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Sobre ‘Una oscura pasión por mamá’

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Sobre ‘Una oscura pasión por mamá’

Sobre ‘Una oscura pasión por mamá’
diciembre 19
13:53 2016

 

¿Dónde está el lugar donde le vuelven a decir su nombre a aquellos que lo han olvidado?

No conozco a Roger Vilar. Nunca nos hemos encontrado, café por medio, para conversar sobre la Cuba que nos une, de los buenos libros que hemos leído y de los malos también, claro.

No recuerdo cómo surgió nuestra amistad por Facebook, pero hasta el momento Roger es uno de los pretextos para reconocer, a esta edad en que todo me está permitido, que la ciencia avanza, sigue su curso y que me sumo a ella con la poquita fe y con la grande también.

Así las cosas, luego del saludo diario, compartimos noticias, alegrías y dolores. Esto solo sucede entre los amigos y para mí, Roger lo es.

Supe de su oficio como escritor cuando ya su obra literaria se respaldaba en unos cuantos títulos, pero esta tardía circunstancia me ofreció ventaja sobre los que, desde hace tiempo, seguían sus pasos: pude acceder al conjunto de su obra de un solo golpe, cuestión que me dio la posibilidad de un perfil mucho más intenso, una visión abarcadora-progresiva de su estilo escritural.

Mi amigo Roger, heredero de la más legítima tradición narrativa, no exclusiva ni perimetrada entre los ámbitos cubanos, sino extendida a un continente que ha escrito mucho y bueno, asume una postura creativa que se regodea entre lo fantástico, lo mágico, lo tremebundo, «matrimoniados» estos en historias que se nos aparecen con la naturalidad del que cuenta con oficio y, per se, conoce los ardides para ello.

Una oscura pasión por mamá, su penúltima novela (la última debe andar por una «gaveta» de su ordenador), desde una primera impresión vino a confirmarme el apego evidente de su autor al escenario cubano, cuestión esta que funciona como constante en la mayoría de los escritores que no residen en la isla.

La nostalgia, esa condición vitalicia para seguir andando; el retorno hacia el origen, especie de «viaje a la semilla», al útero dispuesto para todo lo demás; vienen a sostener el desarrollo argumental pues, como motivaciones textuales, nos conducen de la mano hacia los acontecimientos que a Roger le interesa develar.

Como narrador experimentado, asienta su novela sobre claves o resortes que conforman su sello autoral. Así la aventura, la desacralización, lo fantástico-cotidiano, la revisitación del mito clásico…, poseen un destino confluyente hacia lo estilístico, lo que se consigue de manera original en una suerte de declaración autónoma: «ven, adéntrate, no es más de lo mismo».

Y me detengo en la más personal de las categorías escriturales, sobre todo porque Una oscura pasión por mamá, llegó a mi vida en medio del descrédito, del rechazo casi total hacia la narración contemporánea que he tenido el «desplacer» de leer en los últimos tiempos, matizada siempre por fórmulas de éxito repetidas hasta el cansancio, como si ya no hubiera manga de donde sacar.

A woman with a hot dish bird in the potatoes. Cooking home food retro style pop art

Atrapada entonces por la lectura que esta vez sí devino placentera, me sumergí en un universo donde el caos es quien gobierna y dictamina; un mundo al que se regresa tras lo identitario y donde solo prevalecen atisbos de la historia anterior, esa que todo ser humano conserva, quiéralo o no.

La búsqueda a la que se somete el protagonista, lo hace padecer el desaliento del retorno hacia lo idealizado, donde ahora regenta lo underground, único medio de autodefensa para sobrevivir.

Este escenario «irreal» se somete a toda suerte de embates que contaminan al personaje/narrador hacia posturas execrables; esta suerte de desencuentro con lo que hasta ayer se evocó con satisfacción, viene a ser una especie de «porrazo» que, mal que le pese, lo conmina a reforzar su búsqueda hacia ese pasado que le urge confirmar, para no anularse humanamente como el resto de los personajes que le rodean: “Ya no sé mi nombre, vine para que tú me lo digas. Tú me lo pusiste, ¿no?”.

Un ojo acusador, el de la madre, valora lo conductual desde una postura complejizada por relaciones desvirtuadas; ella, como el resto de los caracteres, no es otra cosa que espectro de sí misma, adaptada al horror cotidiano; ella es parte del desarraigo in situ, de la quiebra social.

De otra parte, el reconocimiento mutuo (madre-hijo), pende del fino hilo del recuerdo, de lo que ya no es; se recriminan y a la vez se sostienen gracias a la comunión umbilical, difícil de eliminar pese a todo: “¿Te gustaban mis caricias cuando eras un niño?” “No recuerdo”. “Ven, ven, te volveré a acariciar, te gustará, acércate –Obedezco. El pelo le apesta a comida podrida”.

Es en este vínculo donde Roger se regodea, sacándole partido al mito de Edipo, contextualizándolo en una variante de amor-odio, pero en el que prevalece el paradigma materno y donde el incesto ocupa momentos relevantes dentro de la narración: “Ahora la tortura de las pesadillas es doble: mi madre me desea como hombre y yo intento matar la ilusión que he construido”.

La recuperación del pasado depende en la novela de poder reencontrar el amor, sentimiento que, como puzle, se va forjando en la medida en que las piezas del recuerdo funcionan como contenedores de una vida anterior con la que se rompió en un momento anterior a la historia.

