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Tiempos modernos

Tiempos modernos

Tiempos modernos
septiembre 30
16:04 2013

Después del 2010, cuando la profecía maya falló tras vislumbrarnos un fin o reciclaje de todo, es dable preguntarnos en qué mundo vivimos. ¿Qué nos separa y aproxima de los “Tiempos Modernos” de Chaplin,  “1984” de Orwell, el “Mundo Feliz” de Huxley y “Nosotros, los otros” de Zanyatin? ¿Qué de nuevo nos ofrece la vida real, tras la caída del Muro de Berlín (1989) y el derrumbe de las Torres Gemelas de New York (2001)? ¿Podemos considerarnos actualmente más felices y libres tras dos mil años de historia mal llevada?

En primera instancia, el axioma maquiavélico –el fin justifica los medios-  es lo menos que ha cambiado en un mundo que tiene nuevos amos y rostros, y más de lo mismo, utopías defenestradas, maravillas técnicas  y la ingénita miseria del ser y la nada. Aunque es más fácil salir del clóset y declararse gay, travesti o ateo públicamente, hacer huelgas en cueros, hacer lo que te dé la gana, en muchas sociedades subsiste la herejía ideológica y religiosa y el etnocidio: te pueden perseguir, encarcelar o matar si eres del bando desagradable. Hasta lo que llaman “políticamente correcto” –discurso bien visto— ha originado una corrosiva doble moral seudodemocrática y decadente.

“El subdesarrollo es un estigma incambiable en dos milenios, y para quienes no son ricos y habitan en las precarias economías latinoamericanas y africanas, los tiempos modernos son más de lo mismo, o peor”. Antonio Ramos Zúñiga

Se suponía que finalizada la Guerra Fría tendríamos un “fin de la historia” colmado de “pax americana” y jurisprudencia occidental, donde la economía consumista de mercado y la libertad plena configurarían las vidas en una escala global más placentera, sin los prejuicios que habían maculado el pasado, pues dominarían los derechos humanos, el progreso y la tolerancia civilizada. El globalismo lo haría posible. Pero no ha sido así, por la sencilla razón de que para muchos el paradigma no es Occidente, sino la opción islámico-coránica, el mandarinismo neomaoísta chino o la variante poscomunista light rusa. Ante el exitoso proyecto de la Unión Europea-OTAN-Euro, se alzó la barrera rusa. Los cantos de sirena del capitalismo popular globalizado chocaron con un neoliberalismo inaplicable en los miserables estados del Tercer Mundo, donde solo las élites viven bien y se multiplican los hambreados.

El “choque de civilizaciones”, así le llaman a la Babel actual, surgió como una pistola enfilada contra el “mundo feliz” y el nuevo orden. Si acaso tal choque existe, más allá de la antinomia cristiano-musulmana, fue la respuesta al desafío del terrorismo fundamentalista islámico, que encabeza el Talibán y Al-Qaeda, una de las novedades de nuestro tiempo. La destrucción de los monumentos afganos de Buda, en el 2001, por una ordenanza talibana, ya presagiaba hasta qué nivel llegaría el fanatismo de una parte del mundo que no acepta la connivencia con los “infieles” de Occidente. La genocida experiencia camboyana emparmaba con un duplicado más peligroso. El inimaginable ataque de suicidas musulmanes  contra las Torres Gemelas y el Pentágono reconfiguró los designios promisorios occidentales y desencadenó las guerras aún sin terminar de Afganistán e Iraq, así como develó otros peligros: la amenaza nuclear iraní y norcoreana, la crisis energética-petrolera siempre latente y la resurrección socialista del siglo XXI.

El mundo ha pasado de la peligrosa bipolaridad soviético-norteamericana del siglo XX al impredecible devenir de un globalismo heterogéneo, anómalo y tenso, con muchos problemas irresueltos del pasado, como la abolición de las tiranías remanentes, el problema palestino-israelí y la penuria africana. Japón ha sido desplazado por China como la potencia sucesoria de Estados Unidos, aunque nadie habla de una Alemania que domina la escena europea más poderosa que nunca, ni de la pujante Rusia de Putin, ahora capitalista, modernizada y desafiante. El terremoto en Haití ha revelado cuán frágiles y paupérrimos son los países subdesarrollados, aunque a veces se les invente una etiqueta  edulcorada llamándoles “en vías de desarrollo”. El subdesarrollo es un estigma incambiable en dos milenios, y para quienes no son ricos y habitan en las precarias economías latinoamericanas y africanas, los tiempos modernos es más de lo mismo, o peor. Medítese sobre las matanzas étnicas en Darfur (Sudán), el genocidio en Bosnia y la actual guerra civil en Siria, donde se ha usado el mortífero gas sarín. ¿Es que la humanidad es incapaz de buscar remedios para sus males, cruzadas y baños de sangre ancestrales?

