Neo Club Press Miami FL

Tubular Bells

 Lo último
  • Tubular Bells Se sentaban sobre una semiderruida cerca de piedras. Abajo, a un costado, les quedaban el pueblo y sus luces; arriba, el cielo repleto de estrellas. -¿… y muy lejos?- preguntó...
  • La sagrada rama dorada No importa que afuera el mundo sea un infierno y acechen feroces los mamertos. Es posible obviar el detalle y procurar ser feliz, al menos efímeramente feliz, si uno tiene...
  • La noche del cangrejo Acabo de descubrir en el muro de Facebook de Norma Gálvez Rey la foto del monumento al cangrejo en Caibarién, símbolo de esa ciudad. Una madrugada amanecí bajo ese cangrejo...
  • Un cielo muy azul Despertarás. Aún no habrá salido el sol, pero para entonces te ocurrirá con frecuencia que despiertes a tales horas: Tus muchos años, a saber. Te habrá despertado algún calambre, un...
  • El presentador A mi hermana Karin Aldrey, que acostumbra dirigirse al Mundo –Señoras y señores… –dice el hombre y se interrumpe. Lleva prendida en el guargüero la grotesca sequedad que intenta resolver...

Tubular Bells

Tubular Bells
octubre 21
12:45 2017

Se sentaban sobre una semiderruida cerca de piedras. Abajo, a un costado, les quedaban el pueblo y sus luces; arriba, el cielo repleto de estrellas.

-¿… y muy lejos?- preguntó el niño.

-Muchísimo. ¿Ves esa de allá, la azulosa? Si se apagara ahora mismo, nosotros no nos enteraríamos hasta dentro de 200 años– le respondió su padre.

Bajó la mirada desde el cielo hasta sus pies, que colgaban a poco más de un metro del suelo. Le costaba imaginar que algo se apagara y él no lo advirtiera de inmediato.

– Pero así y todo lo lejos que están, algún día se llegará hasta ellas –continuó su padre–. Tú lo verás… cuando seas viejo, pero lo verás.

-¿En un cohete?

-Sí, pero en uno más potente que los de ahora. Para entonces ya estaremos en el comunismo y no habrá más países: ni Cuba, ni los Estados Unidos…

-¿Tampoco va a haber Estados Unidos?

-Allí también habrá triunfado la Revolución.

Permanecieron un par de minutos en silencio, el padre con la mirada en el firmamento; el niño de nuevo en sus zapatos.

Como un destello, toda una larga serie de hechos se unieron en su mente en una certeza que le armó un nudo en la garganta: El tiempo cumplía una función más allá de la de amparar sus, en apariencia, interminables tardes de juegos sobre las baldosas del patio. El tiempo también marcaba los límites, ya no solo los de las batallas de sus soldaditos de plástico antes de dar paso a la hora del baño. Incluso los de él mismo.

-Papi, ¿yo me voy a morir?

El padre se volvió. Los ojos de su hijo titilaban a escasos centímetros de los suyos.

-Todos moriremos algún día. – le dijo al oído, mientras lo apretaba contra su pecho – Pero a ti te falta mucho, mucho tiempo. Tanto que en un futuro esta noche te llegará a parecer muy vieja, como si la hubieras vivido en otro tiempo. Un tiempo de leyendas.

De lo lejos, quizás del centro de la isla, o quizás desde un lejano pasado, el terral se traía a ratos el lejano bramido de un ingenio azucarero.

Se mantuvieron abrazados un minuto, tal vez dos. Al cabo, el niño olvidó. Pero solo por el momento. A fin de cuentas los abismos, cuando nos sorprenden, ya no nos abandonan nunca.

-¡Cuando sea grande voy a ser cosmonauta! -gritó, como si hubiese encontrado la muy buscada respuesta a cierta pregunta anterior.

– Pero para hacerte cosmonauta no puedes seguir tan mono, tienes que comértelo todo todo para que te pongas fuerte, porque si no, no vas a pasar ni las primeras pruebas.

-¿Cuáles pruebas?

-Nadar, correr, levantar pesas, girar en ruedas sin marearte…

-¿Dar vueltas igual que los pilotos?

-¡Claro! Porque para hacerse cosmonauta primero hay que graduarse de piloto.

-¡Pues yo voy a estudiar para manejar un MIG-21!

Regresaron al pueblo tomados de la mano. Desde las casas que flanqueaban la calle les llegaron las notas futuristas de Tubular Bells, que alguien, allá en La Habana, había escogido como tema musical de algún programa de televisión. Al padre las notas le provocaron otra efusión de divagaciones optimistas.

-Cuando se llegue al comunismo y la ciencia se ponga al alcance de todos los hombres, de seguro se le descubrirá una cura a la muerte. Quizá no sea en los próximos años, pero como tú vas a hacerte cosmonauta y viajarás a la velocidad de la luz…

-Pero, papi, si no me voy a morir nunca, ¿entonces voy a poder ir a todas las estrellas que se ven allá arriba?

