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Torofijo (epílogo del Plan A)

Torofijo (epílogo del Plan A)

marzo 10
17:30 2012

1-0_torofijoTras el fracaso del Plan A, enfocado en la fundación de la primera sucursal de la Unión de Escritores de Cuba en el exilio, el Agente Torofijo había caído en desgracia. No sólo era ya motivo de burla en los conciliábulos de los más recalcitrantes y verticales narradores de Cumberland, sino incluso entre los bardos indecisos, cuya dependencia provincial y/o pasado puntoCON facilitara sus intrigas. Hasta el poetante de la flecha de oro, vergüenza mayúscula, se daba el lujo de dedicarle poemetas, como si no bastara el rechazo general con que su presencia era recibida en los salones de Playa Hedónica.

Para colmo, a sus benefactores en el País de las Mandarinas ya no podía comprarlos con cajitas de arroz con puerco. Pacotilla, mucha pacotilla necesitaba para ganar tiempo en la isla prisionera, pero sus esfuerzos por implantar el Plan A lo habían consumido al punto de arruinar su única fuente de divisas, y una recaída de su esquizofrenia había complicado hasta lo indecible su futuro como agente. Desorientado en escena, perdido en el bosque de sus letanías, desapareció casi por un año. Hasta que la apertura del Club de la Refundación encendió todas sus alarmas, con la eclosión del cronista del Gran Salto como una señal inequívoca de que un Plan B se hacía indispensable.

El Club de la Refundación, más la seductora didáctica con que el cronista del Gran Salto esbozaba el signo de los nuevos tiempos, desesperaban al Agente Torofijo y sus jefes. Todos ellos comprendían que el éxito de un proyecto así podía mellar definitivamente el principal instrumento de chantaje emocional con que habían mantenido a su merced, por 53 largos años, al País de las Mandarinas y su periferia. La Patria. La Patria podía dejar de ser la Patria. Ya no habría que regresar, o invocar, o añorar, a la Patria, circunstancia inconcebible. El pasado, herido de muerte, miraba a Torofijo desde el espejo, yerto en su semblante de tenues rasgos mongólicos.  La Patria en el Club era uno mismo, horror de los horrores. Había que destruir “aquello”, ciertamente, aun cuando una atracción casi sexual empujaba al agente hacia el vacío engendrador del Gran Salto. Como una capa roja, el cronista bailaba siempre un paso por delante. Torofijo no podía alcanzarlo y, sin embargo, tampoco podía dejar de perseguirlo.

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