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T.S. Eliot, tierra generosa

T.S. Eliot, tierra generosa

noviembre 27
18:13 2011

1-aaa_tierra-baldiaUn artículo de Ángel Velázquez Callejas sobre la medida de la poesía, en el que cita a T.S. Eliot, me llama la atención sobre una circunstancia curiosa a nivel personal: Nunca he escrito nada sobre el poeta inglés –oriundo de Estados Unidos– siendo, como probablemente es, mi poeta favorito. Yo que escribo tanto, y tantas veces nimiamente.

En algún momento de finales de la década del ochenta del siglo pasado –1990 quizá—, sorpresivamente, los funcionarios cubanos se animaron a publicar a Eliot. El título: La tierra baldía. Un acontecimiento excepcional si se considera la mezquina política editorial tradicionalmente seguida por el Ministerio de Cultura castrista.

Recuerdo vagamente la llamada de un amigo, especie de mentor de mis lecturas “prohibidas” –Rafael–, incitándome a comprar el libro y brindándome las coordenadas necesarias para conseguirlo. Tal vez me lo compró él mismo, o me regaló un ejemplar, no recuerdo bien. Demasiado tiempo transcurrido para precisar detalles que además no vienen al caso, pero lo cierto es que en aquella ocasión, como en tantas otras, la sugerencia de Rafael resultó clave en mi formación literaria underground.

Eliot, como en otro orden de cosas y en época anterior lo había sido Vallejo, resultó para mí un deslumbramiento. Aunque a diferencia de la del poeta peruano, en la poesía de Eliot late un significado que va más allá del lamento virtuoso. Al menos eso creí, y todavía creo, advertir. Un significado, una profundidad, bordeados por la mar en calma del sentimiento preciso. Porque curiosamente –si se tienen en cuenta su academicismo y su tendencia a la extrapolación– Eliot no es un poeta frío, o cuya poesía depende de la apropiación bibliográfica, aunque a ratos pueda parecerlo. En Eliot hay vida y espíritu propios, como demuestran estos versos de “Canción para Simeón”:

Concédenos tu paz.
Antes de la hora del monte desolado,
Antes de la hora del dolor maternal,
En esta hora del nacimiento y de la muerte,
Deja que sea el Niño, el Verbo no dicho aunque sobreentendido,
Quien dé el consuelo de Israel
A éste que tiene ochenta años y ningún mañana.

Conforme a tu promesa,
Ha de penar quien te honre en cada generación,
Con gloria y con escarnio, luz tras luz,
Ascendiendo la escalera de los santos.
No para mí el martirio, el éxtasis de la meditación y la plegaria,
Ni la postrera visión.
Concédeme tu paz.
(Y una espada ha de herir tu corazón,
También el tuyo.)
Estoy cansado de mi propia vida y de las que vendrán.
Muero de mi propia muerte y de las que vendrán.
Haz que al partir tu siervo
Vea tu salvación.

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