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Sobre la condición humana

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Sobre la condición humana

Sobre la condición humana
Noviembre 26
21:53 2015

 

El culto al héroe recibió un curioso tratamiento en una obra de Thomas Carlyle. Existe una curiosa contradicción entre el libro y su autor, como también en André Malraux con su célebre novela La condición humana. En ambos casos el realismo se combina con el brillante ejercicio realizado gracias a la portentosa imaginación de los autores.

En el caso del héroe, sin criticar o apoyar a Carlyle, tengo serias dudas acerca de que exista el personaje perfecto, sin negar la existencia de un grado significativo de heroísmo en mujeres y hombres a través del tiempo. En cuanto a la condición humana, no me detendré en todas las ideas del escritor francés, considerado “el genio favorito de De Gaulle”, pero que además de haber desempeñado en época de moderación el cargo de Ministro de Cultura de la República Francesa fue por mucho tiempo un connotado compañero de viaje de causas comunistas, caracterizadas en ocasiones por masacres tan horrendas como las que él atribuye a otros movimientos políticos en el texto en cuestión.

Aun en el caso de ilustres personas que quizá merezcan el título de héroes, no debe olvidarse que comparten con los que no lo somos la condición humana del título de Malraux. No es que los héroes tengan los pies de barro de la imagen del sueño de Nabucodonosor en el relato del bíblico profeta Daniel. Tampoco es necesario acudir a aquello de “el emperador no tiene ropa”, título extraído de la novelística por el senador Robert Byrd y utilizado para identificar un famoso discurso suyo pronunciado en el Senado en relación con la última guerra en Irak.

A la memoria de mi difunta madre, que supo comprender, y no juzgar, las debilidades humanas.

Los cristianos hemos creado nuestro propio vocabulario y hablamos generalmente del “pecado original”, al cual Juan Calvino, en giro aparentemente exagerado por sus seguidores y basado en lecturas de pasajes de San Pablo y San Agustín, relacionó con “la total depravación del género humano”. Para utilizar un lenguaje mucho más comprensible, lo mismo si pertenecemos a una escuela teológica o confesional o a otra, cuando nos referimos a los humanos estamos hablando simplemente de pecadores. Jesús se atrevió a desafiar todas las ortodoxias y convencionalismos sociales de su entorno al pronunciar aquellas inmortales palabras: “…el que esté libre de pecado lance la primera piedra”. San Pablo lo puso de esta manera: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”.

Es lamentable que hasta feligreses activos de iglesias cristianas acepten y hasta disfruten del banquete sacrílego que se dan algunos con detalles de la vida privada del prójimo, sobre todo si éste ha recibido las sagradas órdenes, exigiéndole algo que no se ha cumplido estrictamente en su propia vida.

Muchos que se han entregado a la embriaguez, fornicado con frecuencia, traicionado su relación matrimonial, evadido impuestos, abusado del prójimo, destruido reputaciones, practicado el más rampante racismo y evadido la práctica regular de su confesión religiosa, se convierten en jueces implacables de alguien, especialmente por ser un clérigo o un religioso. Aunque las muchas excepciones confirman la regla, los ministros de las iglesias históricas son personas con una esmerada educación que han renunciado a grandes compensaciones económicas y a las libertades de que otros han disfrutado. Ni siquiera las vidas de servicio al prójimo de muchos religiosos son tenidas en cuenta al someterlos a las horcas caudinas de la crítica y la burla.

En una ocasión, Abraham Lincoln transitaba por la calle cuando contempló a uno de sus rivales en la profesión legal que parecía haber bebido demasiado. La persona que le acompañaba empezó a burlarse, recordándole al futuro presidente que el abogado, entregado ahora a la embriaguez, le había humillado en un juicio. Lincoln evitó toda burla y se dirigió a su compañero de recorrido con estas palabras: “Si no fuera por la gracia de Dios, ése pudiera ser Abraham Lincoln”.

