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Sobre Madera y Polvo, de Daniel Montoly

Sobre Madera y Polvo, de Daniel Montoly

Sobre Madera y Polvo, de Daniel Montoly
agosto 22
14:16 2014

A pesar de conocer casi toda la obra poética de Daniel Montoly, de su avidez de nuevos cauces y la necesidad de surcar espacios, no puedo evitar que aún me sorprendan los quilates de sus imágenes y, aunque lograse desentrañar la magia detrás de ese poder decir cuanto dice sin agotarlo para llenar de fuerza la brevedad (tan suyos), no puedo más que permitir hablar a uno de sus poemas, Madera y Polvo, que aparece completo al final del presente trabajo, mientras desgrano algunas consideraciones, pocas si se tienen en cuenta los méritos de este poeta dominicano.

 

Enciendo la radio

y en una vieja canción de adolescencia

escucho mi voz

y no puedo desatarme

el melancólico nudo

formado en la garganta.

Montoly revela en este texto limpio, redondo, lleno de aciertos, con carácter de universalidad, el anhelo que todo poeta tiene para su poesía, el rapto del lector. Desde la cita de Arribas, hasta el verso final, el poema se sostiene de sus propio eje vivencial como columna vertebral, sin adornos, con imágenes clarísimas que de sencillas a bien construidas, anonadan como sólo puede hacerlo aquello que a pesar de sernos familiar, nos parece distinto porque ha sido escrito no sólo impecablemente, con elementos poéticos irrefutables, sino con el tremendo logro de transmitir el sentimiento. El poema puede verse y sentirse como si estuviéramos en el teatro o cine y nos robaran de la butaca para ser parte de la escena.

El tiempo ha hecho de mí un ermitaño

   oculto tras el áspero olor

   de la madera y el polvo.

Ya el inicio contiene el gusto exquisito del poeta y lo vincula al tiempo en una mezcla de olor y textura en que convergen la madera y el polvo y que conducen a la idea de la muerte, cada vez más cercana. Tal vez una alusión directa a ella; el polvo, ese polvo en que nos vamos convirtiendo de antemano ante la factura que nos pasa la vida y puede percibirse en el poema de Daniel; y al ataúd, la madera, esa con que fabrican nuestro primer mueble, la cuna, y cuyo olor está siempre presente, especialmente entre aquellos muebles viejos a los que tal vez ha hecho referencia el estado ermitaño del sujeto lírico: “detrás de…”, o sea, tapado por, lejos de, fuera de…

Vivo rodeado de mí

   por todas partes

Dos versos de simbología y contundencia intra-textual axiomáticas, pletóricos de una condición de irreversibilidad, de irrevocabilidad, que puede tener la vejez en su apariencia estético-vivencial-sentimental y en que se muestra la carencia, el fatalismo cuasi-natural de la existencia.

El poeta deja que hable el hombre vestido de sí mismo y, ante este hecho, la nitidez de la imagen es cada vez más palpable:

Si me paro frente a la ventana

   observo el blanco

   refulgente de mis ojos

   reflejarse

   en los cristales del vecino.

La llaneza de las palabras conforma de solidez la idea, un retrato tan nítido que traspasa la escritura y se hace tangible, como si la escena nos perteneciera completamente. Pienso entonces en la frase que en apariencia nada tiene que ver con la imagen: “ojo por ojo…”, pero, ¿acaso la vida no tiende a ser eso que muestra este hombre al cual el poeta ha dado potestad para descascararse ante nosotros?, ¿acaso no es para este hombre la vida un ente que cobra con su energía la permanencia de la suya y le deja mirándose frente a frente en una especie de espejo de desolación que ya no se atreve a caer en el precipicio de los detalles y sólo los ojos, los suyos que refulgen, son capaces de aceptar el reto de la luz?

El poema es una especie de parada en la zona “terrible” de un tiempo en que se sabe se ha vivido más de lo que resta por vivir: “y no puedo desatarme / el melancólico nudo / formado en la garganta”; acertadísima tríada que encierra una verdad enorme con sencillez aún mayor, pero con el tremendo valor del golpe de luz sobre la sombra de lo infalible, de lo humano e inevitable, que es, ha sido y será, padecida por cada individuo alguna vez, por efímera o tangencial que acontezca en su recorrido, y deja una marca indeleble de la angustia que provoca esa cuenta regresiva en soledad.

Pego un grito, y en la alfombra cae

   fragmentada, por la depresión,

   la escena de ella y yo

   tomado de las manos.

Con qué perfección el sentimiento habla, digamos que dibuja, y es semejante a la representación de una escena que, aunque puede ser la más común de todas, se apodera del lector con acierto irrefutable. De esta manera el lector ya no es el lector y el poeta ya no es el poeta, ambos son parte de una amalgama con tal plasticidad, como se diría para la pintura, que los envuelve de intimidad ostensible y desecha todo lo dicho para instalarse en el sentido de lo universal.

El tiempo es el factor que afecta, con su indisoluble mecánica, la vida del ser humano, el único de todos los seres vivientes que tiene conocimiento de su vinculación a la existencia…

El tiempo, Torquemada de mi espíritu

   me ha quemado con huellas indisolubles,

   que en mi círculo vicioso

   arden a razón de olvido.

A pesar de la cercanía de términos fónicos como Torquemada y quemado, la estrofa final me parece contundente y tal vez esta asonancia no deje de ser un acierto.

MADERA Y POLVO

Daniel Montoly

 

Ya no me aguanta este cuerpo,

viejo edificio roído.

             -Julian Arribas-

 

El tiempo ha hecho de mí un ermitaño

oculto tras el áspero olor

de la madera y el polvo.

 

Vivo rodeado de mí

por todas partes.

Si me paro frente a la ventana

observo el blanco

refulgente de mis ojos

reflejarse

en los cristales del vecino.

 

Enciendo la radio

y en una vieja canción de adolescencia

escucho mi voz

y no puedo desatarme

el melancólico nudo

formado en la garganta.

 

Pego un grito, y en la alfombra cae

fragmentada, por la depresión,

la escena de ella y yo

tomados de las manos.

 

El tiempo, Torquemada de mi espíritu

me ha quemado con huellas indisolubles,

que en mi círculo vicioso

arden a razón de olvido.

Daniel Montoly. Montecristi, República Dominicana, 1968. Estudiante de Derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Ganador del concurso de poesía de la revista Niedenrgasse y del “Editor’s Choice Award” de The Internacional Poets Society. Ha publicado La Ritualidad del Círculo y Papeles robados al más allá. Colabora con diversas publicaciones literarias y dirige El Wrong Side, blog dedicado a la difusión de la literatura. hispanoamericana.

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Sobre el autor

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro nació en La Habana. Narradora, poeta, es Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba-Exilio, Miembro Colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Integra la Muestra Permanente de Poesía Siglo XXI de la Asociación Prometeo de Poesía, y el comité editor de La Peregrina Magazín. Es Miembro de la Asociación Caribeña de de Estudios del Caribe, de la Unión de Escritores y Artistas del Caribe y de la Unión Hispanoamericana de Escritores. Ha publicado “No soy yo” en edición bilingüe (español y rumano), 2005; “Nueve cuentos para recrear el café” en edición bilingüe (español y francés), 2010; “Escaparate, el caos ordenado del poeta”, en 2011, y “Arreciados por el éxodo” en 2013. Reside en Miami.

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