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Sobre un libro de Alberto Rodríguez Tosca

Sobre un libro de Alberto Rodríguez Tosca

Sobre un libro de Alberto Rodríguez Tosca
marzo 08
20:28 2014

Muchas veces, a través de los boleros cantados por Elena Burke, Omara Portuondo o Las D’ Aida –con esa peculiaridad de cada una de las intérpretes–, hice catarsis de mis derrotas o de mis desventuras. Otras, gocé a plenitud con tanto derroche de talento.

Pero, en poesía, todo, hasta el deslumbramiento inmediato, te lleva a una reflexión más profunda, que no tiene siempre ese flash del momento, exclusivo en ese ámbito, parecido a esa fugaz mirada ante el espejo de ver cómo andamos.

No digo que los boleros y lo que nos conceden estas glorias de la música no dejen huella en nuestro archivo mental, pero uno regresa a ellos, a veces hasta por repetición, sin que predomine un sentimiento reflexivo o de catarsis. A veces es puro melodrama de un estado de ánimo y otras salida ante un enfado o un querer ignorar a alguien. Y nos ponemos a cantar el bolero, sin el feeling de las glorias, claro.

Pero en poesía lo que queda, porque nos marca más allá del coqueteo con el sentimiento, es otro reflejo mayor. Uno que no se detiene en lo temporal, ni en la agonía de padecer una espera, ni en la victoria de ir nombrando las derrotas por asumir las cosas que nos ha tocado vivir; y también con dificultad, que no es precisamente solo apariencia. Claro, se encuentran versos y poemas que de pronto nos divinizan, y la alusión temporal de lo que uno vive en ese instante, y que perdura cuando releemos, fluye y se compara con los temas que aborda el autor, cuando lanza antes que tú un disparo de claridad que no se queda en la acción simple del disparo, que es, además, la herida, el asunto, el motivo y lo que abarca en términos estéticos. Y que luego de visualizado permanece en esa zona donde uno recoge todo aquello que forma la memoria o, para ser más explícito, tu biblioteca cerebral.

Luego, dejamos de ser lectores y tomamos estas maravillosas formas de comunicar como si fueran nuestras: una parte que se incorpora y se coloca en las postales que te son imprescindibles, en el álbum que no se queda en el gas de la metáfora, que es más auténtica y tiene el perfil de las cosas que amamos, por ser perfectas, buenas, repetibles y, sobre todo, porque no constituye un plagio apropiártelas. Más bien una forma elegante y sensible de decirle al autor cuánto lo reconoces y respetas.

En poesía lo que queda, porque nos marca más allá del coqueteo con el sentimiento, es otro reflejo mayor. Uno que no se detiene en lo temporal, ni en la agonía de padecer una espera, ni en la victoria de ir nombrando las derrotas por asumir las cosas que nos ha tocado vivir.

También son formas que tienden a la parábola, como si sus ideas fueran proverbios de las experiencias gratas o desagradables, sabiduría como el Eclesiastés y pasión como el Cantar de los cantares. En Las derrotas, el poemario de Alberto Rodríguez Tosca, uno encuentra una perspectiva más abierta a reescribir o replantear lo que ha sido nuestra vida, sin esquemas de conceptualización, como lo hace el referente bíblico antes citado. No sólo en términos de lo que logra trasmitir su poética, porque el poeta nos hace parte de esas derrotas, las que siempre trascienden al recuento inmediato, al día (en blanco y negro), como un espejo donde mirarnos: de víctimas o de victimarios, no importa de qué lado te encuentres, eso no te excluye de padecer.

Rodríguez Tosca hace mucho se ha incorporado a esa catarsis generacional, y tiene sus títulos muy bien colocados en nuestra biblioteca. Sus libros, si los hemos obtenido, no cumplen una función ornamental. Tienen esa cercanía a donde recurrir, como nos pasa con la voz de Elena Burke o la de Omara. Sin esa peculiaridad no podemos apropiarnos de todo el contenido, sin esa voz no tendría sentido lo que se dice, o al menos no todo lo que se dice.

Las derrotas es el último libro que incorporé de Alberto Rodríguez Tosca. Antes solo contaba con Todas las jaurías del rey. Pero hay en la primera página de este libro (Ediciones Unión, 2008) una carta, especie de prólogo de Rafael Alcides, que aborda con exactitud la poética de Tosca y nos ayuda mucho a este ejercicio de descubrimiento, completando el poemario. Cierro citando un párrafo de lo escrito por Alcides:

“Aquí, en este catálogo de las breves semanas del hombre, en este poemario de fulgurantes imágenes, están todas las culpas, todas las dudas, todos los miedos, todas las melancolía, todo el infierno, en fin, está el hombre secreto que va con cada hombre en nuestro gran barco, ese hombre a veces cortés, servicial, siempre esperanzado pero, también, siempre temiendo, siempre extraviado. Estos versos llegan con un lenguaje renovador a traer algo nuevo a la Poesía, a abrirle nuevos caminos, a dotarla del salvaje y a la vez sagrado viento de cuaresma que inexcusablemente, por dondequiera que ella pase, ha de dejar sonando, batiendo, llevándose, cuando menos, los sombreros”.

Aquí comienza la enumeración de mis derrotas

las que me propiné me propinaron. Les ordeno marchar
en fila india como bestias
marcadas con broquetas de azufre a la vista de una
horda de ángeles. Les tapo
los oídos para que no se distraigan con la euforia
de los triunfadores. Las beso
en la boca para que se distraigan con mi beso
mientras pasa la quinta columna
de los hombres felices. Este lunes,
mis derrotas y yo nos pusimos de acuerdo
para mirarnos a los ojos.
Ya nos estamos viendo, rozando con los dedos,
casi amándonos a la sombra
indiferente de un cielo en llamas: amigos idos,
cuerpos enfermos, espíritus
en ruina, vinos baratos, endiablados alcoholes;
heridas en la cara, lenguas
traidoras, mujeres en fuga, puertas clausuradas;
plegarias, miedos, hambres,
hembras, hombres; cansancios, fiebres, filias,
fobias; héroes, mártires,
extravíos de fe; hojas en blanco, naves a la deriva,
falsos poemas, entierros, destierros,
nombres propios, recónditos adioses, una isla,
mis 38 años, todas las tumbas:

mi madre en una de ellas, y el polvo, polvo, mucho
polvo cayendo sobre la realidad
como chispas de agua sin consagrar en un bautizo
embrujado. Ya fueron
despedidas todas las plañideras. No habrá lamentos
pero habrá un gemido.
Un solitario gemido de papel a la luz de dos lunas.
La mía, y la vieja luna
del mundo sobre cuyas laderas se acuestan
con la muerte todos
los derrotados.

Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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2 comentarios

  1. Callejas
    Callejas marzo 10, 23:01

    creo que todo poeta cubano debería escribir sus derrotas. la derrota como catarsis poética para sacudirse del polvo del pasado. Excelente resena, amigo Juan Carlos…

  2. VICTOR L
    VICTOR L marzo 11, 01:50

    me quedo con el AUDIO del poema de JCR arriba en esta columna, DIVINO

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