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Sun Hee

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Sun Hee

Sun Hee
junio 17
00:54 2016

 

Silvano Bolaños sacude de su hombro derecho lo que supone es una hoja seca, y sin embargo siente algo pegajoso en la palma de la mano. A pesar de haber nacido en el Caribe tropical, para ser precisos en un archipiélago, Silvano tiene mucho Han dentro de su alma y vive con toda la amargura, el odio y el resquemor que caracterizan ese aura que rodea a los coreanos. Se pasea por las calles de una Habana que a pesar de la timba y el guaguancó también absorbe su Han y lo pone a bailar despacio las notas de un bolero amargo, desatendido por el dolor de los edificios en ruinas, la falta de higiene y hasta de educación, que es una de las tantas cosas que recrudecen su alma como una sopa de hiel. Huele su mano y con desdén sacude la mierda del ave sicaria que le hizo ese atentado a su impecable camisa blanca. Lleva su portafolio en la mano izquierda, camina derecho con paso firme, las mujeres lo miran y a veces hasta lo saludan porque reconocen a simple vista la amargura que irradian esos ojos que heredó de su abuelo, quien a su vez los heredara de algún general de la dinastía Joseon, quien tras haber luchado por años contra la entrada de extranjeros a Seúl decidió abandonar todo y largarse al Nuevo Mundo tras haber asesinado a su superior.

La mierda de pájaro no quería despegarse de su mano, así que con mucho disimulo se limpió en la baranda de un portal mientras seguía avanzando. A pesar de las líneas fuertes de su rostro, los hombres llegaban a confundirlo de pronto y tenían que rectificar porque reflejaba la belleza del mestizo con unas cucharadas de coreano, negro y español. Se detuvo frente al hotel Habana Libre, sacó su teléfono celular y actualizó su estado de Facebook.

—Sun Hee se siente amargada en medio de la calle…

Parpadea y el brillo de sus ojos verdes y achinados semeja el resplandor de una cuchara de jade. Nunca piensa cuando está en la calle, generalmente va como un autómata directo a su segundo trabajo. Revisa el móvil, aprieta el paso, tiene dos clientes que lo esperan, debe llegar y preparar su espacio, lucir impecable. No se agita, la desesperación es algo que no puede permitirse. Esta vez aprieta el rostro y su Han vuelve a brillar amargo como una nuez de cola. Pide permiso a la multitud que desde la acera intenta alcanzar la red wifi. Todos con las cabezas gachas buscando la luz en sus pantallas, persiguiendo la iluminación, el salto anhelado, salir del archipiélago, casarse con una gorda o irse a vivir a Malasia, de todos modos allá no piden visa pero hace falta dinero. Se sumerge en lo que imagina cada quien y rompe su regla de no pensar cuando está en la calle. Busca en el rostro de cada uno de estos avestruces de la modernidad y sonríe despacio, como quien quiere borrar su amargura. Absorbe otra bocanada de aire y se pierde en otra calle sin gente ni dispositivos móviles, tan distantes y fríos como las nieves de los glaciales.

Relato del libro ‘Cómo se mata a un toro y otros cuentos’, de Luis Jiménez Hernández, que Neo Club Ediciones presentará en el Festival Vista de este verano en Miami

Entra a su segunda oficina, suspira, cierra la puerta y se dirige a un pequeño camerino donde comienza a desnudarse. Va poniendo sus vestiduras una por una sobre un pequeño banco en la esquina de la habitación. Se detiene en la mierda del pájaro y sufre en silencio. De un pequeño escaparate extrae un hermoso vestido de seda roja y una peluca. Todo debe hacerse con precisión, maquilla su rostro de blanco y encima de eso se convierte en un artista y va trazando líneas delgadas, afinando otras que ya existían. Deja en el mismo rincón en que colocó su ropa a Silvano Bolaños y su Han, ahí deja el dolor de una vida de mierda en una ciudad de gente loca y desorganizada, la conexión con el mundo exterior entre los transeúntes alocados que textean, y siente que su corazón deja de estar oprimido. Hace un ademán y se mira en el espejo, se reconoce despacio: ahí están la bondad y la felicidad. Ahora es la coreana más linda de toda La Habana, digna de todos los emperadores y a la altura de todas sus concubinas.

—Sun Hee, sus ojos son más bellos que el jade…

Imagina qué le dice su emperador mientras la tiende boca abajo, se siente la más grande de todas las meretrices de cualquier reino. Única y reluciente sin Han, con gemidos suaves dejaría los restos de esa marca genética asquerosa que heredó de aquel oscuro general sangriento que era su ancestro, y suspira en su mente mientras siente la ecuación de su emperador taladrarla y estirarle los pliegues del culo. Tocan a la puerta, se incorpora y se revisa por última vez. Parece salida de una postal, el vestido impecable, las alhajas de oro relucientes cuando abre la puerta. Afuera la ciudad se desmorona bajo un sol que azota y adentro es el siglo XVI en Corea. Su cliente es un señor inglés muy amable que saluda en un coreano rústico y continúa en su idioma.

