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Tosca, un magnífico Te Deum a Puccini

Tosca, un magnífico Te Deum a Puccini

Tosca, un magnífico Te Deum a Puccini
mayo 29
14:20 2014

El domingo 30 de marzo asistí en Miami a la representación de Tosca, por la Florida Grand Opera, y el sábado 17 de mayo lo hice en la capital checa, pero esta vez a cargo de la Ópera Estatal de Praga, en lo que considero una feliz oportunidad de poder ver una de mis óperas favoritas en dos escenarios tan diferentes y distantes, pero en ambos un magnífico Te Deum a Puccini.

Tosca es una ópera en tres actos, con música de Giacomo Puccini y libreto en italiano de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, cuyo texto está basado en el intenso drama La Tosca, de Victorien Sardou, estrenado en París por la gran actriz Sarah Bernhardt en 1887.

Cuando Puccini asistió a su presentación en Milán, también con la célebre actriz en el papel protagónico, le pidió inmediatamente a su editor, Giulio Ricordi, que adquiriera los derechos sobre la obra, pero estos habían sido ya vendidos al compositor Alberto Franchetti en 1893, y Luigi Illica fue el encargado de escribir el libreto.

Como después de algún tiempo Franchetti declaró que no estaba en condiciones de componer la música –¡gracias a Dios!–, Ricordi le pidió a Puccini hacerlo, y si bien inicialmente Puccini se mostró ofendido, el gran Giuseppe Verdi intercedió para convencerlo, y Puccini, tras haber terminado La Bohème,  comenzó a componer la ópera en 1896.

En octubre de 1899, luego de tres años de difícil colaboración y varias disputas entre Illica y Giacosa –los libretistas–, Puccini y Victorien Sardou, la ópera fue felizmente terminada, y se estrenó con gran éxito en Roma el 14 de enero de 1900, en el Teatro Costanzi, triunfo que no sorprende en absoluto, pues, 114 años después, el exquisito libreto sigue engarzando como fina joya en la genial partitura de Puccini, precursora –por los recurrentes leit motivs– de la música incidental que luego caracterizaría al cine sonoro.

Como detalle curioso, a finales de 1906, el 28 de diciembre para ser exactos, fue precisamente su asistencia a una ópera de Puccini, Madame Butterfly, la que –según algunos investigadores–  hizo caer en cuenta al ingeniero francés Georges Claude de que al naciente cinematógrafo le hacía falta precisamente un fondo musical que acompañara la acción –como en la ópera Tosca, que también ya había visto previamente–, por lo que se alió con León Gaumont, el precursor en Francia del cine, para poder dotar a las películas de una banda sonora, y en 1909 ambos franceses geniales inventaron así el cine sonoro, de tan impresionado que quedó Claude con las óperas de Puccini y con su música verista.

De Roma a Miami con amor

Esta es la tercera vez, desde que vivo en Miami (mayo del 2000), que la Florida Grand Opera, en su sede del  Adrienne Arsh Center for the Performing Arts, ofrece Tosca al público miamense, y en las tres ocasiones las puestas han sido extraordinarias, sobre todo la protagonizada en el 2006 –antes de su dramática pérdida de peso– por la soprano Deborah Voigt, puesta que contó además con unos decorados realistas formidables no superados en las dos posteriores.

En la puesta del 30 de marzo del 2014, la ópera –que Puccini concibió sin preludio ni obertura, como se haría en el cine sonoro después– comenzó con muy buen pie, pues tanto Adam Lau en el rol de Angelotti como Andrew Funk en el papel del sacristán –no hay personaje secundario sin importancia– aportaron sus bellas voces de barítono a sus caracterizaciones, si bien a Andrew le faltó un poco de comicidad en la interpretación de su jocoso tema, con el que Puccini relaja momentáneamente el dramatismo de la situación previa, para dar paso a la primera de las tres arias emblemáticas de esta ópera: Recóndita armonía, aria de gran intensidad vocal, que el tenor Diego Torre, como el pintor Mario Cavaradossi, interpretó de forma sentida y convincente, por momentos contrapunteada por las bromas del Sacristán en su “contramelodía”.

La aparición de Jouvanca Jean-Baptiste como Floria Tosca –acompañada por el tema de gran lirismo con que Puccini la caracteriza–  logró el impacto que este momento requiere, pues no basta la calidad vocal si la soprano no se cree el personaje, y Jouvanca en todo momento fue Tosca, tanto vocal como interpretativamente, con la única objeción de que sobró la segunda puñalada a Scarpia –no precisamente en el corazón, como indica el libreto– en el segundo acto.

