La repentina renuncia de David Petraeus al frente de la CIA constituye para él, obviamente, un final no demasiado halagüeño. Pero el general sólo es el primero entre varias figuras públicas en entredicho. La forma cada vez más estrambótica, de telenovela barata, con que está llevándose todo este asunto genera cada vez más y más preguntas, al punto que demócratas como la senadora por California Dianne Feinstein desean que se las respondan cuanto antes en el Congreso.
Para colmo, ahora la investigación del FBI conduce al general John R. Allen, comandante de las tropas estadounidenses y de la OTAN en Afganistán. Incluso el secretario de Defensa Leon Panetta, ex jefe de la CIA, ha sido crítico con el FBI por mantener al legislativo desenchuchado de la telenovela, señalando que “hay una responsabilidad en asegurarse que los comités de inteligencia del Congreso sean informados de aquellas cuestiones que pueden afectar la seguridad de las operaciones de inteligencia ".Cualquier esfuerzo para bloquear la presencia de Petraeus ante una comisión del Congreso sería inaceptable, ha dicho Feinstein. Y todo parece indicar que al exdirector de la CIA no le quedará más remedio que comparecer ante un comité.
El hecho es que en un punto de su trayectoria esta trama de “sexo, mentiras y cintas de video” no apta para menores de 16 años se cruza con el asesinato de un embajador de Estados Unidos, de otros tres funcionarios norteamericanos y la actitud de una administración que continúa dilatando la hora de asumir responsabilidades. David Petraeus podrá ser un adúltero, pero seguramente sigue siendo un soldado americano y debe contribuir a esclarecer los sucesos de Bengasi.
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