Sobre las sábanas doradas amarra fuertemente a su cliente mientras le explica las reglas y le deja saber que todo será como describe en su pagina de Facebook. Si desea algo más tendrá que hacer otra cita y pagar dinero extra. Agarra una fusta de montar a caballo y lo golpea en las nalgas. Las piel flácida tiembla como una piedra en el agua fangosa.

—A todos nos gusta que nos golpeen, Sr. Blackhat.

Va acomodando los golpes y la boca del señor inglés babea y puja a través de la pelota de plástico que no lo deja decir “suéltame” en caso de emergencia. Golpea con un látigo sobre los genitales una y otra vez y la piel blanca se torna de un tono morado berenjena. Sun Hee siente la adrenalina hervir bajo su piel, se percibe radiante, poderosa. Golpea y coloca pinzas con electricidad leve en los pezones del señor Blackhat, que solo babea, y llora de placer y dolor. A él le habían recomendado a esta dominatriz habanera y bien valió todo lo que había costado llegar hasta la isla y el trabajo para comunicarse por Internet con Sun Hee. Jamás se había sentido así el señor Blackhat, otro golpe en los testículos le hace eyacular y cagarse a la vez. Despacio se retira la tensión de sus nervios.

El inglés entrega un sobre grueso a su dominatriz y muy humillado sonríe a medias, mientras se viste de prisa. Solo quiere irse, jamás pensó que esa mujer menudita fuera capaz, con tan pocos movimientos, de llevarlo a ese punto de degradación. Ambos llegan a la puerta y con gestos suaves se despiden. Sun Hee se cambia de vestido y esta vez escoge uno de seda blanca. Con una sonrisa de satisfacción se sienta a esperar. Dentro de su cabeza, sus pensamientos se mezclan con una melodía que no puede recordar. Y recuerda la mierda del ave en su camisa, piensa que podría ser una señal. Sonríe y recuerda también la mierda del inglés, tiene que contenerse para no masturbarse. No puede perder la compostura, queda trabajo por hacer.

Al sonar el timbre, se asegura de llegar a la puerta pronto. Ajusta el vestido, respira despacio y sonríe a un hombre alto de piel roja que le devuelve la sonrisa. Decía en la lista de citas que era americano, jamás había visto un americano rojo, sería un descendiente de indios. El inglés que habla es perfecto, muy limpio, apenas deja escapar un pequeño acento. Ella lo invita a pasar con amabilidad y lo conduce a otra habitación de sábanas azul cielo mientras le pide que se acueste, pero nada sucede como lo había planeado.

—Mire, aquí está lo acordado —sonríe el indio mientras Sun Hee se niega a recibirlo… aún no ha hecho su trabajo.

Un golpe en la cara con el dorso de la mano hace que Sun Hee caiga al suelo con la nariz rota. No reacciona. Una patada en el área abdominal le provoca un chillido. Intenta levantarse pero no puede, desde abajo mira las piernas fuertes del indio americano. Esto no era parte del acuerdo, ¿por qué le golpea? ¿Acaso quiere golpearlo y después ser golpeado? El ojo izquierdo comienza a ponerse morado en el rostro de Sun Hee y otra patada en la boca la hace desvanecerse; siente rabia, odio, placer, furia y una erección descomunal que puede descubrirlo. Se pone en posición fetal acurrucándose en un rincón de la pared.

—¿No le gusta que la golpeen, mi reina? No a todos nos gusta…

Silvano Bolaños tiene la vista perdida en el vacío de la pared, siempre supo que este día iba a llegar, que se encontraría sin fuerzas y abofeteado por las perversiones de ella, pero él solo quería abandonar ese odio y rencor que lo abrazaba todos los días, la maldita amargura. Ella había forzado sus pasos, tantos sueños, tantos deseos dentro de su cabeza, años y años desde la adolescencia guiando su mano a los lugares más prohibidos de su cuerpo para convencerlo de que era lo correcto, que un día sería Sun Hee, la meretriz más grande de todas, la puta loca y agresiva que golpeaba a todos, la que los hacía gemir de placer con sus juguetes. La odiaba con todo su Han, siempre hacía lo mismo, maltratarlo, violarlo. Y ahora estaba este indio que parecía un búfalo americano. La golpea y no quiere reaccionar, no quiere defenderse, prefiere aguantar los golpes.

El indio se dirige a la puerta arrastrando a Sun Hee, y abre a un hombre de pequeña estatura y muchas pecas; no dicen nada, solo mueven la cabeza. Arremeten ambos a golpes hasta que ella se desmaya; luego la colocan en la cama, la amarran, ponen electricidad en su lengua y sus orejas, la hacen despertar por el impacto eléctrico. El miembro de Silvano Bolaños se pone duro mientras Sun Hee grita horrorizada por la corriente. El rostro del hombre descubre que es un travestido y lo escupe, da más potencia a las tenazas eléctricas y le hace retorcerse con las quemaduras.