Cuando en el dúo del primer acto Tosca le insiste a Mario que se encuentren esa noche en su casa de campo, la orquesta ejecuta el tema de Angelotti, indicando al oyente que Mario no puede acceder al pedido de Tosca ya que debe ayudar a su amigo, y este bellísimo dúo fue “vivido” magistralmente por ambos cantantes, incluso con risas por parte del público debido a los celos intensos que Tosca demuestra a causa de la modelo usada por “su” Mario para pintar a la madonna.

Aunque he visto Tosca decenas de veces, tengo que confesar que, al igual que sus intépretes principales en esta ocasión, viví y me creí la trama de principio a fin, sobre todo en el segundo acto, pero sigamos todavía con el primero.

Al Scarpia de Todd Thomas le faltó peso específico, tanto en lo vocal como en lo dramático, pues en el impactante Te Deum, que como todo el primer acto transcurre en la iglesia, Scarpia muestra, con su discurso evidentemente lascivo, su malsana pasión por Tosca, y Todd no aprovechó este momento cumbre del primer acto para imponerse, como actor y cantante, por sobre la orquesta, que fue la que más brilló en esta ocasión, bajo la excelente batuta de Ramón Tobar.

Dramáticamente, el segundo acto posee una intensidad tal que su dominio requiere de intérpretes a su altura, y en esta puesta, tanto Jouvanca como Todd y Diego se creyeron sus personajes y no defraudaron, ni a los espectadores ni a quienes los eligieron para sus respectivos s roles.

Jouvanca se creció en la emblemática aria Vissi d’arte, y Todd pulió su desempeño como el Barón Scarpia, el odioso jefe de la policía de Roma, tanto vocal como actoralmente. Una sola objeción, aparte de la segunda puñalada ya señalada: deben ser cuatro velas, una en cada esquina, las que Tosca sitúa alrededor de Scarpia después que lo asesina, y no solo dos, una enfrente y otra detrás, como ocurrió.

El tercer acto, resuelto de forma minimalista en lo referente a la escenografía, sin el Arcángel San Gabriel de fondo como en otras puestas más realistas, comienza con una introducción orquestal que describe los alrededores de Roma, y el canto de un pequeño pastor es precedido por una introducción que termina con la repetición en el registro grave de la orquesta de los tres acordes del motivo de Scarpia, un sutil presagio de que la participación de Scarpia en el drama aún no ha concluido.

El aria E lucevan le stelle fue cantada brillamente por Diego Torre, y en el dúo con Jouvanca, ambos repitieron la maestría con que “vivieron” el del primer acto, y toda la acción posterior logró el suspenso requerido, a pesar de que el fatal desenlace es ya conocido, pero no por ello menos impactante.

En fin, como ya expresé desde el título de esta reseña, una puesta que califico como un magnífico Te deum –ese cántico utilizado por la Iglesia Católica para dar gracias a Dios por algún beneficio– a Puccini, por su genialidad como compositor.

Tosca en Praga

Antes de entrar en detalles sobre la puesta praguense de Tosca que vi, quiero comentar que lo primero que me alegró enormemente en esta visita a la República Checa fue ver que, en contraste con la insidiosa propaganda castrista, la vida cultural postcomunista no se ha visto afectada por la economía de mercado y el pluripartidismo, y que el país es mucho más próspero y rico que antes de “la Revolución de Terciopelo” de 1989, y lo mismo observé en Polonia, Hungría y en la parte de Alemania y de Berlín que sufrió la infausta ocupación rusa, llamada eufemísticamente “República Democrática Alemana”, a la que tuvieron que rodear de un muro inexpugnable para evitar que sus habitantes escaparan del “paraíso de los trabajadores”.

Ópera Estatal de Praga

Ópera Estatal de Praga

El bello e imponente edificio de la Ópera Estatal de Praga fue construido en 1885 en el mismo lugar que ocupaba el Teatro de la Ciudad Nueva, y aunque fue remodelado en los años ochenta, ha conservado intactos el terciopelo rojo, los candelabros y los estucos dorados de sus inicios,  así que ya el hecho de haber podido visitar este hermoso coliseo fue un valor agregado a la puesta en sí.

Para empezar, el programa de mano, sin tener la calidad de papel y de impresión del de Miami, me encantó por lo manuable y prolijo en información y fotos, y porque incluye la letra de todos los actos de la ópera, pero en checo y no en inglés, cosa que se debe agregar, debido a la gran cantidad de turistas que acuden a las representaciones de dicho teatro.

