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Tras la muerte de Fidel Castro

Tras la muerte de Fidel Castro

Tras la muerte de Fidel Castro
febrero 13
03:47 2015

Un vendaval de esperanza azotó al exilio al propagarse el rumor de la grave enfermedad de Fidel Castro o quizás de su muerte.  Se vivía de hecho la convicción que tantos tenemos de que solo con la muerte del tirano comenzará el principio del fin de la pesadilla padecida por los cubanos todos, los que están en la Isla directamente hipnotizados y los que estamos hipnotizados también a distancia.

Subrayo lo de principio del fin. Porque bajo el ciclón de alegría producido por los rumores, se hizo presente una vez más la idea simplista de que bastará con que desaparezca el autor y factor de todas las desdichas materiales y morales padecidas por el cubano para que mágicamente, de un golpe de varita de hada, podamos correr hacia la Isla, recuperar lo que cada uno perdió a manos de la revolución y entregar el poder a los que vuelven.  Así de fácil. Bajémonos de esa nube. La historia no es un cachumbambé.

En el fondo de nuestra mente, mágica antes que realista, el poder está unido a la persona del Jefe, sea quien sea. Muerto éste, el  poder muere con él, porque entendemos el poder como algo personal, intransferible, inheredable. La larga permanencia de un dictador en el solio ayuda a fomentar esta idea.  No nos atrevemos a preguntarnos, con objetividad, con realismo, ¿es que la  desaparición de la persona que detenta el poder equivale automáticamente a la liberación de ese poder detentado? Si el  tirano no cae por una revolución, por una lucha armada victoriosa contra él, ¿cuál es el mecanismo que determinaría  el pase del poder a las manos de un exilio desarmado y  desunido?

Es innegable que la desaparición de un autócrata totalitario, y totalizados en su persona los mandos militares, económicos y sociales, como es el caso del arrogante que “lo sabe todo” y “sabe más que  nadie”, que no deja moverse en libertad ni a una mosca en derredor suyo, tiene siempre características y apariencia de desplome total del edificio. Pero eso debe interpretarlo el  hombre que está lejos, el exiliado a distancia, el transterrado, como el principio del fin, no como el fin absoluto.

Decenas de años no pasan sin dejar huellas, sin echar raíces. Hay generaciones que nos ven como el pasado. ¡Y qué pasado! La coordinación o armonía entre ellos y nosotros es tan difícil ya como entre escandinavos y patagones.  Tendremos que aprender a conocerlos, como ellos tendrán que aprender a conocernos. El foso abierto entre ellos y nosotros no es ya el gap natural entre generaciones contiguas en un mismo medio.  Aquel medio es para nosotros tan extraño como es extraño para ellos el medio en que nosotros vivimos. Cuando  alguien de allá viene, tiene que adaptarse  a nuestro estilo de vida, de pensamiento, de conducta, o perece. Quienes vayan de aquí para allá con ánimo de quedarse,  tendrán que adaptarse a una realidad que es ya una subcultura o una idiosincrasia distinta por completo a la idiosincrasia de que nos hemos revestido en la otra cultura que el destino nos impuso.  Tender los puentes espirituales y materiales entre las porciones  en que el anómalo sistema escindió a la sociedad cubana será una obra de titanes. Ese puede ser  el mayor reto que se le plantee a los que hayan de convivir en el mismo suelo –el suelo de allá, que es el nuestro– en el futuro.

Cuando desaparezcan los máximos autores de la destrucción de nuestro mundo, los también máximos constructores fallidos de una sociedad distinta a la anterior, será la hora de recomenzar  la existencia nacional.  Entre los portavoces transterrados del ayer y los portavoces encadenados de hoy, será edificado el futuro. Porque siempre hay, tiene que haber, un futuro.  Que sea elaborado por ellos sin nosotros o por nosotros sin ellos, sería un suicidio para ambos. Para ambos, es decir, para Cuba.

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Una versión más amplia de este artículo apareció en 1994. Cortesía El Blog de Montaner

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Sobre el autor

Gastón Baquero

Gastón Baquero

Gastón Baquero (Banes 1914 – Madrid 1997). Poeta y periodista, considerado un clásico de la literatura cubana con poemarios como "Memorial de un testigo" y "Saúl sobre su espada", autor de las revistas Orígenes y Espuela de Plata, se exilió en España en la primavera de 1959, tras el ascenso al poder del castrismo.

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