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Smile & Imagine: Dos canciones contra el fin del fin

Smile & Imagine: Dos canciones contra el fin del fin

Smile & Imagine: Dos canciones contra el fin del fin
abril 18
17:38 2014

Dos canciones, dos melodías, dos letras al parecer inquilinos permanentes de mi subconsciente, me asaltan a menudo sin que yo les invoque, simplemente me invaden sin pedir permiso y de pronto las encuentro fluyendo por mi boca como si tuvieran un poder sobrenatural o una licencia especial sobre mí. Como si me conocieran mucho antes de escucharlas o me eligieran como vitrola, como su caja de resonancia; estas dos canciones que deambulan como loop por mi cabeza de algún modo me nombran, me definen, me delatan.

Sospecho que las canciones (en su particular combinación de música y poesía) son una suerte de radiografía del alma; indagan nuestra psiquis tal vez con más vigor que cualquier psicoanalista, revelan nuestro ser más íntimo, nuestra identidad profunda al devolvernos una imagen de aquello que creemos, sentimos, pensamos o anhelamos. No es ocioso ni descabellado reconocer quiénes somos a través de una canción, al fin y al cabo muchas son la banda sonora de nuestras vidas y de ese modo han ido esculpiendo nuestro imaginario, nuestra subjetividad, modelando ese cosmos de emociones y deseos, ese laberinto en el que van cuajando y se fraguan la razón, el intelecto y terminan por distinguir el carácter, la voluntad, la conducta.

Las canciones han sido leales y fecundas acompañantes, a veces cómplices, otras veces el novio o la novia que no teníamos, el maestro sabio, el amigo entrañable, el rostro sonoro de un ángel extraviado, esa otra ración de oxígeno que le falta a los pulmones, ese espejo frente al que desnudamos en silencio las entrañas. En una canción nos perdemos, también nos encontramos; una canción nos hace frágiles, vulnerables, también nos empodera. Una canción le mide el pulso a la vida, rubrica musicalmente sus estampas cotidianas. Esa sinfonía armónica y delirante que llamamos universo, danza y se refleja también en los estrechos compases de una canción. En una canción sintonizamos con el devenir, armonizamos con los flujos variables y oscilantes del espacio-tiempo, vibramos con ese mundo imperceptible, implicado, nouménico que solo alcanza a percibir nuestra intuición más sofisticada y aguda.

En una canción queda el registro feliz o traumático de una vivencia que solo puede ser recordada si la evocamos o nos evoca. Nunca sabremos si una canción nos pertenece o le pertenecemos. Lo cierto es que estas canciones que de algún modo me desnudan son “Smile” e “Imagine”.  La primera compuesta por Charles Chaplin con letra de John Turner y Geoffrey Parsons. La segunda por John Lennon.

“Smile” es casi un manifiesto contra el sufrimiento en el que sonreír, más que un paliativo psico-terapéutico es una categoría ontológica, una visión filosófica del mundo, un imperativo moral y existencial que parece oponer el humor al drama, la comedia a la tragedia y, por tanto, apunta al sentido luminoso del ser y de la vida.

“Imagine” es el manifiesto de un idealista, el himno de un soñador, de un utopista irremediable contra los demonios del Ego y las ideologías de control. Es la declaración de un visionario tan irreverente con el stablishment hegemónico como lleno de esperanza en un mundo más unido, más pacífico y libre de todo aquello que lo distorsiona, lo oprime, lo empobrece, lo destruye.

Si “Smile” es una suerte de antídoto contra la tristeza, “Imagine” es un antídoto contra el desencanto y la desilusión, contra la normatividad de un mundo acorazado, opresivo. Una intenta ser el polo opuesto a la lágrima, al sentido trágico de la existencia; la otra apela a la lúcida locura que encarna la utopía como resistencia a un poder y a una razón que han dejado al alma en la penumbra de la vida, el corazón en la periferia de la realidad.

Curiosamente, ambas partituras son dueñas de una dulce y serena cadencia melódica. Si la melodía de “Smile” parece acariciarnos, “Imagine” es de una melancolía, de una calidez inusitada tratándose de versos que protestan frente a los valores de la cultura dominante y el belicismo del sistema.

Ambas canciones proponen mensajes bien sencillos y nítidos, acaso marginados por una cultura que se prodiga en el culto al dinero: sonreír, imaginar, soñar; cualidades que nos son inherentes y que afirman de manera asertiva la condición humana.

En un mundo diseñado por la codicia, la violencia, el control y el miedo, por una racionalidad que dicta y establece los límites de lo real, ambas canciones proponen un anhelo, una intención que desborda esos límites y postula otro diseño; parecen hablar desde una consciencia cuya lectura del mundo vibra en clave afirmativa, positiva, creativa, edificante, constructiva. Ambas prefiguran disyuntivas, alternativas  esperanzadoras y en ese sentido redentoras.

Después de decretado “el fin de la historia”, el fin de las ideologías”, “el fin de las utopías”, el “fin de una era”, “el fin del fin”, síntomas del agotamiento de una cultura incapaz de pensar por fuera de sus esquemas lógico-simbólicos, de sus arquetipos racionales, estas dos canciones (de Chaplin y Lennon) parecen burlar esa percepción dramática y terminal de la vida, parecen emular la eternidad.

Entonces, nada más gratificante para evadir la fugacidad, el pragmatismo y la inmediatez de la época, que estas dos canciones que invitan a no ser víctimas de un imaginario obsoleto y enfermo, a fabricarnos la alegría, a inventarnos un mundo más libre, más justo, más amable, más feliz.

Sonríe, imagina, suena

¿Acaso pudiéramos nombrarnos humanos en ausencia de alguno de estos atributos? ¿Quién niega que el entusiasmo y la esperanza, el júbilo y el optimismo son estados de conciencia indispensables de cara al desafío de una existencia que nos duele por los cuatro costados?

Puede que una canción no cambie el mundo, pero estas dos me han ayudado a conocerme mejor, a estar despierto, a sustraerme un poco a los oscuros designios del ego, y eso es algo más que una contribución: es una salvación en toda regla. Sí, sin duda ambas son par de ocupas en mi alma y no hay ley ni edicto ni orden judicial que les impida quedarse.

Sobre el autor

Julio Fowler

Julio Fowler

Julio Fowler (Santa Clara, 1964). Actor, poeta, crítico, cantautor y productor musical. Profesor y director de Teatro, ha publicado el poemario “Las profecías de Alsine” (Ediciones Vigía, 1988) y su poesía aparece en antologías como “Retrato de Grupo” y “Un grupo avanza silencioso”. Entre los discos que ha editado se cuentan “Dale Mambo” (2003), “Buscando mi lugar” (2006), “Utopías” (2009), “Factoría Autor” (2011) y “Ligeros de equipaje” (2012). Reside en Madrid.

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2 comentarios

  1. Callejas
    Callejas abril 22, 23:31

    eso, una vision filosófica (ética) del mundo. La guerra espiritual contra el ego…genial Julio..

  2. Miry
    Miry mayo 10, 23:26

    Como siempre Julio Fowler, esto es brillante y me llega tan hondo. Miss u friend, en la distancia.

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