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Un antídoto para la desvergüenza

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Un antídoto para la desvergüenza

Un antídoto para la desvergüenza
abril 01
05:13 2017

 

En una de las escenas finales de la muy conocida y justamente elogiada película alemana La vida de los otros, aparece un tenebroso sujeto que había sido ministro de cultura en la antigua RDA. Se nos retuercen las tripas al ver que este sicario está disfrutando de la vida (como alegre espectador en un teatro) después de haber frustrado trágicamente los destinos de muchos seres humanos sólo porque no compartían sus ideas políticas o por otras conductas honradas.

Recuerdo que la película llamó mucho la atención en Cuba, donde, claro, fue objeto de ya se sabe qué tipo de reflexiones, pues trataba un tema fatalmente gravitatorio entre nosotros: los crímenes y otras tropelías de la Seguridad del Estado contra ciudadanos indefensos. Pero en particular lo que más retortijones de tripas ocasionó en la Isla fue la constatación de que una vez desmontado el régimen de horror que lo empleó, aquel cerdo ex ministro de cultura, y tantos otros, incluidos los propios verdugos de la policía política, seguían paseándose por las calles tan campantes, haciendo su vida, divirtiéndose, tramando nuevas maldades, completamente fuera del alcance de lo dispuesto en las leyes para proteger a la ciudadanía de criminales y delincuentes.

La pregunta caía (y continúa cayendo) por su peso: ¿será posible que estemos condenados a presenciar el mismo cuadro, pero ya no a través de una pantalla, sino en directo, una vez que al fin Cuba disponga de un gobierno democrático y civilizado?

¿Nos corresponderá ser partícipes conformes y pasivos de un espectáculo en el que veremos pasearse impunemente por las calles a torturadores como el tal Camilo, de la Sección 21 de la Seguridad del Estado en La Habana, o como Dainier Suárez Pagán, el azote de la oposición pacífica en el oriente de la Isla, o como tantísimos otros de sus cofrades para el atropello y el crimen, o como cientos de esbirros que hoy se ceban con la muerte y el martirio haciendo de guardianes en las cárceles cubanas, o como decenas de ministros, generales, jueces, políticos, empresarios e intelectuales cómplices, culpables mayores y menores, pero todos manchados por el cohecho, la connivencia y la corrupción?

¿Podremos esperar que alguna vez sean llevados a juicio los responsables y ejecutores directos de crímenes como el de Laura Pollán y Oswaldo Payá, entre tantos otros más o menos anónimos pero siempre igual de horrendos e impunes?

“No existe uno solo, sino muchos silencios que son parte integrante de las estrategias que apoyan y atraviesan los discursos”, nos dejó advertido el eminente filósofo Michael Foucault. De lo cual se deriva una lista demasiado extensa con los cómplices de los crímenes cometidos por el régimen. Y para que no queden dudas sobre quiénes son cómplices, tendría que abusar nuevamente de una cita martiana: “Es criminal quien sonríe al crimen; quien lo ve y no lo ataca; quien se sienta a su mesa; quien se sienta a la mesa de los que se codean con él o le sacan el sombrero interesado; quienes reciben de él el permiso de vivir”.

De momento, mientras llega la ocasión en que podamos exigir el enjuiciamiento de toda esa morralla, recibimos como una buena nueva la puesta en marcha del sitio web represorescubanos.com, creado por la Fundación para los Derechos Humanos en Cuba. El sitio se dedica, desde hace ya varios meses, a la recopilación de datos, fotografías, videos y testimonios de cualquier otro tipo que permitan identificar a los represores con el fin de facilitarle el trabajo a los tribunales en un futuro que ojalá sea próximo. Esa, desde luego, será su principal función, aunque no la única. A mí, por lo pronto, se me ocurre que también puede ser un termómetro para medir la temperatura moral de ciertos famosos que alternan gustosamente con la dictadura castrista, o de ciertas instituciones de prestigio internacional, o de alguna que otra dependencia de la ONU.

Tal vez, luego de visitar este sitio donde estarán fehacientemente documentados los crímenes y torturas, así como el permanente acoso de las fuerzas represivas del régimen contra sus opositores pacíficos, tales instituciones que dicen estar comprometidas con los derechos humanos, y tanta progresía internacional que se auto-considera humanista, determinen al fin ver de frente lo que siempre estuvo delante de sus ojos. No hay que estar muy seguros de que lo hagan, yo no lo estoy. Pero algo si parece quedar fuera de toda duda: a partir de ahora les será más difícil ocultar su edulcorada desvergüenza.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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