Pasemos a este nuevo Siglo de las Luces narcisista, con sus maravillas tecnológicas: el Internet, los blogs, Google, Facebook, Twitter, Youtube, los celulares inteligentes, el iPad, los miniordenadores de nueva generación, las tabletas, el navegador GPS, la industria regida por robots, la comunicación satelital, Nintendo, el libro digital de Amazon, el 3D, la partícula de Dios, todo Wiki. Las facilidades para comunicarnos globalmente son un escalón hacia la realización de un planeta sin fronteras. Se ha llegado a decir que la sofisticación tecnológica ha permitido que haya menos muertes en las guerras, debido al uso de armas precisas teleguiadas. Este es el lado oscuro de la inventiva técnica, su aplicación bélica. Tras lo positivo, hay quien argumenta que la robótica y la computadora son propulsores del desempleo y de un estado de conciencia cibernético que reduce el compromiso social. No debe ser así, porque de hecho la computación es uno de los negocios que ha servido para llenar vacantes en la bolsa de trabajo y el mismo internet ha expandido los horizontes de la humanización y el monitoreo crítico. Obviamente, la computación y el internet no están al alcance de todos, menos en dictaduras como las de Cuba, Corea del Norte y parcialmente China.

Una faceta contradictoria de nuestra Belle Epoque es que al unísono, con las novedades tecnológicas que vuelven más fácil la vida, crecen las amenazas al modo de vivir estandarizado, debido a las crisis económicas (ahora se les llama “burbujas”), que repercuten internacionalmente. Nunca antes hubo tantos desempleados y países endeudados, ni tantas bancarrotas, ni los bienes de consumo fueron tan caros, ni proliferaron tantas legiones de emigrantes. Tampoco hubo una élite billonaria tan poderosa, un estamento político tan corrupto y una clase pobre global tan  multiplicada. Y para mal, no había una constante alerta de ataque terrorista ni tantos atorrantes mesías y defraudadores gobernando países ingobernables, sobre todo en el Tercer Mundo. Los ciudadanos sin dinero en los bolsillos, la clase media golpeada por la burocracia y los impuestos y los recrecidos guetos pobres de las naciones ricas son una realidad tan dramática como una visión armagedónica de Nostradamus/History Channel. Paralelamente a las desgracias cobran fuerza las actitudes antisistema, los ultra, retro y neos redentores: internacionalismo verde, antiglobalismo, neofascismo, tea party, nueva izquierda y nueva derecha, neocomunismo, socialismo del siglo XXI, la vuelta a Marx.

“Cualquier dirección que tome el loquero pudiera ser la mayor tontería o la conquista del paraíso, ¿quién sabe? Después de dos milenios de historia, muchos quisieran ser libres y felices. Pero este mundo loco, paradójico, automático, materialista y peligroso que nos tocó vivir, tal vez sea el mejor de los mundos imperfectos posibles”. Antonio Ramos Zúñiga

El hombre actual dependiente de la cibernética, manipulado por la Media y sus poll, convertido en una cifra, un “bill”, una carga para el Estado, ese ciudadano que cree en las utopías y forma la mayoría silenciosa, no ha cambiado mucho desde que Chaplin aportó su filme “Tiempos Modernos”; vive tal vez modernamente pero tiene que trabajar muy duro para sobrevivir en los espejismos del oasis. En los países ricos vota ilusamente para que lo respeten; y en los países pobres es quien cree ingenuamente en un cambiazo revolucionario. Hay que añadir que en nuestra época ese hombre se plantea nuevos futuros, busca soluciones, espera la segunda venida de Cristo o que un iluminador futurista lo conduzca a una nueva oferta social más agradable que el mundo que vive, al cual debe percibir inhumano y obsoleto, claro está.

El siglo XXI, en sus inicios, parece una transición. La era de Obama (socialización con capitalismo) y China (capitalismo con partido comunista) es parte de la ficción del cambio, dos entes entroncados en una “teoría de la convergencia” factible, pero que podría suponer un parto angustioso o una próxima revolución social. En realidad, ha vencido el gran capital a la filosofía. Todo huele a cash, a cultura de la pobreza, a zombie. Contemplamos una etapa signada por la anticipación de Matrix, la narco-cultura y la civilización del espectáculo, banalidad y tecnología portátil, futurismo antiheroico y rapero con antipoesía. Quizás la guerra anunciada entre Irán e Israel será la más caliente de la historia. Cualquier dirección que tome el loquero pudiera ser la mayor tontería o la conquista del paraíso, ¿quién sabe? Después de dos milenios de historia, muchos quisieran ser libres y felices. Pero este mundo loco, paradójico, automático, materialista y peligroso que nos tocó vivir, tal vez sea el mejor de los mundos imperfectos posibles.

Sobre el autor

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga es un periodista freelance, además de dedicarse a la arquitectura, la fotografía de viajes y la historia del arte. Actualmente investiga el patrimonio cultural de México, donde reside. Es miembro de la Asociación de Amigos de los Castillos de Puerto Rico y de la junta de editores de la revista Herencia, en Estados Unidos. Ha publicado en periódicos y revistas de varios países y recibido premios por sus trabajos. Es autor de "La ciudad de los castillos" (2006) y de las novelas "Cornatel, el secreto español" (2014) y "Bonos chinos. Todo se sabe en la vida" (2015).

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2 comentarios

  1. transhumana
    transhumana septiembre 30, 16:25

    un dos tres

  2. la nava de los locos blogger
    la nava de los locos blogger enero 04, 19:12

    777 transhumananmente. Ya se ven los frutos de la era de Obama, la vuelta de los Americanos en Cuba. Los bolos al basurero, los Castro tratando de evitar la hecatombe,
    el museo comunista cubano listo para el turismo Yuma.

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