Ha sido un año, este 2012, realmente sorprendente, lleno de situaciones y giros inesperados. En medio de todo ello algo, sin embargo, no ha abandonado el rígido guión que desde que el mundo es mundo ―tal y como lo conocemos, o nos imaginamos que lo conocemos― se repite y repite y repite interminablemente: el mundo que no se acaba. A pesar de la supuesta profecía maya y Harold Camping y Nibiru y todo lo demás, seguimos aquí. Felicitaciones a todos. Felices vidas sin fin.
La verdad es que para nosotros resulta un privilegio seguir junto a ustedes, celebrando la vida, la aventura de existir. Dos eventos increíbles han hecho posible, piénsenlo bien, el hecho extraordinario que significa poder redactar estas líneas agradecidas, que puedan ustedes leerlas (etcétera, etcétera, etcétera). Primero, que el mundo nunca se acaba. Segundo, que estamos en él a despecho de las circunstancias y, sin embargo, tercamente inconscientes del inconmensurable prodigio de haber nacido. Uno entre un millón y nunca mejor dicho: señalados por Dios ―si Dios existiera— entre cientos de miles de espermatozoides, hemos atravesado las paredes envolventes, los conductos sinuosos, hacia el tercio distal de la Trompa de Falopio, en una carrera loca de sálvese quien pueda en la que nuestras posibilidades de imponernos eran prácticamente ridículas. Y a pesar de todo, lo logramos. Fuimos escogidos, o nos impusimos categóricamente, sin medias tintas ni titubeos, arrasando en nuestro protoplasma vertiginoso. Pequeños dioses convertidos en el Dios que somos.Así que la ira nos diluye. El rencor nos borra. La amargura es caca. La frustración carece de sentido.
Ríete de los peces de colores.
Queremos darles a todos, en nombre de esta modesta página, de su equipo de redacción y de sus colaboradores, las más efusivas gracias. Deseándoles de todo corazón un feliz, próspero y saludable 2013. Deseándoles, sobre todo, que aprecien y disfruten, en su justa medida ―la medida de todas las cosas— la inigualable fiesta de vivir.
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Un abrazo.