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¿Sobrevivirá la más interesante librería de viejos en La Habana?

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¿Sobrevivirá la más interesante librería de viejos en La Habana?

La calle Reina donde está ubicada la librería 'Avellaneda'

¿Sobrevivirá la más interesante librería de viejos en La Habana?
mayo 14
07:15 2017

En la librería habanera Avellaneda aún suele pasar las tardes, ojeando libros, el fantasma de Enrique Labrador Ruiz, uno de los grandes escritores cubanos del siglo veinte, olvidado en Cuba por haber elegido vivir en el exilio, y luego cuasi olvidado en el exilio, sabe Dios por qué. Hace unas cinco décadas, en plena madurez de su vida y su talento, Labrador Ruiz era presencia cotidiana en este establecimiento de la calle Reina, que entonces se llamaba Canelo y sentaba cátedra como el más interesante mercado de libros viejos en todo el país.

Después sobrevino la debacle, no sólo para el notable escritor. También para su librería favorita y, por tanto, para la cultura de Cuba. Convertida en un comercio estatal del montón, la Avellaneda debió atravesar un largo vía crucis caracterizado por la pobreza de sus tarimas, así como por un creciente deterioro en la calidad de los servicios y por frecuentes etapas de clausura, que regularmente se extendían hasta la exasperación. Pero el destino es testarudo. La librería nunca llegó a morir del todo. Y sus clientes habituales siguieron visitándola, en tanto se sumaban otros nuevos, a más del contingente de curiosos que día a día, al desandar la calle Reina, se detenían frente a sus vidrieras.

Cuando los libreros de viejos eran extirpados como mala hierba del ambiente cada vez más chato y gris de la ciudad, la Avellaneda resistió. Fue la única. Es verdad que partía el alma verla, sin libros, oscura, calurosa, con olor a rancio, pero era y estaba. Su nómina había cambiado radicalmente. De aquel equipo de experimentados y hasta cultos empleados que tuvo alguna vez, sólo quedaba uno, anciano y sin aliento. La venta de libros particulares por comisión fue su disyuntiva. Y gracias a ella vadeó la ventolera, aunque a duras penas. Es presumible que la institución estatal a la que había sido adscrita la asumiera como un bicho raro, una reliquia de séptima categoría, a la cual ni siquiera se le podía asignar otra función más útil. Y allí la dejó, agonizante, vencida por cansancio.

En eso llegaron los años finales del siglo veinte. La crisis económica tocó fondo en la Isla. La calle se paralizaba, los centros de trabajo amanecían cerrados y la gente no hallaba para dónde virarse. Fue así como el régimen, sin ganas, sin resignación, pero sin alternativas, se decidió a liberar un grupo limitado de ocupaciones bajo el rótulo de “trabajo por cuenta propia”. Y renació el librero de viejos.

Era de esperar que a la Avellaneda le correspondiese, por derecho, un desempeño muy especial en esta etapa. Error de cálculo. Su nueva administración, sin conocimiento ni apego a la rica herencia del oficio, se limitó a vender el mismo rastrojo de siempre: obras del realismo socialista soviético, algún que otro clásico que logró pasar el cacheo, novelones fritos y refritos durante más de treinta años por la editorial Huracán, “literatura” policiaca cubana en la que al final siempre ganan los CDR. Sólo transcurrida la segunda mitad de los noventa, se apreció un cierto movimiento en el lugar. Sus empleadas, para mejorar los reducidos salarios, empezaron a llevar libros en la cartera que luego vendían allí, furtivamente. Pero tampoco era para hacerse ilusiones. Por lo general, se trataba de títulos y autores de apéame uno, sobre todo los best-seller al uso, que cambian con el transcurso de las semanas y los meses pero que al final son siempre la misma plasta. Definitivamente los filisteos se habían apoderado del templo y ni a cuero estaban dispuestos a devolverlo.

