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Trascendiendo la lírica local: Sobre Lezama Lima (II)

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Trascendiendo la lírica local: Sobre Lezama Lima (II)

Trascendiendo la lírica local: Sobre Lezama Lima (II)
julio 24
16:09 2015

Analizar la obra de José Lezama Lima sin al menos mostrar una síntesis de algunas de las circunstancias históricas que aportaron a su formación, sería una tarea casi imposible. Este breve artículo se enfoca en los esfuerzos del autor por redefinir las fronteras de algunas de las escuelas literarias, cuyas influencias ayudaron a enriquecer su poética de manera evidente.

Desde el mismísimo umbral, la poética en la obra de Lezama se salió de las restricciones impuestas por el canon nacionalista tradicional. A fin de esbozar la representación que él visualizaba como la cultura latinoamericana, Lezama construía sus textos por medio de una mezcla de los heterogéneos elementos que iba atesorando de los libros que leía; mediante el sincretismo de las disímiles iconografías culturales hispanoamericanas, francesas, grecolatinas y peninsulares barrocas, pudo lograr Lezama esa fusión ideal en su obra.

Lo que una obra lezamiana expresa, directa o indirectamente, se manifiesta en la tensión que emerge entre nuestra interpretación del texto y su contenido; así como en el potencial que posee para asociarse ingeniosamente con cualquier época en que se lea. Esa es la razón por la cual el contenido de nuestra lectura y su asociada tensión con lo que se interpreta, sufre un proceso de transformación con cada repaso generacional, una mutación, en este caso, provocada por la extraordinaria riqueza de la obra y por el esfuerzo del autor, en aras de eliminar posibles expectativas en la mente del lector. Dicho en otras palabras, Lezama insta a los lectores, generación tras generación, a realizar una lectura activa de una entidad textual perennemente viva. La insistencia de Lezama en la estética barroca ha llegado a ser percibida por lo que es: una invitación al lector, a fin de que participe en el proceso de constante reescritura a través del acto de la lectura. Por ende, un acercamiento crítico a la lírica de Lezama debe de tomar en cuenta tanto el texto como su recepción.

Uno de los sellos distintivos de Lezama siempre ha sido el Barroco, tanto el peninsular como su versión hispanoamericana. Una revisión de al menos dos de las características del barroco constituye un paso básico con miras a entender la poética del maestro. La primera de ellas, es la manera en que la naturaleza parece multiplicarse en los productos culturales; por ejemplo, cuando el escritor fusiona referencias botánicas con la pintura renacentista, disolviendo así la separación entre el mundo cultural y el natural. Logra exhibir, de esa manera, la complementación de dos elementos yuxtapuestos. La segunda, destaca el florecimiento de los conflictos internos del barroco en vez de suavizarlos. Es esta tensión la que mejor explica el grado de complejidad de la obra lezamiana, un trance que a un mismo tiempo reta y seduce la inteligencia del lector, aquel que esté dispuesto a sumergirse en el océano de su imaginería.

Es precisamente este tipo de antinomia la que hizo que Lezama gravitara hacia el barroco español del siglo XVII y su poeta por antonomasia, Luis de Góngora. El barroco peninsular en específico, representó en su época una renovación estética y una crítica al decadente sistema social. Asimismo, sufrió el barroco un poderoso impacto de la teología católica, todos estos rasgos están bien representados en la escritura de Lezama. El catolicismo de Lezama incorpora el pilar de su estética, incluidas la iconografía de su poesía y el sublime tono de su escritura. Tomemos, por ejemplo, los versos iniciales de “Sonetos a la Virgen”, en los cuales la naturaleza parece recrear los milagros de Dios:

Déipara, paridora de Dios. Suave

la giba del engañado para ver

tuvo que aislar el trigo del ave,

al ave de la flor, no ser del querer.

Al examinar más de cerca el trabajo de Lezama, podemos llegar a la realización de que la oscuridad es sólo un convite al lector, un sortilegio a modo de atraerle hacia el proceso de creación de imágenes, tal como se ilustra en “Pífanos, epifanía, cabritos”:

Se ponían claridades oscuras. Hasta entonces la oscuridad había sido pereza diabólica y la claridad insuficiencia contenta de la criatura. Dogmas inalterados, claras oscuridades que la sangre en chorro y en continuidad resolvía, como la mariposa acaricia la frente del pastor mientras duerme. Un nacimiento que estaba antes y después, ante y después de los abismos, como si el nacimiento de la Virgen fuera anterior a la aparición de los abismos. Nondum eram abyssi et ego jam concepta eram.

Es el misterio inmanente en el catolicismo lo que parece atraerle; así como parece hechizarle la idea del continente americano y su inusitada oscuridad —“clara oscuridad”– donde la magia se multiplica.

