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Un cielo muy azul

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Un cielo muy azul

Un cielo muy azul
octubre 02
17:39 2017

Despertarás. Aún no habrá salido el sol, pero para entonces te ocurrirá con frecuencia que despiertes a tales horas: Tus muchos años, a saber. Te habrá despertado algún calambre, un ronquido demasiado profundo, una molestia en la espalda, en la vejiga, la vesícula o tal vez en la próstata. En fin, cualquier achaque de viejo que ya no te permitirá volver a recuperar el sueño.

Desde tu cama sentirás no solo los dolores de tu cuerpo, sino también los de la ciudad, tan o mucho más achacosa que tú: Las paredes grises y cuarteadas, los balcones peligrosamente inclinados sobre las aceras, los manojos de vegetación que brotan de cada grieta y que ahora, al final de la madrugada, se perlan de rocío… A ratos, al silencio que trasciende los límites de la ciudad para internarse en los campos de la isla y llegar hasta las lejanas playas del sur, lo interrumpirá el rumor de algún derrumbe –un gran pedazo de estuco, la voluta de una columna, toda una balaustrada, una pared de ladrillos centenarios, todo un edificio…

Con no pocos y ubicuos dolores te sentarás al borde de tu camastro. Te calzarás tus viejas y cuarteadas botas de andar en casa. Arrastrando los pies te irás a la cocina, a prepararte el café. En lo profundo de los mil y un recovecos de la barriada un gallo habrá de cantar al tiempo que explotan los borboteos de la cafetera. En la calzada el primer camello del día se traerá consigo el primer terremoto de la jornada.

Aunque tu sobrina nieta te haya traído, lavada y planchada, la camisa de rayas, preferirás ponerte la de color ya indefinido, que habrás venido usando desde una semana antes.

-Hoy no me toca ir a llevarle flores. Hay que precaver. Lo mejor es tener una camisa limpia por lo que pudiera presentarse. No me gustaría que tuvieran que enterrarme con una camisa sucia. ¡Quién la oye si me ve llegar hecho un asco! Ya voy a tener bastante con que me vea dentro de uno de esos cajones de bacalao que ahora se usan para enterrarlo a uno.

-¡Ah!, aquellas frituras de bacalao de cuando era un fiñe y solo me importaba que tocaran la campana de la escuela para irme a jugar pelota.

A las cinco y media los vecinos de la derecha despertarán ya en medio de su sempiterna bronca. El siguiente camello o un camión cualquiera y el segundo terremoto del día. Radio Reloj. Radio Rebelde. Incluso, desde algún recoveco de la laberíntica barriada, escurriéndose sigiloso entre otros mil y un ruidos nacientes, a través de pasillos, pasajes y escaleras, te llegará, casi al límite de la percepción, más como un presentimiento que como un sonido audible, el tema de Radio Martí: Aquí falta señores una voz, ay, una voz…

La calzada quizás no amanezca tan polvorienta, aunque es muy poco probable que no sea así. Un prieto de edad indefinida usurpará los contenedores de basura en que tu amigo Raimundo normalmente rebusca algo para vender. Después de revolver en tu cabeza varias veces la palabra amigo, advertirás que para ese entonces ya no habrá de tener el mismo significado de cuando eras joven: No más que una manera de llamar, cada mañana, al borroso motivo de un saludo maquinal; sin detener él su escarbar en la basura y tú el arrastre de tus pies calzada arriba. Un saludo desapercibido para los pocos que a tan tempranas horas caminen por ella, inexistente para los transeúntes como los mismos viejos de ropas ajadas y zapatos zurcidos que se los intercambian sin mirarse.

Un saludo que en vista de la ausencia de tu amigo Raimundo te preguntarás si ya no habrás de pronunciar nunca más.

-¿El último? –y te responderá el mismo contemporáneo, al que nunca habrás podido ganarle la mano, y al menos por una vez llegar antes que él a marcar en la cola del periódico.

-¿El último? –y ahora serás tú quien le respondas al viejo de papadas fláccidas que todas las mañanas llegará a marcar detrás de ti.

Mas no por ello dejarás de advertirle:

-Él va delante de mí. Yo voy a estar sentado allí enfrente…

Y él, a su vez, a repetir el mismo ritual de parecer algo desorientado, a señalar con un dedo indefinido y expresión como de que le estuvieras diciendo algo novedoso, mientras las papadas le tiemblan débilmente.

