Neo Club Press Miami FL

Tiro de gracia

 Lo último
  • Mi amiga Guillermina   Una idea fija también puede cambiar el destino de un fantasma. Pongamos el caso de mi amiga Guillermina. Ahora se le ha metido entre ceja y ceja que yo...
  • Primavera en París   No tiene que ser forzosamente un loco. Aunque lleva varias horas sentado en el parque de La Fraternidad, bajo el abrasante sol de julio. Más bien parece un hombre...
  • Sí, jefe   Al igual que yo, muchos de mis amigos odian a su jefe. Sin embargo, no creo que ninguno de ellos tenga un jefe como el mío. Trabajo hace 15...
  • Las deudas   Miró a su hermano menor con penetración, como miran los felinos, para decirle: —Te veo nervioso, suelta la botella que no va a pasar na. —Mira mi hermano, estoy...
  • ¿Genio o comemierda?   Después que Aristipo calificó como jugosa la muerte del comandante, la celebró con una caminata nocturna por el malecón, para disfrutar de tres cosas que no le había podido...

Tiro de gracia

Tiro de gracia
mayo 13
21:49 2016

 

Los tragos ya no quemaban. El Turco añadió esta vez menos agua para rebajar el alcohol, puso a los Credence en la grabadora y encendió otro cigarro.

—Coño, ¿no tienes otra musiquita por ahí más suave, que se entienda lo que canten? —preguntó Julio mientras sentía que se le empezaba a dormir la cara.

Resignado, el Turco sustituyó a John Fogerty por Kenny Rogers. Era lo más suave que podía soportar un sábado por la noche. Todo por la visita. Le gustaba que la gente se sintiera bien en su casa.

Su mujer había invitado a Julio. Trabajaba con ella en el frigorífico. Era CVP. Convenía estar en buenas con él para poder seguir sacando pollos y carnes cuando Julio estuviera de guardia. El tipo era del partido y tenía fama de ser cuadrado, pero habían hecho amistad. Sentían pena por él. Su esposa lo había abandonado. Se le había ido la mano en el zorreo con la rubita del almacén, 30 años menor.

—Bueno, dime, ¿cómo la estás pasando? —preguntó Luisa saliendo de la cocina con una bandeja de croquetas. Julio había cumplido años el jueves y ellos lo habían invitado a venir a la casa el sábado para celebrarlo.

—Mortal, esto es tremendo homenaje. Verdad que ya no hay gente como ustedes —dijo Julio, croqueta en mano y tomándose otro trago.

—Julio, dale suave no te vayas a emborrachar que no queremos cargarte —advirtió Luisa.

—No, hombre, no, que me voy a jalar yo, venga alcohol, que yo no me mareo, ni me da por vomitar ni hablar mierda…

—¿Y cuantos años cumpliste, Julio?—preguntó el Turco, sin demasiado interés, ya sin tema de conversación.

—Sesenta, aquí donde me ven…

—Coño, yo te echaba unos cincuenta cuando más.

—Sí, yo estoy entero. Me siento de quince —dijo mirando a Luisa de reojo.

—Ojala yo llegue a esa edad como tú, porque yo le tengo un miedo a la vejez del carajo —dijo el Turco, fingiendo no notar la mirada de Julio a su mujer.

—¿Y qué edad tú tienes?

—Cumplo 37 en septiembre.

—Ay, chico, cuando yo tenía 37 me comía el mundo. Ahora es y todavía me lo como. Lo mío son las jovencitas. De 40, ya son viejas para mí. Y respondo. La que me prueba, no me deja —y volvió a mirar a Luisa.

El Turco volvió a disimular, se empinó otro trago y dijo:

—Sí, pero yo no voy a llegar como tú… La gente de ahora estamos mal alimentados, con tremendo stress y tomándonos este alcohol… si llegamos es en silla de ruedas.

