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Tiro al blanco

Tiro al blanco

Tiro al blanco
agosto 07
12:45 2014

El rostro de Pablo Arreola se desfiguró. La ráfaga de luz impuso una nueva simetría en sus mejillas marcadas por una vejez prematura.

Otro relámpago provocó una siguiente inflexión facial que convirtió su fisonomía en una esperpéntica réplica de Frankestein.

Al filo de las 9 de la noche, escrutaba la calle desde el segundo piso del edificio. Con los ojos colocados entre las persianas de madera barnizada, intentaba abarcar toda la calle sin conseguirlo.

Su posición solo le permitía recorrer una segmento mínimo de aquella vía, apenas transitable por el exceso de protuberancias y socavones.

Desde pequeño odiaba esas tiras incandescentes con las que ahora el cielo lamía la ciudad como el perro un hueso.

No cesaban los fulgores y eso le añadía puntos a su enojo. No obstante, se resistía a abandonar su atalaya.

Había perdido la cuenta de aquellos destellos que anunciaban los que él llamaba “los eructos de Polifemo”. Cada trueno parecía el anuncio del fin del mundo.

Supuso que muy pronto tendría que valerse de los intermitentes chispazos, en forma de flechas quebradas, para garantizar sus desplazamientos dentro del pequeño cuarto y también como una manera de mantener sus expectativas, ubicadas más allá del rudimentario ventanal.

No estaba errado en sus cálculos. El cese del fluido eléctrico se hizo realidad.

En el mismo instante que las bombillas de la herrumbrosa lámpara colgada del techo claudicaban ante las penumbras, un rayo invadió la locación con una irresistible fuerza. La cara de Pablo se engurruño hasta configurar las toscas proporciones de Quasimodo, el jorobado de Notre Dame.

Al abrir sus ojos, no atisbaba ningún objeto a su alrededor. Echó una mirada hacia la calle, sin conseguir un enfoque que derrumbara el muro de sombras que lo mantenía desconcertado.

El mobiliario era escaso. No había señales que denotaran una vida holgada.

Con solo fijarse en el viejo armario, la mesa con sus cuatro sillas de diversa procedencia, la cocina angosta y pobremente ambientada, bastaba para acreditar que  era el único huésped del apartamento 13 del edificio.

Su economía no le permitía reponer lo que faltaba en el mobiliario, ni reparar lo reparable. Sobrevivía de la reventa de condimentos naturales.

Santiago Arreola, un primo lejano, era el encargado de  comercializar la mercancía que Pablo le compraba a Agustín. Este último trabajaba en una cooperativa campesina.

Cada semana se apropiaba subrepticiamente de una determinada cantidad de ajo en polvo, hojas de laurel, comino, orégano y azafrán.

La lluvia arreció. Determinar algún movimiento u objeto a través de la ventana se convirtió en algo imposible. La pared de agua era tan espesa como su angustia.

Con un movimiento acompasado se separó de su atalaya.  Sus pies comenzaron un lento andar hacia la pequeña mesa situada en el flanco izquierdo de la cama.

De no ser por las intermitencias de los rayos, el cuarto hubiese parecido un local vacío.

Pablo levantó la mano a la altura de su rostro sin que pudiera tener una réplica exacta en sus ojos. La invisibilidad se acercaba al absoluto.

Tras percatarse de que padecía una ceguera artificial a raíz de la confluencia de penumbras, lanzó un suspiro largo, entrecortado por un trueno que desplegó en el interior de su pecho una cascada de vibraciones.

Debía confrontar su percance con una alta dosis de voluntad y la implementación de un plan alternativo de emergencia.

Extrajo de uno de los bolsillos del pantalón una cajetilla de cigarros arrugada.

A la manera del mago que extrae el conejo del sombrero, se las ingenió para sacar un cigarrillo con un acucioso gesto. La diminuta pieza estaba tan estropeada que parecía no resistir la tosca sujeción entre el pulgar y el índice. Temiendo apachurrarlo, lo situó en fracciones de segundo entre los bordes de sus labios.

El intento de recolocar la cajetilla en su lugar de origen, no tuvo éxito. El envase cayó al piso. Involuntariamente, y para colmo de males, lo golpeó con el pie derecho. Agachándose, palpó describiendo un semicírculo con su brazo derecho, sin toparse con nada sólido.

En ese momento anheló un oportuno relámpago, pero sus aspiraciones quedaron sin respuesta. Las nubes solo destilaban agua en cantidades industriales.

Las lengüetas de fuego que desfiguraban el paisaje nocturno y que le provocaban cierto pavor, habían desaparecido. Ideó en su mente un potente rayo.

