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Suéter verde, falda plisada

Suéter verde, falda plisada

Suéter verde, falda plisada
marzo 02
18:03 2014

En el calor y la modorra de la tarde, no reparé inmediatamente en su presencia. Trataba de leer el periódico, pero entre el movimiento del vagón y la somnolencia me costaba trabajo mantener los ojos abiertos. Era esa rara hora de la media tarde, pasada ya la salida de los colegios y antes de que las oficinas vomitaran sus enjambres hacia la calle, en que se puede encontrar algún asiento vacío en el metro.

Reparé en ella cuando un repentino frenazo me espabiló. Era exactamente igual a cualquier mujer en cualquier vagón del metro de cualquier ciudad del mundo, con un hijo pequeño fuertemente agarrado de la mano, y otro más grande a su lado como un aburrido escudero. Pero algo me hizo mirarla con más detenimiento. Al notar las pecas en su rostro y el cabello de un tono tan claro que parecía casi rubio, y en el cual pintaban ya las canas, el recuerdo se agitó en mi mente. Podía ser ella y no serlo, difícil dilucidarlo cuando todas las veces que la vi era como una fotografía: siempre la misma falda gris plisada por encima de las rodillas, el suéter verde con el último botón desabrochado, la camisa blanca, la mochila llena de libros y útiles, el claro cabello recogido en una coleta y el rostro limpio de maquillaje. El cabello y las pecas, casi sin lugar a dudas, eran los mismos. Apenas recordaba su estatura; era quizá la misma que la mía, tal vez algo más baja, aunque en ese entonces tendríamos 13 ó 14 años; yo crecí más, ella seguramente también lo hizo. Su cuerpo era ahora el de una mujer cuarentona que ha tenido hijos: las caderas anchas, el vientre un poco abultado y descuidado, los senos en declive; en el fondo nada distinto del mío, que mostraba estragos similares causados por el tiempo.

Supongo que la observaba con intensidad porque levantó la vista y me miró. Su mirada no me dijo nada pero, cuando bajó los ojos la manera como su barbilla apuntaba hacia el suelo, además de un dejo de ironía resignada en el asomo de una sonrisa, confirmaron mis recuerdos. Solo ella había sonreído así tras nuestros extraños encuentros en autobuses y en otros vagones del metro, como si lo inevitable fuese agridulce, como si lo inesperado hubiese sido predeterminado y solo desconociésemos el momento preciso y los actores involucrados. Nadie más me habría sonreído así al mirarla; nos habíamos reconocido a pesar del desgaste y los años y en ese breve baile se habían recreado bailes que tuvieron lugar en otros tiempos, en algo que para mí había sido un ansioso azar y para ella, quizá, una confirmación de la inevitabilidad de los encuentros.

La inmediatez de esa media sonrisa se desvaneció y ella tomó la mano de su otro hijo. De su gesto se borraba ya todo reconocimiento. Nada había en su camisa azul tipo polo, en sus vaqueros de madre cansada, en sus zapatos tenis que recordase a la jovencita del suéter verde y la falda gris plisada, aunque ella estaba ahí, oculta en algún resquicio, tal vez esperando sentir el contorno y el peso de mi cuerpo a su espalda o el apuro de mi respiración.

Casi sin falla, minutos antes de las dos y cuarenta y cinco de cada tarde, el autobús paraba en aquella esquina de la avenida Popocatépetl donde esperaban los grupos de muchachos y muchachas, junto con uno que otro adulto de aspecto cansado y hambriento. Abordábamos el autobús: los alumnos de la secundaria pública con sus suéteres verdes y sus pantalones o faldas grises, separados de los muchachos del colegio católico al que yo acudía. Cada quien con su cada cual, con el recelo de la adolescencia y de la pertenencia, los muchachos de la pública exhibiendo orgullosos su carácter de escuela mixta, y los católicos resignados a mezclarse hombres con hombres y a cazar alguna mirada furtiva de las jovencitas. Adentro del autobús, que iba siempre lleno, los grupos se separaban aún más, y los solitarios, como yo, nos arrumbábamos al fondo esperando ser ignorados. Fue ahí donde la vi por primera vez: para llegar hasta donde estaba había que ser habilidoso en el empujón, el codazo y la refriega. Raro que esos dos tímidos y apocados muchachos ―ella y yo― pudiésemos haber llegado tan lejos sin agobiarnos.

Tampoco recuerdo por qué lo hice; solo sé que en un determinado momento me había colocado detrás de ella, y que los saltos y movimientos del viaje rumbo a la Calzada de Tlalpan nos iban acercando cada vez más. No fue audacia sino inevitabilidad; una especie de fuerza de gravedad que nos puso en colisión, asteroide contra asteroide, momento encima de momento más allá de la voluntad o acicateados por la voluntad. Recuerdo que un truco similar, con una mujer adulta, me había costado una cachetada y la burla no solo de mis compañeros, sino de todo el pasaje. Tal vez sospechaba que una presa más joven sería más accesible.