 La Avellaneda, en la calle  Reina No. 259. Cortesía  del blog 'Recorridos por La Habana'

La Avellaneda, en la calle Reina No. 259. Cortesía del blog ‘Recorridos por La Habana’

De modo que no lo devolvieron. Pero tampoco lo han hecho desaparecer. En verdad milagroso resulta que hoy la Avellaneda continúe en pie y activa, no sé si a la espera del tiro de gracia o del advenimiento de mejores tiempos. Junto a Cuba Científica, otro viejo establecimiento habanero dedicado a la venta de libros de uso que ha resistido el peso arrollador del cilindro fidelista (aunque este último con menos suerte), representa desde ya un patrimonio de la cultura nacional.

Siempre habrá quien alegue que el descenso de las librerías de viejos (y en general de todas) no es un problema exclusivo de Cuba, sino del mundo entero. Cierto. Ya sabemos que son muchas, demasiadas, las que han cerrado en los últimos años, víctimas del auge competitivo de Amazon o de la piratería en Internet, entre otros males. Pero no hace falta más que saber sumar para darse cuenta de que mucho antes del inicio de esta desgracia planetaria en nuestra isla era ya un hecho y, además, ajeno a las causantes del fenómeno en otros países. Era, como tantas otras calamidades, consecuencia del ciclón fidelista.

Por lo demás, tampoco creo que haya que tomarse con exceso de alarma esto de la desaparición de las librerías en el mundo, y menos aún de las librerías de viejos. Yo por lo menos no veo esa desgracia tan cercana como se nos presagia. Al contrario, me parece que en la medida en que con mayor éxito se imponga el libro digital, más necesario será, y hasta más atractivo, el mercado de libros viejos, los cuales se irán convirtiendo en auténticos tesoros. A su favor, debe gravitar siempre una verdad palmaria. Y es que la vejez de los libros (buenos) es siempre relativa, pues cada vez que un libro es leído, o aun releído, vuelve a ser nuevo, en tanto revela nuevas emociones o conocimientos al lector.

No en balde ahora mismo suman muchísimas más las librerías de viejo que se mantienen en activo que aquellas a las que la desleal competencia obligó a cerrar.

Por lo pronto, la más antigua del mundo, o al menos la más antigua entre todas las que siguen funcionando (inscrita como tal en el libro Guiness, en 2010), que es la Bertrand, de Lisboa, se mantiene vivita y coleando, después de haber acumulado más de dos siglos y medio de historia. En Londres, goza de excelente salud la Hatchards, la más antigua del Reino Unido, fundada en 1797.

En Madrid, no sólo se conservan las más viejas, sino que han abiertos algunas nuevas librerías de libros usados, en el histórico barrio de Chamberí. En los Estados Unidos, además de sobrevivir, se han renovado. Tal es el caso de Brattle Book Shop, de Boston, la librería de segunda mano más antigua y de mayor tamaño en toda la Unión. O de la Powell´s City of Books, de Portland, Oregón, que se anuncia como el comercio de libros nuevos y usados más grande del planeta. En términos generales, muchas de las grandes librerías estadounidenses han aplicado la variante, muy atinada, de compartir la venta de novedades con la de libros de uso o de colección. Y eso consiguió vigorizarlas.

En París, no más faltara, los libreros de viejo apenas se han enterado de la cacareada crisis. Los más afamados y exitosos son los buquinistas (o bouquinistes), denominación con que los frases identifican al librero que no tiene establecimiento fijo y se dedica a comprar y vender libros en los pórticos y en las calles.

En Roma también abundan los bouquinistes, en lugares tan céntricos y visitados como el Campo de Flori, el Panteón, Piazza Navona, o Fontanella Borgheses.

En cuanto a las mayores librerías de viejos en Latinoamérica, están en México, en el DF, y también dando la hora. Entre ellas sobresalen las de la familia López Casillas, once hermanos libreros con casi cien años de tradición en el oficio. Por cierto, esta familia no sólo supo resistir exitosamente, sino que además se gasta el lujo de burlarse de la crisis, pues se le ha ocurrido nombrar La Muerte de los Libros a su último estableciendo, que inauguró hace pocos años.

Vistas así las cosas, no nos quedaría sino esperar (la esperanza es lo último que se pierde) que la Avellaneda consiga sobrepasar airosa las ráfagas del interminable ciclón fidelista, propiciando de momento, y hasta donde pueda, que el lector habanero no solamente lea lo que le imponen, sino también lo que le gusta.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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