El sol iluminará ya el piso superior del edificio de la esquina, adonde en otros tiempos habrías querido mudarte. La calzada ya habrá entrado en calor, por lo que demorará algo antes de que logres encontrar un resquicio entre el tráfico. Cuando aparezca, te irás al oscuro portal de siempre, a desplegar tus mercaderías sobre la bolsa de nailon en que las habrás traído: un par de tubos de dentífrico, una pastilla de jabón de la cuota, media docena de sospechosos repuestos de bolígrafo, una muy usada llave de bronce, varias docenas de tornillos medio oxidados… mercaderías que te darán a vender quienes sepan que tales cosas solo podría venderlas la paciencia de un viejo.

El río de autos se mantendrá todavía un rato, luego se hará intermitente, cortado en los grupos de cuatro o cinco en que los agruparán los semáforos de las intersecciones importantes. Un mulato de voz ronca, una señora de pelo pajizo, un joven de pantalones caídos se detendrán a preguntarte el precio de la llave, si es de medio o tres cuartos, el color de la tinta de los repuestos, si también vendes jabas de nailon y a cuánto.

Nadie, sin embargo, te comprará nada.

A eso de las nueve, para cuando el sol empiece a ser molesto, traerán los periódicos. Esa mañana habrá más compradores que de costumbre. Un joven con aspecto exitoso de esos de cartel de propaganda política protestará por los acaparadores que hasta de la prensa se aprovechan. A Manuel, el vendedor del estanquillo, se lo verá más nervioso que de costumbre con la presencia inesperada del exitoso. En fin, que solo podrás comprar una vez: Dos Granma y dos Juventud Rebelde, para 3,20 de ganancia.

Ese día, aunque no lo quieras, vas a tener que pasar con lo del comedor social.

-¿Qué cosa sabrosa de comer me traerá mi nieta este domingo? ¿Plátano maduro frito, o a lo mejor un bistecito de carne de puerco? La verdad es que la muchachita es de oro. Si no fuera por el marido que se buscó. Es él quien se pasa el día empujándola para que me pida que la ponga de heredera de mi casa. Y no sé para que la quiera, si como él dice es una cueva de monos apestosa a viejo que no aguantaría ni el primer ciclón platanero.

Con tu mercancía, y con tus periódicos, te quedarás del lado del estanquillo y de la sombra. Te acercarás a la parada del camello.

Antes de que al mediodía vuelva a engruesarse el tráfico en la calzada habrás vendido todos los periódicos y un tubo de dentífrico, que muy disimuladamente se llevará una muchacha con pinta de nueva rica. Un señor de bigotes, camisita a cuadros y carpeta colgada al hombro, te habrá comprado un Granma y un Juventud Rebelde. Con el entrecejo fruncido te habrá extendido un par de billetes nuevos, cual si en lugar de una persona solo fueses un atentado a la buena imagen internacional del país.

Volverá a hacerse intermitente el tráfico, mientras la sombra se cambia de acera y luego se estira. Te comerás un pan con no te importará qué, y cambiarás por última vez de posición, justo para estar a tiempo en tu sitio a la hora en que la muchacha amable de ojos verdes pase:

-¿Y cómo andan los marchantes, abuelo?

-Andan, andan -mientras le das tu única sonrisa del día.

El perro de ojos asustados aparecerá para que le lances el mendrugo de pan final, también lo harán las muchachas de secundaria, con las mismas alegrías de cuándo esperabas a la que habría de ser luego tu esposa, quinceañera entonces, donde hoy un edificio más caduco que tú mismo amenaza a los transeúntes que se atreven a circular por su portal.

Antes de que el sol termine de ocultarse tras los tejados de enfrente, alguien vendrá a comprarte la llave de bronce: Un señor muy colorado del interior, con quien intercambiarás un par de quebradizas memorias de cuando estuviste movilizado por su zona, ¿en una zafra, persiguiendo bandidos, en el año…?. Para entonces la calzada se habrá vuelto a llenar de autos, mas ahora, cuando recojas las mercancías restantes y vuelvas a casa, no tendrás ya que cruzarla por estar en la acera de tu casa.

-Hoy no ha sido un mal día, a la verdad. Con lo que saqué de la llave de bronce podría comprarme una pizza y así evitarme el tener que cocinar el poco de arroz que todavía me queda de la cuota. Pero no, no puedo, debo ahorrar para comprarme un par de botas nuevas, porque estás ya no me aguantan ni un remiendo más, o ir pensando en esa viga cuarteada que cualquier día me cae en la cabeza y que el esposo de mi sobrina nieta no va a arreglar a menos que la declare a ella heredera.

El barrio igual que cuando lo dejaras en la mañana: Radio Rebelde, la sempiterna bronca, Radio Martí escurriéndose por los rincones… pero además habrá para entonces algarabía de chiquillos, costosos equipos de música atronando la barriada, golpes de fichas de dominó sobre la mesa, cristales de botellas cargadas de mal alcohol.