El autobús cambió de carril para acercarse a la siguiente parada y en ese movimiento mi cuerpo se apretó a su espalda. Sentí el respingo de su conciencia antes que el de su cuerpo, y preveía otra bofetada o el insulto o un grito, pero solo me recibieron sus ojos iracundos. Bajé la mirada. En otra circunstancia hubiese retirado el cuerpo pero una inercia mayor que mi vergüenza me hizo quedarme inmóvil. Apretados los dos, envasados por los otros cuerpos del autobús cada vez más lleno y errático, hicimos el resto del recorrido hasta Tlalpan. Ella bajó del autobús con gran prisa y se perdió entre el río de gente que marchaba hacia la entrada de la estación Ermita. Cuando finalmente llegué al andén, no la vi más.

Ella se colocó en su lugar habitual. Yo me ubiqué de nuevo a su espalda, rozándola mínimamente, haciéndole sentir mi cercanía. El autobús enfrenó de pronto. Ella se echó hacia atrás. En parte era inercia, en parte hambre. Fue entonces cuando bajó la vista al suelo y vi el asomo de su sonrisa.

Pasaron dos días antes de nuestro siguiente encuentro. Yo me quedaba después de clase dos veces por semana para entrenar con el equipo de fútbol; ella tal vez abordaría el autobús como siempre o tendría otras actividades. La segunda vez la identifiqué en la parada, con su coleta, el suéter verde ciñendo unos pechos que ya se marcaban puntiagudos y firmes, y la falda gris plisada cubriendo los muslos que se adivinaban pálidos y suaves. La dejé subir primero. Ella no miró hacia atrás. Tal vez me intuía, o ignoraba mi presencia, o le resultaba irrelevante. De apretujón en apretujón, el viaje al interior nos colocó en el mismo punto de la primera vez. En esta ocasión yo mismo me urgía a pasar de largo, a no irrumpir en su espacio, a dejarla respirar. Casi lo hice. Pero de pie al lado de ella, el verde y el gris se me fundieron en una sola urgencia y mi cuerpo buscó el suyo. Esta vez no hubo mirada de ira. Hicimos el viaje en absoluto silencio e indiferencia. Mi vergüenza era ahora palpable: la cara me ardía. Pero no me moví. Y de nuevo escapó, al llegar a Tlalpan, entre la gente que buscaba ganarle la carrera a los otros.

Nuestro tercer encuentro tuvo lugar al siguiente lunes. Jugábamos a una misma adivinanza. Yo subí esta vez el primero, y esperé al lado de los últimos asientos. Ella se colocó en su lugar habitual. Yo me ubiqué de nuevo a su espalda, rozándola mínimamente, haciéndole sentir mi cercanía. El autobús enfrenó de pronto. Ella se echó hacia atrás. En parte era inercia, en parte hambre. Fue entonces cuando bajó la vista al suelo y vi el asomo de su sonrisa. Apreté un poco más. ¿Sintió mi endurecimiento, mi progresiva humedad? ¿Sentí la suya? El vaivén del camión nos marcó ritmos. Sus caderas se volvían expertas al paso de las esquinas. Olía su cabello. Sentíamos nuestras respiraciones.

Con el paso de los días y las semanas fuimos más audaces aunque nunca excedimos las posibilidades que el autobús nos otorgaba. No nos hablamos, no nos miramos ni se tocaron nuestras manos ni exploramos otras partes de nuestros cuerpos. Sus nalgas embonaban en mis ingles y se movían al ritmo del vehículo. ¿Alguien nos habrá visto? ¿Con alguien compartimos nuestra excitación?

Pronto el autobús se nos hizo poco. Ella comenzó a bajar más despacio y yo a seguirla más rápido. Fue cuestión de un par de días para que estuviésemos en el andén al mismo tiempo. Descubrí que viajábamos en la misma dirección y que mediaban solo tres estaciones entre la suya y la mía. Tal vez entre nuestras casas no distasen más de dos kilómetros.

En el andén no nos juntábamos. Nos sabíamos cercanos sin vernos. Yo buscaba el extremo del andén, ella se acercaba algo más al centro. Cuando llegaba el metro, acortábamos la distancia. Con un poco de práctica nos encontrábamos en el mismo vagón, y con más práctica en el mismo sector dentro del vagón. Iba tan lleno el metro como el autobús. Había otras chicas, quizás más hermosas, más sensuales; había otros muchachos más altos, más atléticos. Entre aquella confusión de cuerpos, apretones y manos que buscaban alguna seguridad contra el movimiento del metro, ella y yo éramos intencionales y silenciosos. Continuábamos el baile, lo único que había cambiado era la pista. Urgidos por la cercanía de los hogares, nos apretábamos más, siempre sin buscar las miradas o los reconocimientos. Por toda novedad, mi muslo a veces conseguía separar los suyos para darle otro punto de referencia y otro goce. Sus caderas respondían con variaciones en sus movimientos y roces, pero era el movimiento del metro, el vaivén de los vagones el que nos llevaba a un mundo que por solo unos minutos, bajo un telón de vergüenza, culpa, ansiedad y excitación, era nuestro y ajeno al hambre, a la prisa, a las grandes humillaciones y las pequeñas victorias de dos alumnos de secundaria, a los exámenes de matemáticas y geografía, a las tardes de aguacero y televisión.