La gran aventura humana la han compartido miles de millones de seres imperfectos. Personas que violan las leyes, otras que dejan de cumplir alguna promesa o compromiso y, por supuesto, una lista de otro tipo de pecadores, tan larga como la humanidad.

Claro que es terrible cuando algo se convierte o lo convierten en un escándalo. Estar involucrado en uno de estos puede ser considerado como pecado, falta o equivocación, según la óptica del observador. A veces simplemente somos las víctimas de una conspiración o de una exageración. En cualquier caso, se sufren las consecuencias, sobre todo la persona considerada culpable. No dudo que algunos quisieran aplicar literalmente aquello de “mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar…”. Claro que no se aplicarían a ellos mismos, en forma literal, otros pasajes. Jesús también dijo: “…vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”. No son muchos los que han seguido ese ideal. Otros le pudieran estar dando otro uso a la imagen literaria del mar que encontramos en la Biblia. Tal parece como que practican la caza submarina para extraer hasta del fondo del océano los pecados de los demás.

Menciono esto en relación con un versículo del libro de Miqueas que exalta la misericordia divina. Según el profeta, Dios “…sepultará nuestras iniquidades y echará en lo profundo del mar nuestros pecados”. Ojalá lo hiciéramos los que exaltamos a los héroes de la fe. Hay momentos cuando hasta los sabios cometen disparates. Los más altos ejemplos de espiritualidad han tenido estrepitosas caídas. Es posible exhortar y someter a disciplina, pero se impone la misericordia.

No voy a acudir demasiado a la historia. De hacerlo, citaría nombres de todo tipo de pecadores, sin dejar fuera a patriarcas de la Biblia, profetas de las Escrituras Hebreas, apóstoles de Jesucristo y los primeros cristianos. También a obispos, presbíteros, diáconos, papas, cardenales, reformadores protestantes, prelados de la ortodoxia oriental, sacerdotes, teólogos, historiadores eclesiásticos, pastores y laicos. Hasta miembros de órdenes monásticas católicas y misioneros protestantes galardonados por la Real Sociedad Geográfica de Londres o con el Premio Nobel de la Paz.

Tampoco voy a acudir al tema del celibato por respeto a los que piensan en forma diferente a la mía. Me he referido al tema en muchas ocasiones, pero mayormente como historiador, porque no tengo derecho a imponerle pautas a una organización a la cual no pertenezco. De eso se ha hablado mucho entre nosotros últimamente, con motivo de un caso específico, el de una persona a la que estimo mucho y respeto.

Por lo tanto, dejemos tranquilo a un compañero en el peregrinaje de la vida. Se nos dice que ha caído en el camino, pero quizá por otras razones somos tan pecadores como él, mientras que él es sólo tan pecador como nosotros.

San Pedro fue perdonado por Jesús nada menos que por el pecado de haberle negado en público tres veces. El llamado Príncipe de los Apóstoles fue plenamente restaurado en su condición de pastor de las ovejas. San Pablo se atrevió a decir: “Cristo vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”. Esto explica su gozo al escribir: “Justificados por la fe tenemos paz para con Dios mediante Nuestro Señor Jesucristo”. Y Jesús proclamó: “De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito para que todo aquel que en El cree no se pierda, más tenga vida eterna”. Palabra de Dios. Pax Et Bonum.

Sobre el autor

Marcos Antonio Ramos

Marcos Antonio Ramos

Marco Antonio Ramos es el Editor General de la revista Herencia. Historiador y teólogo cubano nacido en Colón, Matanzas. Miembro Correspondiente de la Real Academia Española y Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Ministro Bautista jubilado con rango de Pastor Emérito. Fue profesor en seis universidades y seminarios teológicos en Estados Unidos. Autor de 14 libros. Entre sus muchos reconocimientos, se encuentra un Premio Nacional de Periodismo en Santo Domingo y la Medalla "Benemerenti" concedida por la Santa Sede.

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