Quiso traer con el pensamiento el hecho, pero la lluvia consiguió imponer su primacía en aquella noche de mayo.

Las gotas persistían en golpear la ciudad como si la odiaran.

El extraño sonido que surgía del azote de la naturaleza le provocaba una molesta sensación en su región abdominal.

El amplificado murmullo del aguacero activaba la región cerebral donde los miedos suelen cobijarse por tiempo indefinido.

La capacidad para atisbar la calle desde la ventana, seguía siendo nula. También sus oídos continuaban  al margen de una recepción ideal. No podía obtener ninguna evidencia sonora al margen del abrumador repiqueteo del agua sobre el asfalto.

Sus ojos seguían inundados por la espesa capa de sombras. Sus tímpanos palpitaban, sin cesar, con el endemoniado barullo de la tempestad.

Insistió en la búsqueda de la cajetilla de cigarros. Hincó sus rodillas en la superficie de mosaicos grises y con el torso flexionado hacia delante la mano se desplazó de un lado a otro sin toparse con ningún objeto.

Sin abandonar su posición, decidió avanzar un tramo para ampliar los límites de su exploración, con la desdicha de seguir atrapando no más que sombras.

A tientas llegó a la otra mesa situada en el lado opuesto de la cama. Sabía que era la que soportaba el peso del vaso con ron y el imponente Colt 45.

Un torpe movimiento del brazo hizo que el recipiente se precipitara contra el piso.

Al tratar de incorporarse Pablo perdió el equilibrio. Repentinamente cayó de bruces sobre la mezcla de vidrios y ron.  Una de las partículas de mayor tamaño se encajó en su antebrazo.

La punzada le paralizó el cuerpo. De acuerdo a la intensidad del dolor, pensó en una herida profunda que llegaba en el momento más inoportuno.

No quería detenerse en disquisiciones que le restarían ventaja en un acontecimiento a punto de concretarse.

Sin abandonar la postura de un perro, apoyó ambas manos en el borde de la cama.

El cigarrillo en su boca se había deshecho. En sus labios, levemente rociados de una película de sudor, quedaban algunos rastros de picadura.

Sintió un ardor en la desgarradura por donde las gotas de sangre salían a un ritmo discontinuo. No era un drenaje copioso, pero intuía que de no detener el flujo, las consecuencias serían  catastróficas.

Mientras se incorporaba, haciendo una mueca que describía la intensidad del dolor,  profirió una frase ininteligible.

No lograba poner en orden sus pensamientos. Ya de pie y sin saber qué rumbo tomar, una acción se posesionó de su mente.

El revólver debía estar en su bolsillo o en su mano. Las circunstancias requerían esa precaución.

Se volteó y arrastrando los pies para prevenir un tropezón, se encaminó a lo que suponía fuera el sitio exacto que encabezaba, en esos instantes, el orden de sus prioridades.

Su rodilla chocó con el mueble de cedro que minutos antes soportaba el peso del revólver capaz de realizar los siete disparos en menos de diez segundos.

En el primer intento, sus dedos rozaron el cañón del arma. Lo tomó por la empuñadura y apuntó a un objetivo que la oscuridad mantuvo en el anonimato.

Al alzar el brazo sintió algo parecido a una descarga eléctrica recorriendo todos los músculos que intervenían en la maniobra. De repente, un entumecimiento le obligó a retomar la posición inicial.

La preocupación que bullía en sus redes neuronales no permitía que advirtiera el cambio en la frecuencia del goteo de sangre que manaba del corte en la piel.

Al transcurrir un cuarto de hora, los latidos del dolor cedían ante el febril progreso de su impaciencia.

Nuevamente miraba, hacia la calle, con el arrojo de un cazador dispuesto a no fallar en sus propósitos.

Con el cañón del Colt mantenía levantada la persiana. Minuto a minuto notaba que el aguacero cedía en su violenta arremetida.

Aún no podía divisar nada. En un rapto de optimismo, confió en que la naturaleza terminaría con aquella zurra incontrolada y la luz, la imprescindible luz, dejara de ser la gran ausente.

De la espesura del silencio, brotaron unos golpes de nudillo. Al haber disminuido ostensiblemente, el pródigo lagrimear de las nubes, el eco de los contactos sobre la madera, se hizo más notorio.

Pablo giró la cabeza en dirección a la puerta. Aunque hubiese disfrutado de una suficiente iluminación,  le era imposible tener dentro de su ángulo visual a la rectangular pieza de madera, tras la cual otra persona dejaba constancia de su presencia.

Un temblor recorrió, a velocidad supersónica, todo su cuerpo.