Al llegar a su estación bajaba a toda prisa. Su lugar era ahora ocupado por mi mochila, con la que apuradamente trataba de ocultar mi excitación. ¿Entraría ella en su casa como yo, a toda carrera, sin saludar, aventando las cosas al piso, para poder encerrarse en el baño? ¿O esperaría a la hora de la tarea, encerrada en su cuarto, con la música a todo volumen? ¿Hablaría de mí con sus amigas? Yo nunca lo hice con los míos, mucho menos con mis hermanos o mi padre. Pensaba en ella de rodillas en el confesionario, susurrándole al cura mis múltiples tocamientos pero sin mencionarla, y tocándome en la oscuridad del cubículo mientras pensaba en ella, y en la manera como su falda gris plisada se vencía a mi embate.

Admito que llegué a admirar su compostura. Yo ansiaba más, sin saber realmente cuál podría ser el siguiente paso. Tal vez ella tampoco sabía, pero lo disimulaba mejor. Alguna vez intenté acercar mi rostro a su nuca o poner mi mano en su hombro. En esas ocasiones, sin hacer aspavientos, sin gritar, sin enfadarse, ella se alejaba y me dejaba en evidencia. Esas ocasiones dolían menos que aquellas otras, escasas, en que había algún asiento disponible en el autobús o el metro que invariablemente ella tomaba, o en que alguien le cedía el lugar. De pie cerca de ella, sin atreverme a mirarle el rostro, agobiado por la frustración, sentía como una eternidad los minutos restantes del viaje.

No sé si a ella le llegó tan pronto como a mí el verano. En la premura del deseo, apenas me di cuenta de que quedaban unos cuantos días de clase; después vendrían los exámenes y luego el traslado para ambos, cada uno a su respectiva preparatoria. Ignoro si notó mis ojos desesperados y tristes. Sé que vi sus nudillos de por sí pálidos, casi transparentarse al agarrarse con furia a la barra. Eso fue un lunes, el último lunes. El martes los dos nos apretamos con más ganas y, en el metro, por única vez, ella dejó que mi cabeza tocara la suya y que mi aliento soplara sus cabellos. Sus nalgas se movieron en círculo perceptiblemente y su espalda se apoyó en mi pecho antes de la carrera alocada fuera del vagón y hacia las escaleras de salida. Miércoles y jueves me evitó, estoy seguro: o bien se apuró a salir más temprano, o se quedó en la escuela hasta más tarde. El viernes era la primera en la fila de la parada y cuando yo subí me esperaba, como siempre, al fondo del autobús. Su mirada, la única que me dirigió, me detuvo en seco. Un minuto más tarde un hombre cargado de bultos se levantó de su asiento para bajar del autobús, y ella ocupó su lugar. Al llegar a la calzada de Tlalpan bajó a toda prisa. No la quise perseguir. Arrastré los pies hasta el metro y lloré en silencio en el andén, dejando pasar varios trenes.

Doblé el periódico que no había conseguido leer y lo puse sobre mis piernas. El metro llegaba ahora a la estación Juanacatlán. La mujer tomó a sus dos hijos de la mano y salió, no sin antes dirigirme una rápida mirada de reojo. Dudé un instante. ¿Cómo seguirla, qué haría, qué le diría? ¿Sería capaz de avergonzarla frente a sus hijos, obligándola a recordar algo que tal vez ya habría olvidado? ¿O que no significaba nada más que las tonterías de dos adolescentes? Alcé la vista. Todo lo que alcanzaba a ver ahora era su cabello perdiéndose entre la gente que buscaba la salida. El metro cerró las puertas y continuó su viaje.

Sobre el autor

Gerardo Cárdenas Figueroa

Gerardo Cárdenas Figueroa

Gerardo Cárdenas Figueroa (Ciudad de México, 1962) es escritor y periodista, reside en Oak Park, Illinois (Estados Unidos). Es autor del libro de relatos “A veces llovía en Chicago” (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011), y edita el blog semanal En la Ciudad de los Vientos (gerardo1313.wordpress.com). También es director editorial de la revista Contratiempo, publicada en Chicago. Un cuento suyo obtuvo el segundo lugar en el concurso de narrativa erótica Los Cuerpos del Deseo (2012), patrocinado por Alexandria Library y Neo Club Ediciones en Miami.

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2 comentarios

  1. Bito perez perez
    Bito perez perez marzo 03, 20:35

    clase magistral de como se debe escribir un cuento!

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