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Trascendiendo la lírica local: Sobre Lezama Lima (I)

Trascendiendo la lírica local: Sobre Lezama Lima (I)

Trascendiendo la lírica local: Sobre Lezama Lima (I)
junio 15
06:26 2015

La primera vista panorámica de La Habana, con su colorida y multidimensional realidad, le había impresionado a mi amigo estadounidense de manera inmediata.  La multiplicidad de anuncios políticos,  las imágenes de viejos “héroes” revolucionarios, o de nuevas proclamas alusivas a los 56 años de “revolución”, habían creado, al principio, una fuerte impresión en su mente. Una aparente iconografía de la realidad cubana chocaba con su vista, mas a pesar de querer transmitir un mensaje visual del entorno pronto se percató, el norteamericano, que los cubanos ocultaban mucho más de lo que revelaban; obviamente, no estaba equivocado mi amigo.

Ciertamente el visitante, sin importar cuánto se haya informado con anticipación acerca de los laberintos de la existencia en la isla, tendrá que experimentar por sí mismo, modificar sus percepciones y conocimientos sobre lo que vio o escuchó en los medios masivos de difusión del extranjero, o a través de sus conversaciones con amigos e intelectuales cubanos —algunos de los cuales han dedicado bastante tiempo a leer y a indagar sobre la vida y obra de José Lezama Lima, una de las más complicadas y prominentes figuras de la literatura cubana del siglo XX.

En efecto, la simplificación didáctica de Lezama Lima como una figura unidimensional constituye un error que persiste en el tiempo. A menudo se le asocia como representante o enemigo de la “revolución”; ya como el épico fundador de una revista literaria evidentemente cosmopolita, Orígenes, o como el sufrido asmático que permanecía en casa durante extensos períodos de su vida, quien apenas viajó alguna vez al extranjero; incluso, pudiera llegarse a ver su persona como el literato cubano que ni siquiera solía abandonar su propio hogar en sus últimos años.  Los vericuetos de sus circunstancias personales se pudieran correlacionar con los cambios experimentados por el país, acaso también con los de su obra poética.  Es esa coyuntura ininteligible, precisamente, a la cual el mismo Lezama conceptúa como “dificultad”, la que matiza su obra con un tinte único en el sentido más íntimo de la palabra; asimismo, ofrece esa compleja congruencia una oportunidad para reflexionar sobre los extraordinarios tiempos históricos en que se desarrolla su obra.

A fin de  entender la poesía de Lezama, se debería no solamente mirar dentro del texto, sino en el entorno cultural de la sociedad cubana como un todo, tan vivo antes como después del triunfo de la “Revolución” (a pesar de la reprensión y de la censura ejercida por el régimen totalitario).   Por ello señalaba el gran poeta que sólo la dificultad estimula. Certidumbre que se erigió como su inconfundible firma literaria En la expresión americana, publicada en 1957 y cuyo entramado de ensayos representa una de sus labores literarias más conocidas.  La proposición, o concepto lezamiano de “dificultad” como estímulo creativo, señala el punto de partida desde donde hemos de acercarnos a la vida del escritor y a la totalidad de su obra.

Desde que la obra de Lezama comenzó a ser leída y estudiada por una amplia audiencia latinoamericana a finales de los sesenta, la exégesis de sus escritos  ha sido siempre percibida con carácter de jeroglífico.  Ese prisma nunca ha constituido un obstáculo, sino un incentivo, un reto para los expertos literarios. Basados en la búsqueda y en una redefinición renovadora de los escritos lezamianos, en cuyos espejos igualmente se puede vislumbrar la compleja cosmogonía del escritor, los eruditos han encontrado una inagotable fuente de disquisiciones.  El hallazgo de la realidad en su lírica encuentra resonancia con las complejidades del lenguaje que esgrime Lezama al construir los textos literarios.  Reconocer esto último sirve como una efectiva estrategia en virtud de cuestionar las circunstancias culturales en las cuales el autor se encontraba inmerso, sin soslayar ningún detalle.

José Lezama Lima nació en Cuba el 19 de diciembre de 1910, y a excepción de dos efímeros viajes a México y Jamaica en 1949 y 1950 respectivamente, permaneció casi toda su vida en La Habana, donde falleció en 1976.  No obstante, sus trabajos literarios transitaron caminos allende las fronteras culturales de su lugar de nacimiento.  Las personas pública y privada de Lezama apenas se encontraban separadas; muchas de sus actividades como editor y agente cultural estaban marcadas por un carácter doméstico, cuyo proceso orgánico quedaba al margen de las instituciones del Estado cubano. Tras la prematura defunción de su padre, cuando Lezama contaba con tan sólo nueve años de edad, él y su madre se vieron obligados a mudarse a casa de su abuela materna en la Calle Prado, y más tarde al número 162 de la Calle Trocadero, donde el escritor vivió hasta el final de sus días.  La desaparición física del patriarca dejó a la familia en una situación precaria, de la cual nunca se recuperó totalmente.