No sabía si intentar desplazarse hacia la sala, y aguardar tras la puerta, o quedarse inmóvil junto a la ventana del cuarto, como una fiera aguardando por el momento preciso para asestar un ataque sorpresa.

–Pablo, sal de la madriguera. Eres una rata. Hoy llegó tu día. Vas a saber quién soy yo. ¡Abre, cobarde!

La voz llegaba distorsionada a los oídos de su destinario.

El autor de las invectivas hablaba sin estridencias. No quería llamar la atención de los vecinos. Su fin consistía en lograr que su contrincante hiciera gala del valor que, según él, deberían tener los hombres ante cualquier desafío, y se dispusiera a abrir la puerta.

El inquilino del apartamento 13 lanzó una mirada al vacío. Sus pulmones comenzaron a procesar una mayor cantidad de oxigeno. La respiración se aceleró.

Sabía que quien le instaba a comenzar el duelo empuñaba un objeto metálico. Al aguzar el sentido auditivo, descubrió el sonido de un arma blanca.

¿Un cuchillo, un machete, una cimitarra?  Era imposible despejar la incógnita, pero no pudo desembarazarse de ese inútil razonamiento.

El nerviosismo lo mantenía turbado. Trataba de discernir cuál sería la mejor alternativa, sin decidirse a nada.

Sus pies estaban como sembrados en el piso. Trató de iniciar la marcha. El primer paso fue tímido. La sandalia de cuero se desplazó apenas cinco centímetros hacia adelante. Algo líquido había bajo la suela.

Sintió un vahído y reculó para apoyarse en la pared. Ahora estaba de espaldas a la ventana desde donde había fracasado su vigilia.

–¡Maldita lluvia! Desde aquí lo hubiera fulminado con un par de disparos. Ahora el asunto es más complicado. ¿Le disparo a través de la puerta o lo enfrento como un hombre de honor, frente a frente? –Pablo reflexionaba sin apostar definitivamente por una acción que le pusiera fin a sus vacilaciones.

Apoyándose en la pared del pasillo que separaba el cuarto de la sala, el avance era tan irregular como su respiración.

No podía mantener en alto el pesado revólver. Alicaído y tembloroso, ganaba tramo a tramo su objetivo: la puerta que lo protegía de la furia de su rival.

El sudor se explayaba en su rostro. Todo su cuerpo estaba invadido de aquella película acuosa que amenazaba con llevarlo a la deshidratación.

Tragó en seco y juntó las comisuras de sus labios. Ansiaba llegar al lugar indicado y accionar el gatillo.

Dudó en poder lograr su propósito. Las penumbras le impedían visibilizar la puerta.

–¿Cuánto metros me faltarán? ¿Podré acabar con ese miserable?  –se preguntó en una breve parada.

Víctima de la desesperación, disparó cuatro veces. Del sitio donde se originaban las amenazas, surgió un alarido de muerte.

Por la tesitura, era la voz de una mujer. Los ojos de Pablo se inflaron al borde del estallido. El terror multiplicó su palidez.

 

——————————————————————

 

–Por fin maté a ese desgraciado –Pablo se regocijaba dentro de la camisa de fuerza tendido en una cama de hierro cubierta con una sábana verde.

Dos días antes, una oportuna transfusión de sangre lo había salvado de la muerte. Llegó al manicomio con un tono violáceo en la piel e inconsciente.

Aleida, la vecina del apartamento 14, fue enterrada sin dilaciones. No le extrajeron las cuatro balas de su cuerpo aún joven y dotado de una singular belleza.

Sus familiares quisieron sepultarla con los proyectiles dentro. El cadáver impresionaba. No pudieron cerrarle los ojos. La mirada era incisiva, lúgubre. Por eso no esperaron a que amaneciera. Antes de las doce de la noche estaba bajo tierra.

Sobre el autor

Jorge Olivera Castillo

Jorge Olivera Castillo

Jorge Olivera Castillo (La Habana, 1961). Periodista, editor y escritor. Premio Nacional de Literatura Independiente de Cuba. Entre otros, tiene publicados los libros “Confesiones antes del crepúsculo” (2005), “En cuerpo y alma” (2008), “Cenizas alumbradas” (2010), “Sobrevivir en la boca del lobo” (2012), “Tatuajes en la memoria” (2014) y “Antes que amanezca y otros relatos” (2010). Fue condenado a 18 años de cárcel en la "Causa de los 75" por ejercer el periodismo independiente. Actualmente se encuentra bajo "Licencia Extrapenal" por motivos de salud. Obtuvo una beca en la Universidad de Harvard en el 2009, a propuesta del English PEN, pero el castrismo impidió que asistiera.

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