—Qué tú hablas, muchacho. Tú no sabes la que se pasaba antes. Por eso, a mí hay que matarme por la revolución. Con período especial, sin rusos, con bloqueo, como sea… Esta revolución es muy grande. Lo único malo es que se le afloja la mano. Aquí hay que fusilar a unos cuantos singaos para que tú veas que se acaba la bobería y la gente no habla tanta mierda…

Fue entonces que el Turco puso en la grabadora un casete con blues de B.B King.

—Quita eso, por tu madre, que da ganas de cagar —dijo Julio—. Oye, tú eres enfermo a la música yuma, en mis tiempos hubieras caído en la UMAP. Como le di patadas por el culo a tipos como tú.

Luisa volvió a la cocina y el Turco preguntó:

—¿Y tú fuiste guardia en la UMAP?

—Sí, me mandaron castigado por templarme a la mujer de un sargento. Fue cuando me sacaron del pelotón…

—¿Qué pelotón?

—El de los fusilamientos, en La Cabaña.

—¿Y tú fusilabas?

—No, yo era el que dirigía la escuadra y daba el tiro de gracia. Uno solo, aquí, detrás de la oreja…

—No jodas, Julio, ¿cómo podías? ¿No sentías cargo de conciencia? —preguntó Luisa, de regreso con más croquetas en la bandeja.

—¿Y por qué no iba a poder? A nadie lo fusilaron por gusto. Todos eran unos singaos enemigos de la revolución. ¿Por qué no iba a poder? Si había una mujer que dirigía un pelotón y daba el tiro de gracia ella misma. Y buena que estaba. ¿Cómo no iba a poder yo? Por la revolución yo hago cualquier cosa…

—Pero, no te sentías mal, ¿no te remordía la conciencia? —preguntó Luisa.

El Turco, muy serio, con la mirada perdida, escuchaba The Thrill is Gone.

—Mira, te voy a decir la verdad. Al principio me impresionaba. Luego, me llegó a gustar. Cosas de muchacho. Yo era muy jovencito. Gozaba con los que lloraban, como unas putas, pedían perdón, a veces hasta se meaban del miedo. Otros eran gallitos y gritaban en el paredón cualquier mierda que se les ocurriera. Entonces me daba roña. Pero siempre me sentía poderoso. A veces, hasta se me paraba con el disparo. Ahí empecé a preocuparme y a pensar que eso no era normal. Aunque la verdad que a mí se me para de nada, con cualquier cosa…

Ya le era difícil enfocar a Luisa, que era a la única que miraba. El Turco había pasado de los blues a Ozzy Osborne. Totalmente ido de la conversación del otro hombre y su mujer.

—Manda pinga, con esa musiquita… Por tu madre, ¿no tienes algo de El Puma? ¿O de José José? Bueno, para seguir el cuento. Fui a parar al siquiatra, porque me mandó la jefatura. Yo no creo en nervios ni ninguna otra de esas mariconerías. Pero me alegró que me dieran de baja del ejército. Ya estaba cansado de la vida militar… Con permiso, voy a mear y tengo con qué…

Trastabillando, se dirigió al baño. Cuando salió, todo daba vueltas. Las guitarras eléctricas de la grabadora parecían tocar desde el fondo del infierno.

Luisa acudió a sostenerlo. Temía que se cayera. El la rechazó y deslizó su mano por su muslo:

—Oye, yo soy un hombre. El que tú necesitas…

—Suelta, Julio, qué coño te pasa. Mi marido te va oír…

—Ese es maricón, que me oiga, a mí que me importa…

El Turco regresaba del balcón en ese momento. A tiempo para escuchar a su mujer decirle a Julio que era tarde, estaba borracho, se estaba poniendo pesado y era mejor que se fuera.

—Sí, es mejor que me vaya, el lunes hablamos. Voy echando…

—No, mi socio, no te puedes ir así—dijo el Turco levantándose y apagando la grabadora—. Te voy a acompañar.

—No, qué cosa es eso, yo soy un hombre y voy por mis pies…

—Así no te puedes ir solo, yo te acompaño.