El enésimo camello del día traerá el enésimo terremoto escala tres.

Será no obstante un día inhabitual. Habrá agua en las llaves y gas en las tuberías.

-La verdad es que si algo hice bien en la vida fue no mudarme de este barrio. Si me hubiera dejado llevar por mi mujer ahora estaría como mi sobrina nieta, que a veces se pasa hasta tres días sin agua, y luchando por la izquierda su balita de gas.

A las ocho vas a sintonizar en el polvoriento radio de bombillos tu programa de tangos, que ya hará mucho habrán sacado del aire, sin embargo. Sonará el cañonazo, pero no lo alcanzarás a escuchar por el pandemónium de ruidos que llenan a esa hora la barriada.

A eso de las diez te irás a acostar. Libertad Lamarque cantará aún desde algún recoveco de tu cerebro, recordándote sonrientes y disfrutados tiempos de antaño. La barriada no sabrás ya exactamente cuántos años antes, interrumpida de amplios espacios verdes, de fincas, de terrenos de pelota. Te sentirás de nuevo enfundado en aquellos pantalones de pelotero que tu madre te hiciera con un saco de azúcar. El escozor por la tela basta. Tu mujer, que te conoció con ellos, y a la que tantas veces habrás esperado con ellos puestos, escondido tras las columnas del por entonces para nada caduco edificio de tu vejez.

Ese fin de semana te tocará visitar su tumba. Desde su lado de la cama te soltará sus letanías habituales de cada visita de fin de semana:

-Ni que no tuvieras más que esa camisa de rayas qué va a pensar la gente y con esa peste a sudor que yo no sé a ti a la verdad nunca te importó nada sí no hubiera sido por mi esta casa hace mucho se hubiera caído como de seguro lo hace el día menos pensado ahora que yo ya no estoy mira esa viga pero tú si me acuerdo las muchas noches que pasé aquí solita en alma porque tú andabas en movilizaciones escuelas del partido zafras y yo aquí las noches enteras vigilando esa puerta que tú te ibas y nunca te ocupabas de asegurármela “esto va a ser para nuestros hijos, vieja” me decías…

Cambiarás de lado para darle la espalda. Ese habrá sido un día afortunado. La llave… Mereces otros recuerdos, te dirás, y entonces, por milésima vez volverás a esta tarde, al cielo muy azul, moteado de nubes blancas, al sudor que corre por tu espalda, bajo la camisa azul de miliciano, a los muchos otros que te encuadran por todos lados, a las farolas en que se han trepado guajiros con sus machetes colgándoles en el vacío y sus sombreros de yarey que recortan grandes manchones de sombra sobre la muchedumbre, al negro que a tu lado ríe con dientes blanquísimos y te llama compañero y al que tú, con la misma enorme emoción, tan grande como la multitud que a tu alrededor llena la Plaza de la Revolución, le respondes también compañero.

Pero entonces desde la tribuna resuena su voz, y en torno a sus palabras, que ahora lo dominan todo hasta las lejanas costas de la isla, aun más allá, hasta los límites del universo que en la última clase de marxismo te han explicado infinito, se hace el más completo silencio. Y las palabras de Él, y el calor, y la falta de oxígeno, te harán sentir que en la vida hay algo más trascendente que el simple discurrir de tu existencia por una limitada serie de días. Te sentirás parte de esa multitud, dejarás de pensar, con los calzoncillos bañados en sudor, individualmente. Serás solo una célula más de la Masa, la Masa que vibra a sus palabras, en sus palabras, y cabalgarás entonces sobre la Historia, más allá de tus miserias domésticas.

El último camello del día se traerá entonces el último terremoto categoría tres. Un par de balaustres se desprenderán en alguna parte y matarán a un perro de ojos asustados en medio de un sueño repleto de mendrugos de mal pan. Mas tú no habrás de escuchar nada, porque para entonces estarás bien dormido, con esa expresión satisfecha de los viejos que sueñan haber empleado bien sus días.

https://hidalgoruralcubano.wordpress.com/

Sobre el autor

José Gabriel Barrenechea

José Gabriel Barrenechea

Investigador y periodista independiente cubano, durante años ha estado escribiendo artículos sobre cultura, historia y actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre ellas 14ymedio, Convivencia, Cubaencuentro, Cubanet y Voces. También ha pertenecido al equipo editorial de revistas independientes como Cuadernos de Pensamiento Plural. Reside en Santa Clara, Cuba.

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2 comentarios

  1. Antoniozerne
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