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Ucrania, Putin y el renacimiento de Alemania

Ucrania, Putin y el renacimiento de Alemania

Ucrania, Putin y el renacimiento de Alemania
marzo 07
12:15 2014

En la época victoriana, Inglaterra utilizaba la geopolítica para dar sentido y defender su imperio colonial y sus “líneas vitales”. Ello implicaba el dominio marítimo controlando el Canal de Suez y la Península de Crimea como vías al Mediterráneo o un poder terrestre centrado en Ucrania y el Cáucaso, como el eje para Europa, Asia y el África.

De esta manera, Inglaterra bloqueaba la expansión tanto del káiser alemán como del zar de Rusia. De ahí la aseveración de que la hegemonía sobre la Europa oriental y Ucrania-Crimea definía el control del centro eje territorial más extenso y, por tanto, del planeta.

Llama la atención que dicha geopolítica fue central para la Primera y Segunda Guerra Mundial, para la Guerra Fría -OTAN versus Pacto de Varsovia- para la Guerra del Golfo, y sigue vigente en la actualidad como premisa del pensamiento militar de Estados Unidos, Europa y Rusia.

El zar Pedro, el Grande, se anexó el kanato de Crimea, donde vivían los tártaros, para establecer la base naval de Sebastopol y agenciarse acceso al Mediterráneo a través de los Dardanelos. Esa fue, precisamente, la causa real de la Primera Guerra Mundial: bloquear el paso al Mediterráneo a la Flota del Mar Negro zarista en Crimea, por parte de Inglaterra, Francia y Turquía.

La Caballería Roja bolchevique capturó sangrientamente a una Ucrania que había apoyado a las tropas austro-alemanas, recuperando Crimea para su flota naval. Para Adolf Hitler, la conquista de Europa se decidía en las llanuras de Ucrania, Crimea, para apoderarse de los campos petrolíferos del Donbass y despojar definitivamente a Inglaterra del control Mediterráneo. Fue aquí donde se escenificaron los colosales choques bélicos de Kiev, Stalingrado, Kursk y Sebastopol.

Por su parte, Yosef Stalin deportó al Asia Central la población tártara de Crimea, y sus sucesores albergaron una gran animosidad contra los ucranianos acusados de colaborar con los nazis. Pero en 1954, Nikita Jruschev entregó a Ucrania la región de Crimea, hasta entonces parte de la Federación Rusa.

La implosión de la supuesta federación llamada Unión Soviética se produjo bajo la presión de dos movimientos nacionalistas: el secesionismo báltico y el independentismo ucraniano. El 24 de agosto de 1991 el Soviet Supremo de Ucrania aprobó el Acta de Independencia y, tres meses después, los presidentes de Ucrania, de la Federación Rusa y de Belarús, declararon el fin de la Unión Soviética.

Ucrania, el otrora granero continental y segundo mayor país de Europa después de Rusia, con 52 millones de habitantes, un PIB tan grande como el de Bélgica y el tercer ejército de Europa, se convirtió en la tercera potencia nuclear del planeta.

Pero su independencia tropezaba con dos factores explosivos: una localización geopolítica crucial para Moscú y una región, Crimea, poblada por una minoría rusa aspirante a unirse a Rusia y ansiada por Moscú.

La casta militar rusa ha presionado a los presidentes Yeltsin y Putin para que asuman la defensa de los 25 millones de ruso-hablantes que viven fuera de las fronteras de la Federación Rusa. Esa es una de las razones por la cual la élite rectora rusa se halla comprometida con reconstruir el espacio económico y militar de la ex Unión Soviética.

De hecho, los rusos han empujado en toda la región la solución federativa, como un regalo emponzoñado que posibilita dominarlos e incluso incorporarlos en un futuro imperio.

El 5 de mayo de 1992, Crimea declaró su independencia con el fin de unirse al Estado ruso, pero fue objetada por el parlamento ucraniano. Rusia reaccionó anulando el decreto de 1954 por el cual había cedido  Crimea a Ucrania y reclamó su devolución.

El gobierno de Kiev buscó una solución intermedia, concediendo a Crimea la autonomía económica, aunque en marzo de 1995 Ucrania abolió el cargo de presidente de Crimea y anuló la constitución de esa región, provocando el alarido de Boris Yeltsin.

