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Un enroque diabólico

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Un enroque diabólico

Un enroque diabólico
Mayo 04
14:33 2017

¿Por qué los altos mandos de las fuerzas armadas venezolanas son cómplices incondicionales de un mequetrefe como Maduro, que no es militar, ni es líder de multitudes, ni siquiera es un hábil manipulador político, sino un contumaz violador de la convivencia civilizada y un ridículo dictadorzuelo de atrezzo? Elemental, porque uno y los otros están unidos por la complicidad delictiva. Y saben que la caída de uno implicará la cárcel con largas condenas para los otros.

Sólo cuando los rastrojos de la pesadilla bolivariana se hayan extinguido en Venezuela (y ojalá que sea pronto, aunque yo aún lo dudo), llegaremos a conocer cabalmente no ya las enormes dimensiones del retroceso histórico que tal engendro ocasionó a Latinoamérica, también la enorme responsabilidad que por ello corresponde a muchos gobiernos digamos democráticos de la región, conniventes activos o pasivos del chavismo, como igual lo han sido los ilustres hipócritas de la progresía internacional, e incluso el santo Papa de Roma.

Harta, empobrecida, viciada por los tantos malos gobiernos que debió padecer a lo largo del siglo XX, a la vez que resuelta a quitarse de encima la grosera explotación de transnacionales impiadosas y de millonarios locales burdamente egoístas, la gente de Latinoamérica parecía madura para inaugurar el siglo XXI rompiendo al fin con su fatal destino histórico. El hecho de que la oportunidad se la pintase calva a Hugo Chávez y a Fidel Castro, no era suficiente motivo para impedir que circunstancias tan propicias terminaran yéndose por el tragante.

Si la existencia de eso a lo que llamaron graciosamente socialismo del siglo XXI hubiera dependido sólo de los petrodólares de Hugo Chávez y de los malos consejos y manejos de Fidel Castro, lo más posible es que no hubiese sido más que otra fracasada aventura caudillista, como tantas. Ni siquiera su demagogia populista y su picaresca de amañado activismo social les hubieran alcanzado sino para mantenerse en el poder durante un tiempo más o menos breve.

Fueron los gobiernos del continente, casi todos, los que allanaron el camino a esta recua de payasos, bien sea por conveniencia material, bien por chantaje político o económico, bien por complejo de culpa o por simple y llana indolencia. Fingieron haberse creído el bulo propagado por los socialistas del siglo XXI, según el cual los gobiernos latinoamericanos debían poner a un lado la ideología para trabajar unidos, ayudándose y respetándose mutuamente. Y es así cómo traicionaron no sólo las ansias y esperanzas democráticas de los pueblos de la región, sino la de sus propios pueblos, traicionándose tal vez a sí mismos. El hecho de que hoy algunos de esos gobiernos latinoamericanos, u otros nuevos, hayan resuelto al fin dejar en la estacada a Maduro y su pandilla de generales corruptos, no debe impedir el juicio de la historia una vez llegado el momento.

Entre otras razones porque el mal ya está hecho. Y por mucho que se rectifique, hay males irremediables. Uno de ellos, para el caso, es la manera en que el chavismo (con sus generales al frente, claro) abrió de par en par las puertas para la penetración y el fortalecimiento de la mafia rusa en América Latina.

Éste y otros males traídos de la mano de los socialistas del siglo XXI, reportará calamidades impredecibles en cuanto a su trascendencia en el tiempo, pero fáciles de vislumbrar desde ahora mismo en cuanto a su alcance geopolítico. Ningún gobierno de la región que se precie de ser medianamente democrático debiera ignorarlo. Y es presumible que casi ninguno dejará de arrepentirse algún día de haber aceptado mansamente su papel en el consenso aprobatorio.

Por supuesto que la mafia rusa llegó a tierras americanas antes que el socialismo del siglo XXI. Se conoce que opera en los Estados Unidos (y aquí mismo, en Miami) desde los años 90 del siglo XX, en tanto vómito podrido de la KGB y otras excreciones procedentes del final de la URSS. Incluso se sabe que antes de hacerse fuerte gracias al soporte venezolano, realizaba ya operaciones en países latinoamericanos como Perú, México, Argentina o Colombia. De hecho, es la red criminal más extensa del mundo, compuesta por unas 300 bandas organizadas con más de 100.000 miembros de diversas nacionalidades.

Lo nuevo que halló en Venezuela la mafia rusa fue un excepcional vínculo protector con instituciones oficiales, y una disposición para participar en sus actividades como no podría hallarla quizá en ningún otro sitio del planeta. Gracias a ello, pudo suministrarle armamento sofisticado a las guerrillas de la FARC colombiana, a cambio de transportar su droga a través de territorio venezolano, convertida así en distribuidora del mayor Cartel de narcotráfico a nivel mundial.

Y es un solo ejemplo. Uno entre los muchos que configuran este enroque diabólico entre la mafia rusa y el chavismo, el cual le ha resultado ideal a la tenebrosamente célebre Red Mafiya para plantar bastión en Venezuela y para expandirse con renovadas fuerzas por casi todo el continente. Todavía se recuerda el gran escándalo provocado por los rusos en la Banca Privada de Andorra, en medio del cual salió a la luz el caso de blanqueo de fondos -2.000 millones de dólares- procedentes de Petróleos de Venezuela (PDVSA). De la misma forma, tenemos presente que PDVSA ha sido siempre el caballo de batalla de los socialistas del siglo XXI para comprar conciencias en Latinoamérica.

La conocida diputada opositora venezolana María Corina Machado ha denunciado públicamente más de una vez la creciente presencia de mafiosos rusos en su país, quienes –ha dicho–, con la complicidad y el beneficio del gobierno chavista, se hicieron fuertes en sectores como el comercio de armas, el petróleo, la minería y la construcción, entre otros. El affaire de los chavistas con la mafia rusa, o con los siniestros ayatolás iraníes, o con las narcoguerrillas colombianas, entre otras lindezas de horror, es –¿quién podría dudarlo?– consecuencia directa de las enseñanzas de su tutor en jefe, Fidel Castro. Aunque, paradójicamente, tanto Chávez ayer, como hoy Maduro, junto a la recua de sus acólitos, contaron con una ventaja de la que nunca pudo disponer Castro: el respaldo, muchas veces cómplice y algunas otras veces desidioso, pero en general mayoritario, de los presidentes de la región. Y el del Papa Francisco.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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