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Spanglia y otros reinos

Spanglia y otros reinos

Spanglia y otros reinos
enero 01
01:06 2015

Una vez sobre el tiempo hubo un rey que tenía una obsesión: la pureza de su reino. Era el soberano de mente tan soltera que sólo lo movía el afán de limpidez. Estaba el rey obsesionado con todos las aspectos de la pureza pero en especial la del lenguaje, que se le antojaba tan cardinal como la pureza de la etnia, del agua, del oro o de la fe.

Hablaba el reino un idioma musical que era una perfecta simbiosis llamada Spanglish. Una amalgama de sonoridades arcaicas: las latinas de los normandos de Inglaterra y de los habitantes de Castilla; las germanas de los ancestros anglos, jutos y sajones. Era aquella lengua una armonía de pueblos superpuestos como las grandes catedrales que adornaban el reino y en las que reposaba delicadamente el cadejo de los siglos como en la corteza de un árbol muy antiguo.

Un día comenzaron a llegar forasteros al reino, y con ellos llegó la Plaga. Primero arribaron los alfareros para perfeccionar el ejercicio de la potería que, dicen, es el oficio más antiguo. Luego, poco a poco, ebanistas, molineros, miniaturistas, cesteros, herreros, saltimbanquis, canteros y sopladores.

Eran los forasteros hablantes de aquellas lenguas primigenias que juntas componían la delicada armonía de sonidos del Spanglish. Unos parlaban un idioma heredero de latín vulgata, ligeramente arabizado, y desprovisto del utilitarismo de los anglos; y los otros, aquella mezcla germánico-normanda que era un pastiche de endiablada ortografía y una fonética enloquecida, un batiburrillo mal regulado.

Desesperado por la voracidad de los idiomas invasores que empobrecían el Spanglish al desnudarlo, capa a capa, de sus componentes hasta dejarle afuera el esqueleto, el monarca tomó una medida drástica.

Brifiado por sus asesores, convocó con urgencia a sus ministros y creó una Real Congregación para la Doctrina de la Lengua, un oficio de ancianos sabios encargados de mantener la pureza sustancial de aquel Spanglish ecléctico, aglutinador y bello.

Se crearon, a raíz, más cárceles; se multiplicaron los procesos. Llovieron las denuncias y se esgrimió como máxima autoridad el Canon de la Lengua, una colección de libros revelados que establecían la verdad, única e incontestable, y se instituyó una Guardia Real con alabarderos encargados de separar el trigo de la paja, y triturarla.

Pese al celo de los puristas en su cruzada, la irrupción de los dialectos invasores lo anegaba todo, como una gran marea destructora que inundaba y amenazaba con hundir aquel Spanglish de tan altas cumbres literarias.

Un día, en el ocaso de su reinado, wachando desde los ventanales del palacio, tuvo el monarca los deseos de testear la magnitud de la hecatombe que, como la rueca de la historia, nadie podía parar. Pese a que ya era un rey anciano y handicapado decidió ir de incógnito a la Marketa, ese gran bazar de pócimas milagrosas y aves exóticas traídas desde sitios impronunciables. Grande fue su sorpresa al descubrir que hasta los pájaros parlanchines imitaban los sonidos de las lenguas invasoras, las cuales para entonces ya se habían amalgamado en una jerigonza bautizada como Inglañol.

Vio, paniqueado, que cuando el vulgo tenía que chusear una palabra elegía invariablemente la del argot contaminante. Supo el rey que, harto como estaba de la represión de los puristas, el populacho fraguaba una rebelión y se negaba a pagar los taxes.

El soberano, frizado, regresó al Salón del Trono y crayó lágrimas amargas. Triste, solo y derrotado, tras llorar sus ojos afuera, subió hasta el rufo del Palacio y en un vistazo de águila contempló por última vez su reino impuro destinado a perecer bajo el verbo contundente de aquella lengua bárbara que dividía, separaba y anulaba la ofrebrería de siglos de su idioma.

La masa, que ya sólo hablaba aquella algarabía, acudió entre espasmos y alaridos al funeral de un gran monarca como quien desfila ante una reliquia de la historia. Troveros, juglares y ministriles le cantaron elegías en la nueva lengua. Y así, con su muerte, logró el rey lo que en vida no consiguió, la inmortalidad del Spanglish, que con el regio deceso de su último hablante ascendió a ese lugar seguro donde permanecería intocado para siempre: el panteón de mármol de las grandes lenguas muertas.

Ilusorio

Érase una vez un reino ilusorio que se creía que era lo que no era.

En el reino estaban prohibidos los espejos, y las aguas eran constantemente agitadas para que los habitantes no pudieran verse el rostro. La plata había sido confiscada y no quedaban superficies bruñidas, cubiertas todas por la pátina de la desidia.

En el país no se vendían pastas abrasivas porque El Gran Maligno impedía, según el monarca absoluto, que pudieran importarlas, y cuando los habitantes empezaron a usar dentríficos para pulir las superficies, desaparecieron los dentríficos en un santiamén.

unnamedHacía tanto tiempo que en el reino estaban prohibidos los espejos que los súbditos habían olvidado no sólo cómo eran sus rostros sino incluso que tenían rostros. Y como el rostro es el reflejo del alma habían olvidado incluso que tenían alma.