Ucrania cedió a Rusia la parte de la flota del Mar Negro como una compensación por la deuda contraída debido a los suministros de petróleo y gas. Además, aceptó desmantelar su arsenal de cohetes intercontinentales que servían como detente ante las aspiraciones del Kremlin.

En octubre de 2003, el proyecto ruso de construir un dique en el estrecho de Kerch, que conecta el Mar de Azov con el Mar Negro, provocó una crisis que estuvo a punto de materializar una confrontación militar entre Kiev y Moscú.

Ucrania entonces rehusó mantenerse en la pro rusa Comunidad de Estados Independientes y comenzó su gestión por sumarse a la Unión Europea.

En suma, a Rusia le resultaría imposible recuperar el estatus de potencia europea e internacional de perder su Flota del Mar Negro el acceso sur al Mediterráneo y verse aislada de la masa continental centro asiática.

El siglo XXI

La primera consecuencia del derribo de las Torres Gemelas neoyorkinas el 11 de septiembre de 2001, fue interrumpir definitivamente el cuestionamiento que desde la desaparición de la Guerra Fría hacían París y Berlín sobre la existencia de la OTAN, demandando una alianza militar europea, encabezada por Ucrania, Alemania y Francia, no supeditada militarmente a Estados Unidos.

La supremacía indiscutible de Estados Unidos depende de por cuánto tiempo sea capaz de evitar el surgimiento de algún aspirante al poder sobre el continente euroasiático. Pero el actual discurso diplomático de Washington se orienta, en lo fundamental, a las poblaciones marginales del planeta.

No solamente Estados Unidos se hallaba alarmado, sino también Rusia, que temía un nuevo rearme alemán y la pérdida del golfo de Crimea.

Aprovechando la primera Guerra del Golfo, George Bush Sr. tomó la iniciativa estratégica en el escenario mundial, con el apoyo del inglés Tony Blair, el español José María Aznar y del italiano Silvio Berlusconi, para conformar un eje Euro-Atlántico y enfrentar la propuesta alianza militar franco-alemana, que implicaba la emergencia de una superpotencia en Europa.

Los ejes del nuevo orden serían los presidentes George Bush Jr., William Clinton y George Bush Sr., quienes denegaron a la nueva Rusia una esfera de influencia regional que incluyese a Ucrania, el Cáucaso y Asia Central, a la vez que agenciaron la supremacía norteamericana, entorpeciendo la instauración del eje franco-alemán-ucraniano. Asimismo, promoviendo a China y a la India como los principales jugadores desde el Índico al Pacífico.

Tras la confirmación de la OTAN como garante de la seguridad europea, el expediente Ucrania-Crimea cobró mayor relevancia para la OTAN y para Rusia, como puente intercontinental de la masa territorial euroasiática.

Para Washington y Moscú era claro que el ascenso de Rusia a un primer plano internacional se definía en el vacío de Eurasia, donde  Ucrania-Crimea resultaba la pieza clave. Esto rememora el conflicto de finales del siglo XIX entre los imperios de Rusia e Inglaterra por el dominio de Ucrania, Crimea y la Transcaucasia, conflicto que se bautizara como El Gran juego o La Gran Cacería.

Esta política de contención a Rusia se patentizó cuando las divisiones rusas intervinieron en la crisis georgiana. De inmediato, Estados Unidos congeló los créditos internacionales y los préstamos del FMI a Moscú, a la vez que proveía una sustancial ayuda militar a Georgia. Tal entorno se prolongó hasta la elección de Ángela Merkel en Alemania, decidida a confrontar a los rusos, y la elección de Barack Obama en Estados Unidos, cuyo manejo de los asuntos internacionales es lo más parecido a la inacción de los aislacionistas de otrora.

Después del extravío de dos ingenuos, Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin, el nuevo presidente ruso Vladimir Putin buscó frenar este diseño de occidental, y se enfrascó en revertir la noción de que Rusia era un Estado insignificante, inaugurando  la revolución energética mundial, reafirmando a su vez la hegemonía rusa sobre las antiguas repúblicas soviéticas.

