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Un cuento macho

Un cuento macho

febrero 06
19:39 2013

 

palmas rusasDice que es demasiado maricona para leer poesía, y que 30 años casada con un ruso, poeta imitador de Pushkin, la han incapacitado. “Hace un tiempo quise revelarme y leerle algo diferente; tomé Tres tristes tigres, pero su lenguaje me recordó cuando este hijo de la gran soviet –lo dice mirando, sin expresar amor, al viejo sentado sobre la silla de ruedas–, este machito de lengua inmetible, su pendejera debajo del brazo y su aliento a Vodka, llegó por Bayamo. Yo era entonces una adolescente que me preparaba para vivir en cualquier otro mundo, y este rubio de barba picada debió parecerme un rebelde que en vez de la Sierra Maestra venía de alguna galaxia importante, una donde al menos se podía comer a gusto, donde los hombres no estaban siempre dispuestos a enseñarte el miembro y pedir que se lo mamaras casi como un ritual nacionalista. Desde entonces no leo sino algunas cartas de amor que yo misma me escribía, y ni siquiera recuerdo cómo eran mis pies cuando me iba a la orilla del mar a rezarle a la virgen, pensando tal vez que por el mar escaparía, pero no, mijo, este pelirrojo que huele a silla tenía un plan para su ardiente cubana, yo creo que algún alcohol destilado le debieron regalar en La Habana, no quiso ver la realidad de mis sueños, creo que no captó mis temores de vivir en otro país comunista y habló directamente con el cacique de mi padre, un viejo borracho que lloraba con los discursos antiyanquis y que con mucha arrogancia decía vivir como un rey honrado por un trono que de verdad, en vez de oro, a mí me parecía de mierda. Nunca pude entender por qué mi padre, tan idealista, había roto su itinerario de sueños; era un ordeñador de vacas en una granja agrícola y muchas veces no teníamos desayuno (supuestamente porque no le gustaba robar, pero mi madre siempre lo desmentía: era por los hijos de la otra y porque sus botellas de ron almacenadas mejor que cucharada de azúcar sobre nata espesa, justificaban su trueque y su decencia).

“En fin, el Soviet como iluminador de mi futuro. En unos meses arregló todo y salí casada y a punto de parir un ruso cubano, si es que puedo llamarle así a un hijo que nunca ha entendido bien a qué cosa se le puede llamar patria”.

–Ahora no sé si pueda responder a tus preguntas, entiendo que tu tesis es sobre el desarraigo y todo esto de la emigración y el no tener fronteras, pero además de que debo cambiarlo (y estoy segura no te podrás aguantar ver el fondo de esta patria desfondada y maloliente), no recuerdo nada feliz por lo que quiera regresar, soy una esclava y le tengo lástima, pero al menos con la pensión que le dan a este veterano veo mi telenovela (aquí también las pasan, ¿sabes?), tengo una ducha caliente, un techo hediondo pero mío y, lo más importante, donde no vienen a pernoctar las generaciones perdidas. Y chico, ya no puedo ir hasta el mar, no recuerdo si este frío en el alma me ha hecho perder mis recuerdos, y tampoco me queda la marca de la maldita circunstancia del agua por todas partes; fui una adolescente viviendo contra una realidad en su bastión de cristal inexplicable, ahora no soy otra cosa que una vieja en su cárcel, la de los perdedores; al menos de aquella idea de irme lejos por temor a ser una mamadora o, tal vez, una trabajadora esencial para el ejemplo de la ideología de la mejor de las patrias, queda una vaga sensación de sometimiento… eso sí, estoy segura con algún cargo municipal importante fuera de la capital, y en un ministerio que no iba a resolver todos los misterios de una joven potranca dispuesta a volarse como sea la tranquera del potrero. Pero al final no me iba a quedar como mi madre barriendo el patio de la casa que le subvencionaron a mi padre, una de las confiscadas a un mal patriota que había traicionado en no sé qué misión decisiva.

–No, no me mires como si te hablara en ruso… al menos me queda el consuelo de este hijo, él es el verdadero extraterrestre, el extranjero que ha viajado medio mundo, no sé si me quiere tanto o si ha huido de una realidad a la que no pertenece; podría ser un médico, un estibador o un mafioso, pero mientras pueda tener salud, vivir como Dios manda y viajar, estoy tranquila…

Es la primera vez que respira y, de verdad, no me doy cuenta si yo lo hago. Es una vieja fea que parece víctima de algún cataclismo, de esas que dejan sin portales al mismo desamparo. Su voz me devuelve a su voz:

–Bueno, y como ya te tienes que ir… un último consejo, no hurgues tanto en la búsqueda de la felicidad como pertenencia a un lugar determinado, eso es un espejismo. Uno no debería ser de ningún país ni tener patria, ni presidente ni bandera, y yo creo que en tu deseo de entender algo de esto te jode mucho el dilema de no asumir como otros el verde de las palmas, que también son un espejismo, una frontera falsa. Ellas viven una realidad y miran lejos, nadie les va a otorgar un permiso de salida ni una carta de invitación por muy cubanas que sean, para ellas no existen esas cosas. Son el reino vegetal y a su altura cargan demasiado peso, yo creo que el de todo un país enterrado hasta el fondo.

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Cuento perteneciente al libro inédito Amores que no suspiran, de Juan Carlos Recio.

http://elsitiodelaluz.blogspot.com/

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Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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