es la entrada hacia la meseta turca de Anatolia, y conserva más vínculos históricos con Mosul y Bagdad (ahora en Irak), que con el resto del territorio. En medio del país se halla el espacio sunnita de Hama, Homs y Damasco. La región austral está ocupada por la comunidad islámica de los Druso, y contiguo al Líbano, está el núcleo de los Alawitas, otra secta islámica que se haría del poder con los Assad.

Tanto los Drusos como los Alawita son los remanentes de una ola de shiísmo procedente de Persia y Mesopotamia, que hace un milenio se esparció por sobre la Gran Siria. Pero los Alawita practican una versión desteñida del shiismo, con afinidades peligrosas al paganismo fenicio. Ellos abrazan el baasismo, un corpus doctrinario inspirado por el nacional-socialismo alemán y que concluyó como una pose intelectual que infló el racismo contra los cristianos y judíos, parió los regímenes dictatoriales en Siria e Irak, e influyó en el nasserismo.

La aspiración del Estado policiaco del clan Assad, donde la Internet y los teléfonos móviles están ilegalizados, ha sido restaurar la añorada Gran Siria. Pero, por ser la moderna Siria más pequeña que la vieja Siria, no dispone de atractivos políticos para la unificación de todo el Levante. Siria es una entidad política que engloba tres zonas sin algo en común, que se repudian y aspiran a separarse. Aunque está congelada en el tiempo, su similitud con el Líbano e Irak hacen que cualquier tratado de paz entre Israel y Palestina, aparte de atraer las consabidas bandas de turistas cazadores de monumentos, desmovilice la supremacía alawita sobre su sociedad, con el peligro adicional de que se desintegre como nación. Su dirigencia se halla aterrorizada ante la perspectiva de una nueva Yugoslavia, donde el norte busque reintegrarse a Turquía; el centro-este y la región de los drusos se amalgame con Jordania, y el suroeste se sume al Líbano; y donde sólo quedaría un mini-estado Alawita al nordeste, como refugio del clan Assad.

Bashir Assad, apoyado en la vieja guardia baasista, se ha negado a las reformas y califica de invención extranjera el término de sociedad civil. Aunque con Assad padre la retórica anti-israelita era intensa, con Assad hijo esta ha llegado a niveles de crudeza tal que incluso el puñado de judíos de Damasco no se atreve a tocar los rollos de Toráh apilados en los rincones de las custodiadas sinagogas. Bashir se destaca por vilificar a todo mandatario israelita, y reanudó las relaciones con Palestina, que había congelado su padre, asegurando que nunca seguiría los pasos de Egipto y Jordania de una paz por separado con Israel. En ocasión del peregrinaje del Papa por los pasos de San Pablo, en el “camino de Damasco”, Bashir aprovechó para expresar que él era un mandatario tolerante en el aspecto religioso, pero que ello no incluía a los judíos quienes habían traicionado al Profeta Jesús y al Profeta Mahoma, y ofreció a un vacilante Papa una alianza anti-judía.

El círculo alawita ha construido numerosas mezquitas, como un medio para aplacar a los fundamentalistas, y ha alentado el terrorismo internacional, ya desde la década 1960. Ella utiliza a los shiítas en el sur del Líbano contra Israel; controla al HizbAlláh asentado en el valle libanés del Bekaa, y facilita inteligencia, dinero y el tráfico internacional a organizaciones tipo Al-Qaida. Es muy difícil que Occidente pase más allá de las presiones diplomáticas y alguna que otra sanción para lidiar con el expediente terrorista  de esta cúpula de poder, la más taimada en todo el Medio Oriente.

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Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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