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Un autor en busca de un presentador

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Un autor en busca de un presentador
agosto 24
22:26 2014

El poeta Joaquín Gálvez me dio la oportunidad de dar a conocer en La Otra Esquina de las Palabras mi novela De La Habana a Hialeah y de coexistir en dos personas, es decir, como Presentador y Autor, al mismo tiempo. Ustedes comprenderán que esta dualidad es un reto para cualquiera, por lo que les pido que me permitan hablar de Jorge Luis Llópiz Cudel en tercera persona. Por supuesto, trataré de alabarlo lo menos posible para que no se note la complicidad entre el Presentador y el Escritor.

Jorge Luis nació en 1960 (ahora, me confiesa el Autor que no fue por su elección) en La Habana, como tampoco eligió la ideología socialista que atornillaron en su mente. No obstante, tuvo la oportunidad de apartarse de ella desde adentro. ¿Porque visitó otros países y comparó otras ideologías? No. Carecía de la suerte de muchos de sus compañeros (perdón, me dice Jorge Luis, de sus amigos), de viajar a otros confines. ¿Tal vez leyó escritos como los de Octavio Paz que criticaban el fanatismo del pensamiento de izquierda? Tampoco. Su familia no era profesional y le faltaba una biblioteca capaz de sacarlo del entumecimiento ideológico. ¿Estaba cerca de los círculos de poder y le soplaron la debacle que se avecinaba a mediados de la década del ochenta? ¡Ojala! (sonríe malicioso). Ni siquiera supo gestionar una de las tantas cartas que se firmaron para que los profesionales escaparan del Período Especial.

Entonces, ¿cómo se desilusionó? ¿Cuándo? Comenzó con la entrada de miles de cubanos en la Embajada del Perú en 1980 y terminó con el fusilamiento (me apunta Jorge Luis que resalte), más bien asesinato, del General Arnaldo Ochoa en 1989. Hasta la fecha nunca había pensado abandonar el país y menos pedir asilo en el Norte revuelto y brutal, ese que tanto le enseñaron a odiar. Como no tenía carta de invitación, ni familiares en el exterior que pudieran tirarle un cabo (disculpen, me empuja Jorge Luis), que pudieran ayudarle, decidió irse del país, primero como profesional y años después en cuerpo y alma.

En 1992 presentó su renuncia como investigador en el Instituto de Cine (ICAIC) para convertirse en librero y se lanzó a esa aventura sin tener la menor idea de cómo manejar un negocio. Pensaba que la pequeña empresa funcionaría y empezó a vender libros frente al Pabellón Cuba. Sin embargo, el capricho del gobierno de moverlos de un lugar a otro, constantemente, desestabilizó el negocio a finales de 1994.

Palabras de presentación de la novela “De La Habana a Hialeah” en la tertulia La Otra Esquina de las Palabras, en Coral Gables, Miami.

Jorge Luis se quedó con un montón de libros sin saber dónde colocarlos. Por suerte, algo inesperado, salido de un cuento de hadas, lo salvó del desastre. ¿Qué hubiera sido de él si la fortuna no hubiera tocado a su puerta? ¿Sería un disidente? No. Es muy poco valiente. ¿Tal vez un prostituto? La naturaleza no lo agració lo suficiente para ese trabajo. ¿Un traga angustia como los personajes de Augusto Gómez Consuegra, excelentemente descritos en su libro Siete historias habaneras? No quiere ni pensarlo. Le da escalofríos. Gracias a Dios, se ganó la lotería de visa y vino con su esposa Mary a los Estados Unidos el 27 agosto de 1995, momento que él considera como su segundo nacimiento, más bien el verdadero, el elegido —no por unos espermatozoides azarosos— sino por voluntad, a conciencia.

El Escritor lleva casi 20 años adaptándose a la nueva cultura y desea subrayar que hasta este instante no ha sentido arrepentimiento de haberse ido de Cuba, ni siquiera nostalgia. ¿Cómo sentir melancolía de la desilusión, de la pérdida de valores, de la frustración?

Ahora le doy la palabra al Autor, que está impaciente por decirles algo: “Lo primero que me gustaría aclarar es que mi novela De La Habana a Hialeah no narra los eventos acaecidos entre los años de 1960 a 1995. No sé por qué el Presentador se extendió tanto en este período, pues lo que me interesa tratar en el libro es la etapa que arranca con la despenalización del dólar en 1993 y termina con la toma de poder de Raúl Castro.

“Además, me gustaría resaltar que el Presentador está equivocado cuando señala que el protagonista de la novela es Luis. Nada de eso. El verdadero es la familia Gonzales conformada por Juan, el padre; Marta, la esposa; Luis, el hijo; y la abuela Josefa. No se dejen confundir: Luis es el narrador y como cada uno de los miembros de la familia, tendrán su propio desarrollo en la trama; claro que los acontecimientos serán narrados por Luis desde el principio y lo hace de esta manera:

De regreso a La Habana en el verano de 2003, traía más recuerdos en mi maleta que baratijas compradas para la bisabuela Josefa. Viajaba con mis padres que juraron no regresar jamás, pero allí estaban en la ventanilla del avión comiéndose cada pedacito de tierra, palma y río. En nuestro apartamento en Hialeah soñaba siempre con el regreso. ¿Cómo estará Pepe? ¿Y la gente en el solar Palo Cagao? Durante muchos años traté que esas imágenes no se perdieran ante la avalancha de palabras, cosas y personas que aparecieron en mi nueva vida. Ahora las busco mientras la nave desciende sobre la pista de aterrizaje. Cierro los ojos y acuden nítidas como si no hubiesen pasado casi diez años de mi partida.