—Oye, que no, consorte —dijo saliendo por la puerta. El Turco salió tras él. Lo recogió del suelo. Estaba sentado en el tercer escalón. Lo levantó por los sobacos, sin ceremonias.

—Vamos, cojones, camina y no hables más mierda.

—Oye, ¿con quién es eso?

—Contigo mismo, dale, camina.

—No, no, eso no es así…

—Oye, esto es como me salga a mí, camina, cojones.

Julio se apoyó en un poste y lo miró de arriba abajo.

—Oye, oye, como es esto…

—Oye, esto es que tú eres un viejo maricón, chivatón, descarado y asesino…

—Mira, peluo maricón, te despingo…

—Sí, ven, que tú lo que me vas a fusilar es la cabeza de la pinga…

El primer puñetazo lo tiró Julio. Perdió el equilibrio, pero no cayó al suelo porque su cara chocó con el puño del otro.

—Llévalo, que ese es el único piñazo que te voy a dar. Lo que tengo para ti es un repertorio de galletazos, porque tú lo que eres es una puta vieja—y le dio el primero de los bofetones anunciados:

—Vaya, para que respetes a las mujeres de los hombres.

El Turco parecía otro. Julio, arrinconado contra la pared de una bodega, también.

—Déjame, coño, que yo no te he hecho nada…

—Camina, vieja chivata, maricona… —y los bofetones siguieron. Uno cada vez que cruzaban una calle. Hasta que Julio cayó al piso. Resbaló en su vómito.

Faltaban unos trescientos metros hasta su casa. Julio no se resistía ya, solo se quejaba. La calle estaba desierta. El Turco lo condujo apoyado en su hombro hasta la casa. En la puerta, le metió la mano en el bolsillo, sacó la llave y abrió la puerta. A empujones, lo entró. Frente al televisor, volvió a caer. Desde el piso, le suplicó:

—No me mates, coño…

—No, quien te va a matar, si tú eres una puta—dijo el Turco mientras lo meaba minuciosamente. Primero la cara, después enfiló el chorro hacia el bolsillo de la camisa—. Eso es para que tú veas que no todo el que se mea es por miedo a que lo fusilen.

Luego, le dio una patada en el culo, a modo de despedida, y se fue con un portazo.

—¿Algún problema, compañero?—le preguntó un hombre con brazalete rojo y linterna que hacía la guardia del CDR.

—No, ninguno, Julio que se pone pesado cuando toma… Lo tuve que traer a rastras. Suerte que fue solo cuatro o cinco cuadras.

—Sí, el pobre, es tremendo compañero, pero está medio fundido desde que salió de las FAR.

—Ah, bueno, ya tú vez, no se puede coger lucha —dijo el Turco y se alejó rumbo a la calzada.

Sobre el autor

Luis Cino

Luis Cino

Luis Cino (La Habana, 1956). Escritor y periodista independiente. Perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Ha publicado en diversas revistas en el exterior. Es colaborador habitual de la página electrónica Cubanet.org y jefe de redacción de Primavera Digital. Obtuvo premio en el concurso de cuentos El Heraldo, convocado en Cuba por el Proyecto de Bibliotecas Independientes con un jurado integrado por Raúl Rivero Castañeda, Víctor Manuel Domínguez García y Hugo Araña Sanchoyerto. Reside en Arroyo Naranjo, Cuba.

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Video destacado:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  Orlando Fondevila

Permitidme

Orlando Fondevila

                Permitidme ser el poema del irrompible y tutelar secreto. Está en la estrella y no es la estrella. Está en la arboladura

0 comentario Leer más
  Denis Fortún

Fábula sumaria

Denis Fortún

                Una mujer que negocia brillos y artificios que se dice equilibrada que me sabe irresponsable melindrosamente redunda en titubeos conduce simulacros emigra

0 comentario Leer más
  Félix Rizo

Puertas

Félix Rizo

                Hay puertas que atropellan la noche otras que protestan por silencio y puertas que desgarran mil sonidos bajo las pesadillas de los

0 comentario Leer más

Festival Vista Miami