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Sobre Marja y el ojo del Hacedor

Sobre Marja y el ojo del Hacedor

Sobre Marja y el ojo del Hacedor
julio 20
12:46 2014

Toda novela, toda obra literaria y artística, es un riesgo, y lo es porque tiene que ver mucho con su verosimilitud; es decir, me refiero al hecho de que una obra convenza y hasta persuada a diferentes tipos de lectores. Pero desde el punto de vista realmente artístico, intelectual, la obra verdadera —a mi modo de ver— primero se tiene que escribir para uno mismo y no para un determinado público, y repito: para uno mismo, para mi propia naturaleza de autor. Porque uno tiene que terminar persuadido por sí mismo, lo que sería, en otras palabras, para todo tipo de público. No descuento que por determinados intereses se pueda escribir una obra para una audiencia específica, pero por lo general, a la hora de escribir una novela, lo intento hacer desde mi mayor fidelidad a los personajes y a mi propio compromiso de intentar siempre ser un escritor verosímil.

Una obra le trae al autor la inexplicable satisfacción de haber creado algo que algún día se realizará en los ojos del otro, aun cuando el autor logre satisfacerse a sí mismo con su lectura, como ya dije. Y es que la novela, en este caso Marja y el ojo del Hacedor (Neo Club Ediciones), al ser leída por otro lector cumple su realización plena. Claro, aún más si ese lector siente que su mundo intelectual se ha enriquecido y re-creado.

Cuando el lector padece la agonía, la ansiedad, el erotismo, la pasión y el gusto, nosotros, los autores, recibimos una gran compensación por el esfuerzo de crear esa historia (o ese cuadro, o esa partitura, o la obra de arte que hagamos). Todos los que pretendemos ser creadores lo sabemos, porque padecemos de esa pasión irreverente, y terrible, de lo angélico —como quizás diría Rilke—, o de esa razón de la mentira poética. Porque se escribe o se crea por vocación, por devoción y por voluntad.

Palabras escritas para la presentación de “Marja y el ojo del Hacedor” en la Otra Esquina de las Palabras, el 16 de julio de 2014, y que el autor prefirió obviar para tener un intercambio más extenso con el público que llenó la tertulia.

El hecho de escribir una novela es una experiencia que va más allá de lo teorizante. En mi caso significa obtener la trascendencia que desde hace muchos años esperé de mí para conmigo mismo. Fue —y lo digo sinceramente, sin pretensiones— una confrontación con lo desconocido, el riesgo ante el asombro o la mediocridad, el hecho necesario de emprender la aventura de un discurso narrativo, verdadero y justo (al menos así lo espero) que describiera de una manera diferente, quizás un tanto compleja, la realidad del contexto político y social cubano de fines de los años 80 y principios de los 90. El intento por desmitificar el presente ideológico y dogmático, de intolerancia y totalitarismo, que ha explotado y esquilmado la isla hasta la saciedad desde hace más de 55 años. Una lucha íntima —en mi caso— contra los demonios del desasosiego y la desilusión, con la esperanza de que algún día estos manuscritos pudieran ser leídos, asumidos o rechazados, por ese virtual, solitario, corpóreo y cómplice lector al que aspiramos.

Novelas como El Maestro y Margarita, del ruso Mijail Bulgakov, y El laberinto de sí mismo, del cubano Enrique Labrador Ruiz, junto a la narrativa y ensayística de Jorge Luis Borges, José Lezama Lima, Adolfo Bioy Casares y Octavio Paz, entre otros escritores hispanoamericanos, me propiciaron la inspiración y la aspiración —junto a la esperanza, claro está— de escribir esta novela, Marja y el ojo del Hacedor.

Marja y el ojoEntrando, ahora en su realidad narrativa, a mi modo de ver se trata de una dicotomía en la que el Hacedor aparenta ser un primer narrador y Marja, la protagonista, un segundo narrador, y/o viceversa. En el caso del Hacedor este constituye un ser fantástico (para no decir fantasmagórico) que nunca se ha materializado debido a que pertenece al conjunto de los dioses imaginarios, los que más que seres son entes que no aceptan la realidad objetiva, la realidad del mundo corpóreo, ni quieren entender la intromisión humanamente necesaria de la vida material, con todas sus complejidades. En la realidad imaginada de estos dioses (entre los que se encuentran el Sempiterno y los dioses “históricos”, que son vistos por esos otros hacedores como seres sagrados), a ellos no les interesa en lo más mínimo ese legado griego, de “la inquietud del perfeccionamiento constante”, legado que —al decir de Pedro Henríquez Ureña—“el pueblo griego da al mundo occidental, cuando descubre que el hombre puede individualmente ser mejor de lo que es y socialmente vivir mejor de cómo vive (y que por ello) no descansa para averiguar el secreto de toda mejora, de toda perfección”.