Si Boris Yeltsin perdió su voz política reclamando inútilmente a Occidente la multipolaridad,  Vladimir Putin, con pragmatismo político, desplegó su diplomacia petro-militar hacia sus vecinos asiáticos, logrando el apoyo mayoritario de los rusos y promoviendo una política de mayor confrontación y reclamo frente a Estados Unidos.

Así, la verdadera pugna entre Estados Unidos y Rusia se relacionaría con los gaseoductos y oleoductos de la cuenca del Asia y del mar Caspio, las más grandes reservas de gas natural del planeta, que hoy transitan por Ucrania y constituyen para el Kremlin el centro de su Seguridad Nacional.

Así fue como Putin, el “zar de la energía”, trastocó toda la geoestrategia mundial con cuatro inmensos gaseoductos para servir a Alemania, Turquía, Japón y China, expandiendo su política exterior basada en el petróleo y el gas.

A través de los gaseoductos y oleoductos que corren por el norte europeo, Rusia buscó imponer su hegemonía sobre ese continente, y mediante los que desembocan en el Mar Negro y atraviesan Ucrania, ambiciona la preeminencia sobre toda la masa continental Euroasiática. Putin, además, ha pujado por sustituir los oleoductos norteamericanos con un “rusoducto” por el Mar Negro hasta el Bósforo. Esto explica la importancia de Crimea.

Mirando al Sol Naciente, Putin construye el gasoducto Corea del Sur-China-Japón, y osadamente ha negociado con la administración Obama, y con Canadá, un colosal “ruso-ducto” desde Múrmansk.

Dicho de otro modo, una telaraña de oleo y gaseoductos con una araña central: la Rusia de Putin.

La bipolaridad y el renacimiento de Alemania

Por lo esencial que es para Rusia resurgir como potencia mundial tras la quiebra soviética y los problemas políticos de las décadas pasadas, más que en presencia de un cambio de estilo con Putin estamos asistiendo a un viraje que nos conduce, de nuevo, a la bipolaridad. Vladimir Putin ha entendido con claridad la nueva colocación de las piezas en el tablero mundial y se ha dedicado a consolidar una nueva y agresiva autocracia.

Punto de mira: Vladimir Putin junto a Angela Merkel

Punto de mira: Vladimir Putin junto a Angela Merkel

En época de George Bush, el  entonces vicepresidente norteamericano, Dick Cheney, advirtió a los europeos del peligro de sus dependencias del gas y petróleo de Rusia, que la usaría como arma energética para imponer sus prioridades geopolíticas, incluida la quiebra de la OTAN.

El Kremlin consideraría una amenaza directa el emplazamiento de los cohetes nucleares de la OTAN en Polonia. Así se lanza a consolidar un gobierno pro ruso en Belarrús  y Ucrania, alegando la protección a las minorías rusas, lo mismo que hizo Adolf Hitler en Austria y Checoslovaquia. Además, exigiendo derechos prioritarios por los recursos naturales del Ártico y modernizando su programa de defensa coheteril.

Se ha planteado que Estados Unidos no debe ser el “policía” del planeta, pero desde la Segunda Guerra Mundial lo ha sido, ya sea por requerimientos geoestratégicos, por llenar el vacío de sus aliados europeos o por razones controversiales como en Vietnam. Invocando un supuesto altruismo que rechaza la confrontación con aquellos poderes que ponen en peligro la seguridad nacional estadounidense, el presidente Barack Obama ha revertido la doctrina de acción preventiva, así como los planes para asegurarse de que ninguna nación del planeta pudiera rivalizar con Estados Unidos en poderío militar y económico.

La supremacía indiscutible de Estados Unidos depende de por cuánto tiempo sea capaz de evitar el surgimiento de algún aspirante al poder sobre el continente euroasiático. Pero el actual discurso diplomático de Washington se orienta, en lo fundamental, a las poblaciones marginales del planeta, pues según su errónea apreciación haría a Estados Unidos menos vulnerable. El error de esta neo orientación en política internacional radica en que el altruismo es un sentimiento, no una estrategia.