De ahí la mutilación del personaje en el momento de su arribo a la isla, su descompletamiento anatómico (solo jirones de piel sangrante en lugar de manos) que se regenera a través de su acercamiento al pasado por medio de los des-encuentros.

El ser humano necesita de la nostalgia para sostenerse y la pérdida de la memoria histórica, viene a ser el motivo para «echar el vuelo» y comenzar la búsqueda de ese corpus identitario. Roger se afinca entonces en la idea postmoderna del fin de la historia, sobre ella construye su tesis argumental, refutándola, matizándola con la experiencia del narrador avezado.

Una Habana en ruinas, quebrada en todos sus cimientos existenciales, viene a ser el escenario escogido para los sucesos narrados; una ciudad irreconocible, un inframundo donde sobreviven muy pocos habitantes, un sitio fantasmagórico que no declara las causas de su estado apocalíptico porque no interesa, se sobreentiende y con eso basta.

La imagen citadina de mediano esplendor que se conservó en la remembranza del que regresa, colisiona con lo real y este encontronazo deviene en limitación para dimensionar el objetivo del retorno: “es imposible la alegría, por lo menos hay que cerrarle la puerta a la certeza de que todo se ha convertido en un infierno. Olvidaste el puerto, las calles, tus antiguos paseos por una ciudad que fue luminosa; las reuniones en los cafés, las noches en los bares”. De otra parte, el que sobrevive, el que ha permanecido, ha amputado sus recuerdos como una manera –otra- para sobrevivir: “Sabes que ayer te escondiste de unos seres peligrosos. Mas no retuviste sus formas. Es la consecuencia de tantos años practicando la mutilación de tu memoria. Ya no tienes espacio en tu conciencia para muchos sucesos a la vez”.

Así Elenor, personaje en el que confluyen todas las mujeres emparentadas al recuerdo, se traviste por momentos en madre joven, en niña, en extranjera, en novia…, su condición de género deviene motivo para la búsqueda de lo que se mantuvo como ideal y también, en necesidad para el completamiento, especie de embriogénesis del personaje principal: “Sé muy bien que yo he construido a Elenor con retazos de viejos amores, sin embargo no puedo detener el impulso de salir a la calle a buscarla”.

Otro aspecto interesante y sabiamente aprovechado por Roger, viene a ser el tratamiento de lo onírico, la atmósfera de sueño-realidad que compromete a toda la novela y que nos devela, poco a poco, lo real, lo imaginario, lo fantástico y lo verídico; todas categorías sin límites ni fronteras entre una y otra, porque precisamente, es ese el descubrimiento que se espera o no por quien relata desde una primera persona temeraria.

Los universos paralelos se suceden durante todo la narración, mas en ninguno de ellos se logra dilucidar hasta dónde llega lo irreal, dónde comienza lo verídico. No se contraponen estos espacios pues ellos concurren hacia un escenario desdibujado por la ruina y donde el pasado sigue siendo el resorte para cada acto, para cada diálogo.

La historia recreada por una suerte de alter ego que cumple órdenes estrictas de la madre, ese escritor/personaje que puebla a la ciudad de criaturas fantásticas, de recuerdos dispersos y que se necesita engarzar, «sazona» la historia novelada en esa estructura muy socorrida dentro de la narración contemporánea del relato dentro del relato, solo que en Una oscura pasión por mamá, Roger sale airoso del entuerto, pues con atinada experiencia enuncia su proceso narratológico al inicio y no lo retoma hasta el último capítulo.

Y es ese corpus declarado, esa sustancia trabajada desde lo verdaderamente épico, la verdadera historia, pues como sentencia de muerte, impele al resto de los procesos a que se sucedan de una manera «aparentemente» caótica pues subyace el orden universal para regir cada uno de los acontecimientos: “Es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin, el Ser y la Nada”.

Pudiera también tomarse en consideración para este placer por la oscura pasión de Roger, los tanteos continuados hacia referentes de todo tipo que nos convidan al recuerdo de Jacob y Wilhelm Grimm, al mundo hipotético de George Orwell en 1984 y hasta Amir Valle en su Habana Babilonia. Y es que el recuerdo, nos impulsa desde la novela hacia zonas revisitables y listas para usar. Todavía los buenos recuerdos y entre ellos las buenas lecturas son los que nos mantienen a flote en medio de…

No digo más. Mi amigo Roger, como todo buen amigo, me ha hecho el regalo inmenso de una pasión común.

Luego de este tanteo que ni se asoma a un estudio de su penúltima novela (no faltara más), dispuesta estoy a que mañana, nada más que amanezca el día, sean las palabras –otras– pero palabras al fin, las que nos acerquen a pesar de los miles de kilómetros que nos separan, para saludarnos, contarnos las alegrías, las penas y quizás un día, así lo quiera Dios, con café por medio, conversemos de la Cuba que nos une y, por supuesto, de Una oscura pasión por mamá.

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Sobre el autor

Iliana Pérez Raimundo

Iliana Pérez Raimundo

Iliana Pérez Raimundo nació en Santa Clara, y en esta ciudad se graduó en 1988 de Licenciada en Literatura. Pertenece al Consejo Editorial de la revista Umbral. Textos de crítica literaria suyos aparecen habitualmente en publicaciones cubanas y extranjeras. Ha publicado los poemarios "Desde donde no atisbo ninguna nave", "El juicio de Vesta" y "Rituales para mudar la piel". Reside en Cuba.

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