Así las cosas, los dioses imaginarios solo se dedican a crear imaginaciones vacías de realidad, de experiencias existenciales,  y es entonces que este Hacedor se decide a darle forma a una bellísima mujer—supuestamente imaginaria— que sacie eróticamente su ego de creador, o para decirlo de una manera más directa, su inconsciente ego irracional de imaginador de lo banal, lo cursi, lo mediocre. Sin embargo, sucede que Marja, esa seráfica mujer que él intenta componer, no es una ficción, sino uno de los símbolos de la cruda realidad concreta que vive Cuba (y en específico la ciudad de La Habana). Incluso, podría añadirse más: un símbolo representativo de la crisis posmoderna que coexiste en el mundo, desde los años 60 hasta los tiempos actuales, finales del siglo XX y principios de este tercer milenio.

Pero Marja, por esas cosas que permite la ficción kafkiana, despierta como personaje real, se despereza entre las sábanas ficticias en que la envuelve el Hacedor, y le detiene a este su narración de la historia, que nada más hubiera conducido a la tergiversación de la verdadera realidad que ocurre en un contexto como el cubano. Y es así que “la Seráfica” de Marja comienza a contar la historia de su vida…

No obstante, desde que el Hacedor deja que ella interrumpa su discurso y sea la “Seráfica” quien cuente la historia, entonces comienza a salir a la luz el lodo, bien oscuro,  de un país que los dioses imaginarios han convertido en ficticio por grotesco y en un bodrio de vida. Es desde este momento que el Hacedor empieza a descubrirse a sí mismo como un ente que estaba metido en ese Espejismo, embarrado de sangre y de mentiras, y de una vacuidad inaudita, y ahora empieza a hacerse irreverente al Sempiterno y a los dioses “históricos”, hasta llegar a la plena iconoclastia y a la denuncia del sistema rígido y cerrado del Sempiterno, que —naturalmente— es el peor de todos los dioses.

Marja narra los infortunios, las corrupciones, imposiciones y degeneraciones que padece. Y el Hacedor se siente condenado a escucharla y, al mismo tiempo, para poder seguir viviendo como imaginador, también está condenado a transcribir lo que ella le cuenta. La muchacha va hablándole entonces de su desventurada vida como consecuencia de una soterrada realidad social que se le ha impuesto a todos los isleños al venir al “reino de este mundo”: la discriminación (verdadero apartheid) en relación con el turismo internacional a expensas de la carencia y la miserable existencia del cubano, el oportunismo, el confort y los privilegios de los dirigentes que se hacen llamar “revolucionarios”; la hipocresía y la doble moral como mecanismo de defensa para sobrevivir, el ámbito de la beca en el que toma fuerza la corrupción sexual en la relación profesor-alumno, el fraude docente; el lesbianismo como una necesidad de desahogo en busca de un espejismo de libertad, la comercialización y el proxenetismo de la prostitución. Pero asimismo esta novela intenta hablar del amor, de cómo el amor puede ser un recurso para librarse de una realidad objetivamente dogmática y opresora, extremadamente limitante; habla de la enajenación cotidiana, la censura total y, en particular, de la música del rock, la marginación, el miedo, la desilusión y la resistencia a la desilusión, el aquelarre de la violencia, la posibilidad de reasumir una utopía más humana, los rejuegos de un contexto sincrético y, al final, el amor como una sólida convicción de la amistad.

Son estas cosas que narra Marja las que van penetrando de objetividad la imaginación del Hacedor, antes vacía de realidad, y hacen que este despierte ideológicamente (valga mejor decir: desideologizándose). No obstante,  todo este entramado de realidades lo va disminuyendo de tamaño y de vida imaginaria, extinguiéndolo, hasta llevarlo al cero grado de la creación.

Esto en el Hacedor es un mecanismo de autodestrucción, de muerte. Pero he aquí la paradoja: si desaparece termina la historia, porque él es el transcriptor de lo que cuenta la Seráfica. Y si Marja deja de contar, también la historia desaparece. Es como la historia (el story telling) dentro de otra historia. Entonces la muerte del Hacedor se resuelve con un recurso que descubrí al darme cuenta de que aquí se da un giro de muchas cosas… Todo ello indicaría que Marja y el ojo del Hacedor es una esencia de la paradoja; pero lo paradójico, al fin y al cabo,  es justamente otro recurso para poder seguir contando la historia, que en última instancia puede ser una misma y diversa historia infinita, un recurso intertextual tomado de La historia interminable de Michael Ende.

Podría continuar hablando de la novela, pero esto ya sería irrelevante, porque para eso es que se escribe, para que cada quien lea a su manera, tenga sus propias reflexiones y las construya o destruya a su mejor o peor ver. Esa visión del lector es la que con el tiempo me va convirtiendo a mí en un verdadero escritor.

Por último, aspiro a que Marja y el ojo del Hacedor encuentre el propósito, nuestro propósito, de la diversidad entrelazada y unida por el amor que siempre surge de una creación auténtica como una justa imaginación, conjugándose con lo objetivo de la vida. Al menos, mi novela es una propuesta en la que la historia de esta muchacha, sufrida pero también buscadora de placeres, no desea sino ser un sueño que se sueña a sí mismo. Como cuando Borges, ese ciego clarividente, dice que en la realidad somos soñados; y como me atrevo a decir yo ahora, que nuestra condena, al parecer sísifica de cubanos y hacedores, es la de soñar y soñar para poder entrar en el sueño de ustedes.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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