Mientras la locomotora alemana se transformaba en el acreedor de Europa y se tragaba económicamente al espacio vital oriental, Berlín forcejeaba con Moscú por el control de Ucrania, queriendo integrarla a la Unión Europea y a la OTAN. Así tuvo lugar la conocida Revolución Naranja, liderada por Yulia Timoshenko y apoyada sobre todo por Alemania.

Ante la negativa de reconocer las históricas esferas de influencia moscovita en Ucrania y Georgia, Putin llevó a un punto muerto las negociaciones por el control del armamento atómico, instaló una base naval en Siria, se vinculó al programa atómico de Irán y rediseñó su política exterior con China, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, Brasil y con el resto de países que integran el ALBA.

Putin aprovecharía de inmediato este vacío norteamericano e intervendría en las elecciones ucranianas, deponiendo y encarcelando a la premier Yulia Timoshenko y aupando un gobierno pro ruso, encabezado por Víctor Yanúkovich, para garantizar el flujo de  gaseoductos y oleoductos con su Flota del Mar Negro en Crimea.

Asimismo, obligó a la estratégica Uzbekistán a cancelar la presencia militar norteamericana en Farsi-Khan-Abad, que era parte de un arco de bases que se extendía del África oriental hasta el este de Asia, erigidas para combatir al fundamentalismo islámico y contener precisamente las ambiciones regionales de Moscú. Todo esto contó con el beneplácito del presidente norteamericano Barack Husein Obama.

Ante la presión franco alemana por incluir a Ucrania en la UE y posteriormente a la OTAN, el mandatario ucraniano Yanúkovich rechazó la negociación de ingresar en Europa, con lo cual  provocó los disturbios que hace unos días dieron fin a su gobierno. Ante esta circunstancia y pese al riesgo de un choque militar abierto con Ucrania, con tal de salvaguardar su base naval en Sebastopol Moscú se decidió por la intervención en Crimea.

En términos históricos, son limitadas las posibilidades de “presionar” al Kremlin cuando se trata de la seguridad de sus fronteras y sus espacios de influencia. Sin dudas, la presencia militar rusa ha establecido un modus operandi con el cual el estatus político de Crimea queda fuera del control ucraniano, demostrando de paso que la actual administración norteamericana no logra asir la imbricación histórica entre política exterior e intereses nacionales.

El lenguaje diplomático en las declaraciones públicas del presidente Obama y de su secretario de Estado John Kerry no entraña una confrontación a la violación territorial moscovita. Todo lo contrario, conlleva su reconocimiento a “esferas de influencia rusa”, de un acomodo negociado donde Moscú pueda retener Crimea a cambio de no obstruir el ingreso ucraniano a la Unión Europea.

A diferencia de la irresolución norteamericana y la tibieza inglesa, la Alemania de Angela Merkel se halla en el centro de la crisis asumiendo la contraparte principal a la Rusia de Putin. La Merkel solicitó que la OTAN reforzara las bases aéreas en el Báltico; exigió el retiro total de la presencia militar rusa de Crimea; suspendió la programada reunión del G-7 en Rusia y aprobó una importante ayuda financiera a Ucrania, nada menos que  de 11 billones de marcos, concedidos por la Unión Europea.

En una reciente conferencia de prensa de los principales ministros teutones, la titular de defensa expresó de forma muy clara que ante la política rusa, Alemania había decidido abandonar su, hasta ahora, inactividad política consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, para asumir en lo adelante un rol decisivo en los asuntos mundiales.

La crisis ucraniana, con su secuela en Crimea, marca un fin y un inicio en la correlación de fuerza mundial y replantea las relaciones de Estados Unidos con Europa; las de Europa con Rusia; el renacimiento de Alemania como potencia mundial; la consolidación de la alianza ruso-china y, como corolario, pone al descubierto la posición de vulnerabilidad en que la actual administración ha colocado a Estados Unidos, al abandonar su rol en este delicado juego de equilibrios.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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1 comentario

  1. Go Home
    Go Home marzo 07, 13:06

    una clase de historia y analisis de la que todos deberiamos aprender, injustificable el papel de Obama en esta crisis que nos conduce a la defensiva en un mundo cada vez mas peligroso. Obama, go home!

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