“Después de este comienzo, Luis contará las vicisitudes de su familia en Mariano y en Hialeah y comprenderá que lo aprendido en Cuba tiene su contrario en la nueva tierra, como la figura del Che, a quien le enseñaron a idolatrar y en Miami a enjuiciar como a un asesino. También sopesará que el concepto de Libertad es bastante controversial en ambas orillas. Como dice el mismo Luis:

Después de vivir un par de años en tierra de libertad, descubrí algo terrible.

—Voy a casa de Anthony —le dije a mi madre.

—No, no puedes ir.

—¿Por qué?

—No quiero que vayas —sentenció con firmeza.

—Yo vivo —reclamé con todo mi derecho— en un país libre.

—Es cierto —sonrió mi celadora—. Pero esa es mi decisión.

—Entonces… ¿no soy libre? —protesté con rabia—. Estoy en tierra de libertad y… ¿no puedo ir a casa de un amigo?

Los mayores manejan el vocablo libertad a su antojo. Juan afirmaba que en Marianao la palabra estaba subordinada a las excentricidades del gobierno, y en Miami tenía una significación diferente, difícil de entender para los mismos americanos. A diferencia del resto del país, el gringo de Hialeah debía de estar bien informado de las peripecias de Fidel Castro. Su opinión podía ser mal interpretada. De nada le valdría haber mostrado amor por la comida criolla y ser un hábil jugador en el dominó; si se equivocaba, se le armaba tremendo guaguancó.

Frank, el padre de George, hablaba muy bien el español. Su amor por la Isla lo llevó a casarse con una cubana. Era el primer americano que cantaba “La guantanamera” sin un deje anglo. Pero un día en el restaurante Versailles dio su opinión. Yo estaba con mis padres sentado en una mesa. El ambiente era acogedor: pocos comensales y un pianista amenizando la comida. Tocaba con los ojos cerrados y sus manos estaban conectadas más allá de las teclas: Ódiame por piedad / yo te lo pido. Frank compartía unas cervezas en otra mesa con unas personas para mis desconocidas. Hablaban acaloradamente de Fidel. Las voces subían de tono poco a poco. Entonces, vino la explosión: “Si ustedes lo odian tanto —escuché—, es porque lo amaron mucho”. A mala hora se le había ocurrido al gringo sentirse libre. ¡Opinar de esa manera! ¡Y en medio del Versailles! Mientras la melodía se confundía con la algarabía: si tú me odias / estaré yo convencido, lo sacaron a empujones sin que mi padre pudiera defenderlo. Comprendí que Frank era, como yo, un preso en su propia casa.

En ese clima de libertad mi padre lidiaba con la librería de sus sueños. Al principio la renta del local le costó un ojo de la cara y la compra de la primera remesa de libros casi le explotó el límite de crédito. Pero tenía fe. El negocio daría fruto en unos años. Era una esperanza casi ciega, como la de miles de cubanos en las afueras de la Isla con la llegada del pontífice a La Habana. “Por donde quiera que pasa el Santo —comentaba un locutor en la radio—, se caen los gobiernos tiránicos y Fidel lo sabe muy bien. Por eso liberó a los Reyes Magos después de mantenerlos en el silencio por 19 años”. Me alegré. Por lo menos ellos eran libres.

Como Presentador vengo en defensa del Autor que en su emoción se ha extendido demasiado con los fragmentos de la novela. ¿Quién va después a comprarla? Quiero dar las gracias a ustedes por asistir a la presentación de De La Habana a Hialeah en este hermoso Café Demetrio. También agradecerles a los escritores Luis de la Paz, Joaquín Gálvez, Armando Añel y a los amigos de Facebook por apoyarme en la promoción del libro, así como a mi hijo el pintor Jorge Luis Llópiz Forján por la ilustración del libro y el cartel de publicidad. Por último (otra vez el Autor me empuja), para que subraye que cualquier comentario o pregunta serán bienvenidos. Muchas gracias.

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http://www.amazon.com/De-Habana-Hialeah-Spanish-Edition/dp/1494779889

Sobre el autor

Jorge Luis Llópiz

Jorge Luis Llópiz

Jorge Luis Llópiz nació en 1960 en La Habana. En 1995 salió de Cuba rumbo a Estados Unidos y en el año 2000 dio a conocer su primer libro de cuentos, "Juegos de intenciones". Su segundo libro de narrativa corta, "Los papeles de Ventura" (2010), vio la luz diez años después. Otros libros suyos son la novela "Tarareando" (2011) y "El domador de ilusiones" (2013), otro cuaderno de cuentos. Reside en Texas, Estados Unidos.

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1 comentario

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