A pesar de la situación financiera de la familia y de su crónico padecimiento asmático, Lezama fue capaz de establecer en su hogar un vasto círculo artístico de pintores, músicos y escritores cuya profunda influencia se convertiría en un factor definitorio de la vida cultural en la Cuba del siglo XX.  El trabajo organizador de Lezama, su obra poética, novelas y ensayos, representan, ni más ni menos, el mero resultado de las circunstancias sociales y personales que rondaron su existencia; sin embargo, los hechos de su vida han demostrado ser tan elusivos que todavía carecemos de una detallada biografía del escritor.  La lectura de su obra, entonces, se enarbola como el mejor modo de reconstruir su trayectoria intelectual, y, aunque con algunas limitaciones, también nos proporciona la oportunidad de rediseñar un retrato personal un poco más cercano al auténtico Lezama.

Limitado por el asma y la situación financiera, Lezama estuvo forzado a la reclusión en el entorno hogareño por lapsos prolongados de tiempo.  A pesar de esas dificultades, estudió leyes en La Habana y dedicó gran parte de su juventud a la lectura de todo lo que cayera en sus manos.  Ninguna de las lecturas realizadas por el escritor cayó en el vacío, muchas de ellas iban a encontrar un destino de regreso en sus escritos, los cuales  personificaban, más o menos, reescrituras veladas de sus lecturas.  Lezama terminó el bachillerato en 1928.  En 1930 se inició como estudiante de leyes, mas la universidad se vio obligada a cerrar sus puertas por razones políticas, años de paro en que Lezama se sumergió en la lectura de Góngora, Lautréamont, Mallarmé y Proust.  Fue durante esos años que comenzó a redactar ensayos, desarrollar su obra lírica y la red de escritores y amigos que más tarde constituiría su círculo más íntimo.  En el año 1956, Lezama rechazó una oferta de empleo para enseñar literatura en la Universidad Central de las Villas, pero un año más tarde dictó una serie de cinco conferencias en el Centro de Altos Estudios que fueron publicadas con el título La expresión americana, una colección de ensayos en la cual forja su propia visión abarcadora de la cultura hispanoamericana.  

El proceso “revolucionario” se instala en Cuba en 1959, y en 1960 Lezama fue designado director del Departamento de Publicaciones y Literatura del Consejo Nacional de Cultura.  En 1961 se convirtió en uno de los vicepresidentes de la UNEAC, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. En ese mismo año, sus dos hermanas abandonaron la isla.  Lezama, cuya elusiva identidad pública se añade a la complejidad de su obra, sintió la separación de sus hermanas de manera traumática, lo que como todo en él generó aún más escritura, en este caso en la forma de un copioso intercambio epistolar.  Más allá de que ocupara los cargos oficiales aludidos, la actitud del escritor hacia el régimen dictatorial constituye un diáfano ejemplo de ardid, de evasión hacia la vida de las instituciones del Estado totalitario en general.  Aunque escribiera  alguna vez un aleatorio poema en memoria del Che, nunca quedó plenamente claro cuál era su verdadera plataforma política como “simpatizante” de la  dictadura castrista.

La madre de Lezama muere en 1964.  Ese mismo año contrae nupcias con María Luisa Bautista, su constante e inseparable compañera y la persona quien, durante los últimos años de su vida, le ayudó a sobrellevar el progresivo deterioro de su salud.  Si tuviéramos que elegir dos momentos determinantes en la carrera de Lezama, eventos paradigmáticos, los cuales marcan la diferencia y propalan su vida y obra, serían la edición de Orígenes y la publicación de su primera novela, Paradiso, en 1966.  Esta novela le concedió a Lezama una merecida visibilidad tanto dentro como fuera de Cuba; significó un reconocimiento valiosísimo, cuyo dulce néctar el autor no había saboreado antes de su publicación.  Los diez años que separan la publicación de Paradiso y su muerte estuvieron en esencia marcados por intensos problemas de salud; no obstante, esa época fue al mismo tiempo una etapa en que su obra estaba adquiriendo un reconocimiento y difusión internacional sin precedentes.

En 1958, Cintio Vitier, uno de los integrantes del círculo de Orígenes, redactó una masiva enciclopedia de la historia de la poesía cubana —Lo cubano en la poesía— en la que, entre otras cosas, canonizó a Lezama en un esfuerzo por hacer de la obra de este, y de Orígenes, componentes orgánicos de la historia literaria cubana.  Desde la desaparición física del notable escritor, los trabajos de investigación enfocados en su lírica se han visto multiplicados exponencialmente; también, ha aumentado de forma considerable la cantidad de perspectivas críticas, cuyas disquisiciones abarcan la totalidad de su quehacer intelectual.  Todos estos académicos exhiben el deseo común de explorar las múltiples ramificaciones de la lírica barroca en los textos de Lezama; labor análoga a la que otros estudiosos han cumplido con las diversas obras canónicas de autores de la talla de Julio Cortázar, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas y Néstor Perlongher, entre otros, los cuales comparten la apreciación de Lezama por la iconografía barroca.

Sobre el autor

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez (La Habana, 1966) es un licenciado en Literatura Española. Estudió en Los Angeles Trade Tech, donde recibió el diploma de Asociado en Artes Liberales en 2011, y el premio de honor del presidente de la institución en tres ocasiones. En la universidad jesuita de Loyola Marymount de Los Angeles, obtuvo su B.A. summa cum laude y el premio al académico del año en el programa de español de la susodicha institución. Es miembro de la Sociedad Hispánica de Honor (Sigma Delta Pi). Ha publicado varios ensayos de crítica literaria en la revista La Voz, entre los que se encuentran “Yo y mi otro yo: Manuel Machado y el dandi en El Mal poema” y “Nación y masculinidad en la España de fin de siglo”.

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