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Teatro en Miami, una necesaria biopsia terapéutica

Teatro en Miami, una necesaria biopsia terapéutica

Teatro en Miami, una necesaria biopsia terapéutica
noviembre 23
04:50 2014

He querido llamarle “biopsia terapéutica” –y no “autopsia” – a este análisis crítico, porque el teatro en Miami está vivito y coleando, no muerto ni moribundo, pero considero que necesita una terapia de choque para que encuentre el camino hacia una mayor aceptación del público, sin menoscabar la calidad, por supuesto.

Llevo catorce años en Miami, y durante este tiempo he visto la mayoría de las obras teatrales que se han presentado aquí, sea como espectador o como miembro del jurado de varios festivales teatrales, como el Festival Internacional de Teatro de Pequeño Formato (tres veces) y el I Festival de la Escena Gay, y como regla general puedo decir que hay una tendencia muy marcada a poner obras oscuras, densas, retorcidas, sin una historia lineal bien contada –o de atrás para delante, pero coherentemente hilvanada–; en fin, lo que yo llamo un teatro “metatránquico” o “metatrancoso”, para decirlo con las mismas palabras con que los espectadores califican a estas obras tremebundas y sórdidas. Y como soy enemigo de mencionar el milagrito sin nombrar al santo que lo provocó, pondré varios ejemplos que reseñé críticamente en su momento: Chamaco, Talco, Nevada –la trilogía de Abel González Melo–; La orgía, Si vas a comer espera por Virgilio (una verdadera pesadilla), Sangre (escuché que falta Semen), y como jurado de los festivales mencionados tuve que ver cosas este año como El espejo –traída desde México, por eso aclaré “teatro que se presenta en Miami” –, donde no le encontré ni pies ni cabeza a lo que vi.

Si yo, que asisto regularmente al teatro, cuando estoy viendo una de estas obras me pregunto: “¿Y esto no se acaba nunca?”, ¿qué dejaremos para los que no tienen la costumbre y van por primera vez? Esos no volverán jamás a poner un pie en ese teatro, y correrán la bola, que es peor.

No todo es oscuro y sórdido en los escenarios de Miami, aunque sea una tendencia bastante generalizada. El grupo teatral El Ingenio, dirigido por Lilliam Vega, ha puesto obras como Bodas de sangre y Un tranvía llamado Deseo, en las que se siente la vida transcurrir en escena, como es en la realidad, aunque el final sea muy dramático; Marisol Correa en su Teatro Trail ha encontrado a mi juicio el justo medio entre ese teatro metatránquico, de tesis, “experimental”, y las astracanadas del Teatro de Bellas Artes y de Un balsero en París, con puestas como las de El Ingenio y las de Alexis Valdés –El cavernícola y Oficialmente gay, por mencionar solo las más taquilleras–;el Microteatro del Centro Cultural Español ha hallado una fórmula muy “decente” para atraer al público al teatro como si fuera a ir al cine, con textos inteligentes, bien contados y actuados, y Belkis Proenza, en su Casa del Téatro, ha realizado un primer festival de la escena gay –del que fui miembro del jurado–, donde casi todas la obras eran historias amenas, muy actuales e interesantes, sin “cortarse la venas”; ¡ah!, y también Sandra y Ernesto García, en la tristemente desaparecida sala de su Miami Estudio, lograron puestas relevantes como La última parada y Oda a la tortura; al igual que Yvón López Arenal, directora de Akuara, con Contigo pan y cebolla y El día que me quieras, por mencionar solo algunas.

Yoshvani Medina, a su vez, logró que a ArtSpoken acudieran actores reconocidos de la televisión, como Gabriel Porras, Rosalinda Rodríguez, Sonya Smith –entre varios–; algo que tanto El Ingenio como Microteatro han conseguido también, lo cual es otra manera “morbosa” y muy válida de atraer al público al teatro. El malentendido, dirigido por él, es un buen ejemplo de teatro bien contado, aunque a veces Yoshvani tiene tendencia a la “metatranca”, tanto en lo que dirige como en lo que presenta.

Dejando a un lado el escabroso tema de los textos oscuros y retorcidos, muy bien actuados casi siempre, como en el caso de La orgía, mencionaré otro aspecto que puede ayudar a incrementar la afluencia de público a nuestras salas teatrales: el costo de los boletos.

Si se rebaja el precio de los tickets de $25 a $15, y se le dan descuentos a los estudiantes y a las personas de la tercera edad hasta de $10, estoy seguro de que la venta se duplicará, y es preferible sala llena a $10 que solo cuatro personas a $25.

Otra cosa que se puede hacer es llevar el teatro a las escuelas y universidades, aunque sea gratis, para abrir esa ventana a los niños y jóvenes, y crearles el hábito de ver teatro.

Como ya escribí en la carta editorial de la revista Caritate de octubre, dedicada por cierto a “los actores y actrices que viven para el teatro, pero que no viven del teatro”, en Miami y en muchos otros lugares no se pagan los ensayos y la mayoría de las veces la taquilla deja magras ganancias, así que hay que amar mucho las tablas para dedicarse a ellas en nuestros lares.

A todos los actores y actrices de Miami, de Hispanoamérica y del mundo, les mando un gran abrazo fraterno, y mi agradecimiento por ser, por estar y por no tirar la toalla.

Ojalá que esta “biopsia terapéutica” ayude a los directores y escritores de teatro a encontrar ese justo medio que haga que la taquilla sea más generosa con tanto esfuerzo y amor.

Sobre el autor

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín (Matanzas, 1955). Ingeniero estructural, en 1987 fundó en La Habana el grupo “Arar” (Arte y Arquitectura). Tiene publicados “Amaos los unos a los otros” (Betania), “Esperando el velorio” (Alexandria Library), “Calentando el bate” (ZV Lunáticas), “Una vida, un tren”, (Alexandria Library) y “Visión 21/21”, (Linden Lane Press), entre otros libros. En 2008 creó la Fundación Apogeo para el arte público, y en 2013 la revista cultural Caritate, tras casi cuatro años como columnista y jefe de redacción de la revista Venue. Es corresponsal en Miami de la revista Newsweek en español.

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