Los lóbulos de Silvano Bolaños caen quemados sobre la cama y un hilo de sangre corre sobre su rostro. Piensa en sus dos hijos, en su bella esposa, en cómo no ha logrado amar a una mujer tan hermosa por culpa de Sun Hee. Esta vez se dejará llevar por sus instintos, no se defenderá. Sun Hee no lo va a seguir usando como su puta, no a él que es el heredero de un general coreano. Prefiere morir y que todos esos golpes sean la purga de todos sus pecados, el amor de sus hijos a los que a veces disfruta jugando a la pelota en la hierba verde del patio. Piensa en su vida, una horrorosa puesta en escena, su esposa lo engaña y lo sabe pero también lo busca en la intimidad. Ella sospecha, en alguna ocasión debe intuir los destellos de Sun Hee.

Con otro golpe en el estómago, siente que se caga en los pantalones. Silvano Bolaños piensa que debió saberlo, debió comprender que la mierda del pájaro no era más que el aviso de algo malo por venir, la señal de algún dios olvidado que lo cuidaba de forma imperceptible. Y ahí estaba sobre la alfombra del suelo soltando chorros de sangre, sintiendo su Han amargo, loco por levantarse y arrancarle el cuello a los dos hombres que lo atacan por ser Sun Hee, y traga en seco. La peste invade la habitación. Vomita. El indio se tapa la nariz, lo escupe y agarra un pañuelo de seda mientras el otro lo va desnudando y lo arrastra. Lo amarran por el cuello a la pata de la cama y ambos sonríen con maldad, dos animales insatisfechos que vinieron de tan lejos solo a joder a Sun Hee, maldito gringo asqueroso de ojos viles. El pene de Silvano Bolaños está erecto, firme apuntando al techo como una lanza, sin temores ni preocupaciones. Los latigazos lo hacen estremecerse, eyacular, descubre que quiere vivir mientras su cuerpo se expande de placer y por un segundo siente paz. Cierra los ojos y piensa que quiere llevarle todo ese dinero a su mujercita, correr hacia sus hijos y no quedarse ante este futuro incierto en esa habitación con sus dos perpetradores. Los hombres no hablan, solo lo golpean, lo queman, le dan electricidad y se ríen de ella y de él, de su Han que ha desaparecido con el dolor y el placer. No quiere morir allí, en su segunda oficina, porque sabe que nadie lo encontrará en meses. Solo quiere vengarse de Sun Hee y regresar a casa aunque siga escapando en la madrugada a buscarse amantes borrachos.

Silvano Bolaños deja ir sus fuerzas. Los americanos se masturban delante de él y echan el semen sobre su rostro, lo vuelven a escupir solo para subrayar que ellos son los que mandan. Le arrojan el dinero encima y lo embarran de su propia mierda mientras van pegando el dinero, mientras los semblantes de los héroes de esa otra nación se pintan de marrón junto a las marcas violáceas en el rostro de Sun Hee. La puta está herida en su amor propio, pasarán muchos meses antes de que vuelva a poner su foto en Facebook.

—Espero que le haya gustado señorita Sun Hee —dice el cara de búfalo.

Sun Hee apenas puede abrir los ojos, se siente avergonzada y debe ser cuidadosa la próxima vez. Al menos sigue viva dentro del inútil, y eso importa mucho más. Los hombres ya vestidos se alejan hacia la puerta sonriendo, fumándose un cigarro con descaro. Silvano suspira, tiene dos costillas rotas que no lo dejan respirar. Solo quiere liberarse, meterse en la ducha y comenzar a llorar. Pero se aguanta y no deja que se le note la desesperación, su Han ha regresado, el odio, la amargura hacia todo lo que le rodea se apodera de él y le empuja una carcajada amarga: se había vengado de Sun Hee, estaba humillada, la sentía jirimiquear en su cabeza por las uñas rotas y toda la mierda untada en el rostro. A ella, a la meretriz, la mejor de todas, la sentía soltando el corazón en sus sollozos.

El indio regresó con el rostro calmado y se le quedó mirando. Con un gesto cariñoso sacó una navaja y escribió con letras pequeñas en las nalgas de Silvano Bolaños: “T. J”. Y se retiró silbando una canción infame, como quien se ha comido un dulce y se siente feliz. Sun Hee se fue desvaneciendo y, mientras la puerta sonaba con estruendo al ser cerrada, Silvano Bolaños cerró también los ojos: las pequeñas líneas donde estaban sus ojos radiantes parecían dos reflejos de jade que se apagaban al unísono. Sonrió con una dulzura imperceptible, casi femenina.

Sobre el autor

Luis Jiménez Hernández

Luis Jiménez Hernández

Luis Jiménez Hernández nació en Cuba en 1978. Es poeta, narrador y ensayista. Director y fundador de la revista digital Zektorzero, ha obtenido varios premios nacionales e internacionales. Textos suyos han aparecido en Argentina, México, España, Nicaragua y Cuba, en publicaciones como la revista Crítica, de la Universidad Benemérita de Puebla, La Gaceta de Cuba, MarcaAcme y otras. Reside en Estados Unidos.

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1 comentario

  1. Oliva
    Oliva junio 24, 18:36

    Asi estan las cosas. Este personaje es dificil. Cubano y asiatico. Padre de familia y trabajador del sexo. Hombre y mujer. Dominatriz y dominado. Se te puso intenso el guión bro. La Habana esta de bala.

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