La concepción que Lezama esgrimía del continente americano como región ideal del barroco, no es un argumento cuyas premisas pretenden demostrar la continuidad de su análoga versión peninsular, ni la búsqueda de una genealogía europea. Para él, el barroco peninsular llegó a desdoblarse íntegramente en el continente americano, porque exclusivamente allí fue donde excedió los exclusivos efectos de la acumulación desencadenada por el encuentro de las culturas africana, indígena e europea. Este amasijo cultural alcanzaba a percibirlo Lezama en la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, en la arquitectura de urbes coloniales tales como Ciudad México, Cuzco y Minas. La influencia de esta coyuntura cultural compuesta por los movimientos barrocos español y portugués, cuyos cuerpos artísticos se transformaron en tiempo y espacio a fin de ir más allá de una simple extensión del movimiento peninsular, significaron para Lezama una argamasa ideal compuesta por un triángulo intercontinental que habría de aderezar su obra. Para Lezama, el acto de escribir significaba poner en juego una miríada de retazos informativos y de referencias culturales; su concepción de la metáfora y de la imagen tiene mucho que ver con el grado de tensión entre los varios elementos de la híbrida amalgama cultural. Según la perspectiva lezamiana, esa intersección cultural forzó a europeos, africanos y locales a cohabitar en un espacio simbólico, creativo y, como mencioné arriba, en la realidad que llamamos hoy en día mestizaje (un fenómeno que va más allá de la cuestión racial), una cultura vernácula, cuyos epítomes, desde la perspectiva lezamiana, promueven una confluencia única. Confluencia mucho más madura e ininteligible que su homóloga representada en el barroco ibérico.

La enmarañada poética de Lezama no es una meta sino un proceso; es el resultado de su concepción de la imagen, la cual— en cambio — sumerge al lector en un sistema construido a base de iconografías, la cuales aparentemente descansan divorciadas de un referente externo.  La complejidad de Lezama viene, en parte, de un procedimiento de integración total, el cual actúa algunas veces como sistema enciclopédico de citas y referencias —junto con sus muy extendidas y abiertas estructuras gramaticales—, cuyos bagajes en gran medida sufragan su estilo barroco. Lezama buscó y encontró un delicado balance entre las influencias españolas que permean, inclusive hoy, la vida diaria en Cuba, y la necesidad de una verdadera visión hispanoamericana de las artes; se auto-enraizó en un prisma que concebía la fusión cultural como puente dorado entre el pasado español y el presente americano. Sus lecturas favoritas eran las del barroco español; sin embargo, su lírica la tejió con los multicolores hilos de la riqueza cultural española, africana e indígena.

Las repercusiones de la poética lezamiana han sobrevivido hasta nuestros días. El movimiento del nuevo barroco latinoamericano continuamente revive sus dominios. Los trabajos de Severo Sarduy y de Néstor Perlongher, ambos activos exploradores de la poética de Lezama, marcan el intenso influjo del escritor cubano en la literatura latinoamericana de nuestros tiempos.

El legado del barroco lezamiano se extiende por sí mismo hacia la próxima generación a través de escritores de la prosapia de Severo Sarduy, quien, en cambio, desarrolló una teoría formal del nuevo movimiento. Para Sarduy (como para Lezama) el barroco latinoamericano, o nuevo barroco, representa no sólo una manera de escribir, sino conjuntamente una manera de leer. El nuevo barroco ha sido diseminado allende las fronteras del movimiento, sus huellas pueden ser ahora encontradas en el trabajo de poetas tan diversos y representativos como lo son Gerardo Déniz (México) y Haroldo de Campos (Brasil); no es tanto una escuela literaria como una conciencia cultural que encuentra expresión en la expansión lingüística y en el collage único, cuyos rasgos simbolizan la realidad multidimensional y colorida de la América Latina. En retrospección, el nuevo barroco fue otro modo de proponer una originalidad, una práctica experimental poética que no dependió del avant – garde histórico. En realidad, Lezama indistintamente conservó una conexión abierta con el modernismo, movimiento literario que precedió a las vanguardias históricas.

Mas la antedicha aserción sería la base de un asunto a tratar en otro ensayo.

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Sobre el autor

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez (La Habana, 1966) es un licenciado en Literatura Española. Estudió en Los Angeles Trade Tech, donde recibió el diploma de Asociado en Artes Liberales en 2011, y el premio de honor del presidente de la institución en tres ocasiones. En la universidad jesuita de Loyola Marymount de Los Angeles, obtuvo su B.A. summa cum laude y el premio al académico del año en el programa de español de la susodicha institución. Es miembro de la Sociedad Hispánica de Honor (Sigma Delta Pi). Ha publicado varios ensayos de crítica literaria en la revista La Voz, entre los que se encuentran “Yo y mi otro yo: Manuel Machado y el dandi en El Mal poema” y “Nación y masculinidad en la España de fin de siglo”.

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1 comentario

  1. Tony Cuartas
    Tony Cuartas agosto 24, 03:50

    En Horabuena.
    Un magnifico ensayo de uno mis autores preferidos. Gracias por su buen analisis.
    Chao.

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