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Tigres de papel de china

Tigres de papel de china

Tigres de papel de china
junio 25
02:27 2014

Los mismos de siempre. Los archiconocidos. También los escaladores. Las poses impenetrables. Los perfiles adustos. Las caras en las que impera el desdén más meticuloso, la indiferencia más rebuscada. Los rostros enfrentándolo como si no lo reconocieran, esquivándolo como si recordarlo fuese el craso error en el que nunca caerán o que por nada del mundo cometerían. Las mujeres que lo desconocen, que no saben quién es, quién sabe quién es, quién lo sabe, a quién le importa. Las viejecitas que lo compadecen. Sus parejas que lo abandonaron. Su televisor. Su colección de National Geographic.

La gente que ni lo busca para llorar sobre su hombro. Las calles sobre las que se estira como un leopardo desdentado. Su casa. Su futuro. Y los mismos de siempre. Los asalariados. Entrando y saliendo cuando se les antoja. Vendiéndose. Trapicheando. Tocando las puertas que hay que tocar. O retocar. O echar abajo. Tanta gente que se contonea sin recato, que se exhibe por las noches, que tiene éxito, que se cree exitosa. Esos arribistas. Esos miserables. Su madre. Su madrina. Las mañanas en las que no quiere levantarse. Las mañanas en las que lo que de verdad quiere es morirse. Las mañanas en las que continúa hablándole a la pared, contándole lo que le pasa.

Las mujeres que no lo ven, que pasan de largo, que no murmuran mirándolo de reojo. Las que no saben que existe, aquellas que ignoran que huele mal. Las oficinistas que le sacan las uñas. Las manicuras que no le arreglarían las manos. Las dependientas que no quieren verlo ni en pintura. Las mujeres que año tras año, día tras día, minuto tras minuto le han dicho que de eso nada, que cómo se atreve, que a quién se le ocurre, que qué bicho le ha picado: todas esas a las que si les preguntara se lo dirían. Las que nunca le piden la hora. Las que nunca jamás le dan las buenas noches.

Los mismos de siempre. Gatos callejeros haciéndose pasar por tigres de Bengala. Las marionetas. Los apologistas. El mismo escenario semana tras semana. El sol cayendo inmisericorde, golpeándolo como a un tambor despellejado. La atmósfera envolvente que nuevamente lo envuelve trazando círculos bochornosos, abochornantes. La peste. El escándalo. La putrefacción. La terrible anarquía de las siempre idénticas ochenta y cuatro casillas del siempre idéntico tablero desordenado. El ajedrez de la ciudad. El furibundo enroque de las colegialas a su paso.

La policía. La política. El asunto de la comida. Su madre se lo había dicho que tuviera cuidado, tantas y tantas veces que tuviera mucho cuidado. Su madre en paños menores dándole consejos, con los blumers agujereados dándole consejos. El mecánico del televisor. La vecina de enfrente. La señora de la esquina. El barbero de los altos. Tanta gente que no cesa de quejarse que no cesa de burlarse que no cesa de husmear que no cesa de estorbar que no cesa de entrometerse que no cesa de hacerle entender, de hacerle reconocer, de hacerle evidente su condición de cero a la izquierda. Tanta gente que percute, que se enquista, que maniobra a su alrededor. Toda esa gente.

Los mismos de siempre. Los que no piden permiso ni dan tregua. Los que insisten sin parar e insisten e insisten y se revuelven y toman por asalto los vestíbulos de las Casas de esto, de los Ministerios de lo otro. Tigres de papel de China. Monos que no paran de saltar sobre la misma rama del mismo árbol. Aquellos que van a las actividades. Quienes firman. Los cumplidores. Los equilibristas. Los calculadores de vanguardia. Esa gente destacada.

La primera mujer que lo dejó, fundamentando una tradición a la que ya no puede sustraerse. Su segunda mujer. Su dormitorio. Su tercer y último par de mocasines. El perro de su madre. Su biblioteca. El perro que apesta y mea y ladra y roe y brinca y defeca y se restriega contra él continuamente, y pertenece a su madre. Las horas que pasa frente al mar. El perro que una vez envenenó y se le aparece en sueños, con exasperante mansedumbre. El perro que no consiguió matar. Las sobrinas del carnicero. Su propia sobrina divorciada.

El libro que nunca termina de escribir, sobre el que siempre vuelve, y regresa, y se inclina ceremonioso, consternado. La obra que lo obsesiona, la historia que lo redimirá, la novela revolucionaria. El libro en el que cuenta lo que le pasa. Lo solo que se siente. Lo mucho que la mediocridad lo cerca, como un ejército muy bien apertrechado. Toda esa gente armada hasta los dientes, sus ambiciones, antifaces, desconstrucciones, sangre fría, alabanzas, parientes, sonrisas de circunstancia. Toda esa turba esgrimiendo sus viajes, sus trofeos, sus anécdotas, su mal gusto, sus novias autóctonas o foráneas. Los ojos por los que se pasea como una brizna de nada.

Los agitadores. Los decididos a llenar el espacio y el momento adecuados. Esa mafia que publica. Que tiene vacaciones. Que no tiene talento ni estómago ni madre ni falta que le hace. Su madre aconsejándolo contra la puerta del cuarto de baño. Junto a él en la foto de la boda, aconsejándolo. En la foto de la graduación, aconsejándolo. En la foto del bautizo, aconsejándolo. Las calles por las que se extravía como un tigre en cautiverio. Sus fobias. Sus pesadillas. La mujer de la mujer del carnicero. Esos mismos que siempre, desde siempre lo ningunean.

Él mismo nuevamente ante el espejo, nuevamente ante su rostro. Preguntándose por enésima vez por qué todo sigue igual. Por qué siempre sucede lo mismo. Qué le pasa a esa gente. Qué le pasa.

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“Tigres de papel de china” pertenece al libro “Cuentos de camino”, que reúne 17 relatos cortos del autor. Si desea adquirirlo en Amazon, debe dar clic en este enlace:

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Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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4 comentarios

  1. Callejas
    Callejas julio 01, 22:43

    Una meditación sobre la rutina socialista…

  2. Armando Añel
    Armando Añel julio 01, 23:44

    El sistema era, es, claustrofóbico!

  3. Joaquín Gálvez
    Joaquín Gálvez julio 06, 01:31

    Me ha encantado! Reconozco el ámbito y su náusea. También alguna vez me hice esa pregunta del cierre.

  4. Armando Añel
    Armando Añel julio 06, 11:26

    gracias amigo!

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