Los decorados, mucho más sencillos que los de la puesta miamense,  me recordaron los expresionistas de la película muda El gabinete del doctor Caligari (1920), por la distorsión de las paredes, puertas y ventanas, aunque con muebles convencionales, que le confirieron un contraste vanguardista al concepto.

Oleg Korotkov le dio a su Cesare Angelotti el tono exacto de angustia y extenuación inicial que le corresponde a este personaje, y en lo vocal cumplió con su cometido, al igual que el sacristán de Ales Hendrych, que le sacó partido al rol en lo actoral por su natural vis cómica.

Tomás Cerny, como Mario Cavaradossi, comenzó su aria Recóndita armonía  cantando de frente al público, como si estuviera en un concierto –muy envarado–, y en lo vocal le falló un agudo intermedio, aunque en el agudo final no tuvo ningún problema.

Anda-Louise Bogza, desde su aparición, le imprimió a su Tosca una credibilidad que me hizo vivir su drama como si estuviera aconteciendo realmente, y su voz de soprano spinto –un matiz dentro de la voz de soprano, con un mayor cuerpo en su centro y un timbre algo más oscuro– le permitió desarrollar sin gran esfuerzo los intensos pasajes dramáticos de sus dúos con Cerny y del aria emblemática de su rol titular, ese Vissi d’arte que es una prueba de fuego para toda cantante lírica, y que Bobza sobrepasó de modo admirable y conmovedor.

Jiri Sulsenko, como el siniestro Barón Scarpia, en lo vocal se escuchó como si la orquesta lo sobrepasara, lo que se hizo más evidente en el Te Deum, que careció de la fuerza e impacto concebido por Puccini para este  crucial pasaje final del primer acto, debido precisamente a esa impresión de debilidad vocal que pudo deberse a que la orquesta estaba muy alta, pero que no sucedió con la soprano titular, aunque sí un poco con el tenor en Recóndita armonía.

Sin embargo, en el segundo acto, donde ocurre una confrontación intensamente dramática entre Scarpia y Tosca, el barítono se superó con creces, y su voz se escuchó con más potencia y brillantez, en un contrapunto admirable en los dos sentidos con la soprano, casi en estilo conversacional, especialmente durante la escena de la tortura de Mario, lo que acentuó el realismo de la acción dramática –por algo se le llama “verismo”.

En medio de esta tensión de vida o muerte, la acción se detuvo por un momento, y Anda-Louise Bogza cantó su ya anteriormente alabada aria Vissi d´arte, donde Tosca expresa su desconcierto ante el  terrible momento que está viviendo, sin comprender los motivos por los cuales el destino la ha llevado a esa situación desesperada.

Tras aparentemente acceder al chantaje de Scarpia, su actuación culmina con el asesinato de este, con una sola puñalada en el corazón, como debe ser, y esta vez tampoco hubo una vela en cada esquina del cuerpo, sino un candelabro doble en cada frente.

En el tercer acto, antes de que pasen a buscarlo para su inminente ejecución, Cerny brilló vocalmente en el aria E lucevan le stelle –sin duda una de las páginas más célebres de toda la historia de la ópera, en la que Mario evoca los dulces momentos vividos con Tosca, y al final expresa su amor por la vida, convencido de que está próximo a morir– y se creció en lo actoral, logro que repitió en el emotivo dúo con Anda-Louise, ambos de forma refulgente.

A su vez, la solución dramática para el fusilamiento me resultó también muy convincente, no así la pobreza del decorado, donde tampoco se incluyó la estatua del Arcángel San Gabriel que corona el Castillo San Angelo donde culmina la ópera, ni tampoco el salto de Tosca al vacío, que se vio poco natural, como con cuidado para no lastimarse al caer sobre el colchón que la espera debajo.

En general, una puesta muy decorosa, donde de nuevo la orquesta y las voces ofrendaron otro magnífico Te Deum a su compositor.

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Sobre el autor

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín (Matanzas, 1955). Ingeniero estructural, en 1987 fundó en La Habana el grupo “Arar” (Arte y Arquitectura). Tiene publicados “Amaos los unos a los otros” (Betania), “Esperando el velorio” (Alexandria Library), “Calentando el bate” (ZV Lunáticas), “Una vida, un tren”, (Alexandria Library) y “Visión 21/21”, (Linden Lane Press), entre otros libros. En 2008 creó la Fundación Apogeo para el arte público, y en 2013 la revista cultural Caritate, tras casi cuatro años como columnista y jefe de redacción de la revista Venue. Es corresponsal en Miami de la revista Newsweek en español.

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