Pero como el alma no necesita espejos donde reflejarse, siempre resurgía pese a todo aunque la percepción que de ella se tenía era bastante distorsionada. Un día apareció un alma tan bruñida que en ella pudieron empezar a mirarse las demás almas hasta que de tanto mirarse se les reventaron los ojos y de sus cuencas vacías comenzó a brotar la sangre. Entonces, el monarca absoluto mandó a encadenar el alma bruñida, esgrimiendo su deber de proteger a los habitantes, y la vendió al mejor postor. Desde entonces se prohibió por decreto hablar del alma.

Musgo

Todo comenzó con un musgo. Con un simple musgo de apariencia inofensiva, por lo que nadie notó nada raro en un principio. El musgo empezó coloreando el exterior de una ventana del palacio y de allí trepó hasta las cornisas, dibujó una barba verde a las cariátides y abrazó los capiteles hasta deslizarse por las columnatas.

Después llegaron las ratas almizcleras, que nunca habían sido vistas en el lugar, y ahí ya comenzaron a notar algo extraño en el islote.

La reina ordenó a los jardineros la erradicación del musgo que para entonces alcanzaba el interior del Palacio Real y se atrevía a reptar por las patas de las mesas, de las sillas, de los muebles palaciegos, y se alzaba furioso queriendo alcanzar el baldaquín del trono. Como los jardineros no daban abasto se convocó a los cocineros, a los cocheros, a los bufones, a todos los lacayos, a los compositores de sinalefas y luego incluso se sumaron a la encomienda hasta los propios cortesanos.

Ensimismados en tan frenética actividad no se dieron cuenta de que toda suerte de animales del bosque comenzaron a irrumpir. Una colonia de nutrias parlantes se instaló en las fuentes de mármol, unos tejones comenzaron a excavar en el jardín de las rosaledas y una familia de suricatos se apoltronó en los aposentos de la princesa heredera.

Cuando las raíces de los árboles comenzaban a quebrar los suelos, se convocó a los leñadores. En un lecho de margaritas comenzó a brotar un alcornoque. Un lacayo que trepó a una encinas, vio que hasta donde alcanzaba la vista surgían abetos, hayas, olmos, fresnos, tilos y cerezos. Nogales y robles, cedros y castañales se apoderaban del islote.

La tupida vegetación ya impedía distinguir palacios de puentes, calles de caminos, y ahogaba la voz humana que se volvía un crujir hueco, un repicar de madera, mientras los miembros se alargaban y tornaban rígidos, les salían raíces a los hombres de las plantas (nunca mejor dicho) de los pies y los sombreros de copa se volvían copas de los árboles.

Por último hicieron su aparición duendes, gnomos, troles, hadas, elfos, brujas, lobos, un gato con botas, Brunilda y hasta los hermanos Grimm en miniatura. En ese momento ya no quedaban habitantes sino maderos ahuecados los menos listos, fósiles vegetales los más viejos y retoños los bebés. Muchas damiselas ya eran arbustos con flores; espinos, los poetas y, los más agresivos, plantas carnívoras.

Entonces, el islote se volvió un bosque encantado a la deriva. Un velero verde en dirección al horizonte.

Sobre el autor

Rolando Aniceto

Rolando Aniceto

Rolando Aniceto es graduado de Periodismo de la Universidad de La Habana. Además de en Cuba, ha trabajado en medios de prensa de Venezuela, Estados Unidos y Reino Unido. Durante doce años se desempeñó como productor de la BBC de Londres, ciudad en la que reside. Sus relatos y textos han aparecido en los últimos cinco años en medios digitales de varios países.

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6 comentarios

  1. Leopoldo
    Leopoldo enero 05, 12:52

    tu imaginacion es paradigmatica, sigue asi…

  2. Francisco Alemán
    Francisco Alemán enero 05, 20:59

    Esperaba que a su regreso, en Salón del Trono y antes de exhalar el alma, el rey crayera lágrimas negras, pero veo que la impredecibilidad – o la educada voluntad del autor respecto a la paleta de colores- me ganaron la partida.
    Se agradece el delirante ejercicio de gramática, redacción, humor, del color de las lágrimas que no crayó el rey, y el finísimo toque dramaturgia que se aprecia en el texto.

  3. ILONA LA ORATE
    ILONA LA ORATE enero 06, 07:59

    Me siento muy representada por este texto, cuyo género no consigo adivinar. Este último hecho aumenta mi curiosidad, pues como actriz consigo verlo desde la estructura de un monólogo, que le quedaría bordado al personaje que interpreto aquí en Chile.
    Felicitaciones.

  4. Carlos Manuel
    Carlos Manuel enero 06, 12:34

    Me parecieron muy buenos, resalta un profundo dominio del idioma(en el primer caso de ambos, de ninguno) y un gran sentido del humor. Con esa imaginacion estas apto para crear realidades. Gracias por este regalo de monarcas ilusorios, o Reyes Magos.

  5. miguel de la rua
    miguel de la rua enero 06, 16:37

    Y esto es solo certeza, confirmacion de lo que se sabe desde el inicio. Rolando Aniceto es de los que miras a los ojos y sabes que escribe. Porque escribe como habla, habla como mira, mira como ama. Ama como lago azul que abarca la inmensidad de la nada en sus ojos azules como lagos que miran, escriben y aman.

  6. Asumpta
    Asumpta enero 10, 16:21

    Gracias a los cuentos de Rolando Aniceto he viajado a paises cercanos, imaginarios, y he alcanzado la lejanía de la cotidianidad, bella si es interrumpida por leyendas del alna, aborrecible cuando la rompe el estruendo que convierte la tinta en rojo con sabor y olor a sangre.

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