Habían llegado. Algo desconcertado ante una posibilidad que de repente descubrió tediosa, la de poder visitarlo y conocerlo todo, el hombre abrió la portada del jardín. El niño corrió hacia su madre, que llevaba ya un rato esperándolos en el portal.

-¡Mami, mami, voy a ser cosmonauta, como Yuri Gagarin!

No se detuvo mucho. Siguió hacia el interior de la casa para informar a su abuelo de su trascendental elección.

La mujer miró fijamente al hombre que se acercaba como mareado por haber hecho uno de esos súbitos descubrimientos que nos alejan un poco más de nuestra niñez.

-Aquí estuvo Armando. Dice que mañana quieren verte en el Partido -le espetó ella, en cuanto él llegó a su lado después de atravesar por entre los rosales y limoneros del jardín.

-¿Algún problema…?

-¿Qué va a ser, chico?, otra dichosa movilización… otro curso que nadie quiere pasar y bueno, ahí está el bobo maletudo para mandarlo a él.

La fragancia dulzona de un galán de noche los envolvió por unos segundos, luego el viento recobró sus derroteros habituales.

-Mira a ver lo que tú dices mañana en el Partido -volvió a la carga la mujer-. Tu papá está ya muy viejo para tener que salir por los campos a buscar algo de comer para el niño, mientras tú andas comiendo mierdas por ahí, jugando a hacer la Revolución sabe Dios por dónde. Ven acá, chico, dime: ¿Por fin cuándo va a llegar el puñetero Porvenir Luminoso ese que Fidel Castro lleva 12 años anunciándonos?

El hombre, sobresaltado, la hizo callar con un gesto brusco de sus manos, a la vez que lanzaba por sobre el hombro una mirada de grandes ojos abiertos hacia las casas vecinas.

La mujer, no obstante, estaba demasiado alterada para callar de inmediato:

-¡Coño, que ya ni una malanga se encuentra en este condenado país! Y total, si de todas maneras ya no nos va quedando nada para cambiarle a los guajiros…

Su esposa regresó a adentro, a intentar que el niño bajara la voz, no fuera a despertar a su hermana menor. Él se dio la vuelta y se aferró con fuerza a la baranda de madera del portal. Por el resquicio de la puerta entreabierta, a sus espaldas, no vio y ni tan siquiera sintió pasar a su bolígrafo nuevo en un viaje intergaláctico, entre los dedos de su hijo.

Por primera vez, en doce años de Revolución, de sus propios tiempos difusos de su niñez le llegó un recuerdo. Uno de esos recuerdos que como fragmentos difuminados parecen emerger de un océano de oscuridad: Un cowboy cabalgando solitario, sobre una ilimitada pradera, camino del espejismo de unas montañas azules. La escena de una vieja película en blanco y negro, de las de la matinée. Su padre a su lado susurrándole algo de una siempre elusiva última frontera.

Sobre ellos, a través de una tronera en el destartalado techo del cine, la estrella azulosa, distante a doscientos ocho años luz de la Tierra y de su futuro.

Más allá de la calle, tras los pinos de la casa de enfrente, cruzó una estrella fugaz. La fragancia del galán de noche lo envolvió de nuevo por un instante, por el instante en que comprendió de veraz que además de la muerte hay otros límites. Los de la realidad.

Por primera vez en casi diez años de Revolución sentía que aquella no se parecía a su vida. Al menos a la vida que se había soñado mientras entre los brazos de su padre sentía que los abismos se retiraban frente a él:

-Todos moriremos algún día -le volvía a sentir susurrarle al oído, mientras lo apretaba contra su pecho en medio del destartalado cine del pueblo, casi treinta años antes-. Pero a ti te falta mucho, mucho tiempo. Tanto que en un futuro esta noche te llegará a parecer muy vieja, como si la hubieras vivido en otro tiempo. Un tiempo de leyendas.

Sobre el autor

José Gabriel Barrenechea

José Gabriel Barrenechea

Investigador y periodista independiente cubano, durante años ha estado escribiendo artículos sobre cultura, historia y actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre ellas 14ymedio, Convivencia, Cubaencuentro, Cubanet y Voces. También ha pertenecido al equipo editorial de revistas independientes como Cuadernos de Pensamiento Plural. Reside en Santa Clara, Cuba.

Artículos relacionados

Carlos Alberto Montaner – Chile camino del Primer Mundo

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  José Hugo Fernández

Relajo y olvido

José Hugo Fernández

Hace algunos años, el poeta Ramón Fernández Larrea escribió más de doscientas columnas destinadas a calibrar hechos y personajes de la historia y de la cultura cubana, o pasajes sobre

Leer más
  Frank Castell

José Martí me escucha mientras llueve

Frank Castell

Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. José Martí                 Difícil, José, arrojar el tiempo montaña abajo y luego descender como si

Leer más
  Delio Regueral

El Punto Nemo

Delio Regueral

Ya sé que no soy incomprendido, lo supe al descubrirme donde se abandona un incomprensor, perdí mucho tiempo en esa etapa. El tiempo, lo único irrecuperable: a él no le

Leer más

Capitolio de La Habana – Daphne Rosas (2011)

Festival Vista Miami

Lo más reciente: